Historial de un pillo de siete suelas

Una carta procedente de Sucre, Bolivia, advertía por medio de los diarios, en 1857, sobre un personaje que recorría Sudamérica y a quien en lo posible era mejor evitar que entrar en tratos con él.

Por Víctor Ramés
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Sobre una litografía de H. R. Robinson, Nueva York, 1837.

Si muchos solicitan recomendaciones para instalarse en otro lugar, el protagonista de esta nota –según retrato que otros hacen de él– recibe las más calurosas y decididas; claro que más que de recomendaciones se trata de una sarta de palabras de censura que pintan al escurridizo joven que acababa de dejar Sucre, Bolivia, y probablemente se dirigiera a la Argentina, a proyectar nuevas fechorías.

En la actualidad, con los medios tecnológicos disponibles –de los que sin duda se reirán de aquí a pocos años-, el “escrache” que se intentaba difundir lo más posible en 1857 sobre este joven que al parecer recorría Sudamérica engañando a quien se le pusiese delante, sería mucho más sencillo de hacer por las redes sociales.

Pero apelando a lo que tenían a mano  hace ciento sesenta años, no es un logro menor el que se lograra dar publicidad en El Diario, un periódico cordobés, un mes después de fechada, a la carta procedente de Bolivia que reproducimos abajo, titulada irónicamente “Filiación de un caballero de industria”. Y probablemente no fuese el cordobés el único medio en hacerse eco de esta advertencia, formando una especie de “cadena” de periódicos.

La carta proveniente de Sucre se proponía evitar que el protagonista pudiese estafar a más personas, y era firmada por un grupo de acreedores, víctimas del joven que había abandonado Bolivia dejando el tendal de personas engañadas en su buena fe, tras robarse incluso un caballo, medio de transporte general de aquella época, para abandonar el país.

La publicación lleva una cita firmada a su vez por el escritor, matemático, pedagogo, gramático y traductor español del siglo XIX José Urcullu. Dice:

“Es timidez, es debilidad culpable

no descubrir los vicios de un malvado

de quien desea informes otro  que quiere

confiar en él sus caudales.”

Visiblemente esto no es poesía, sino pragmatismo en estado puro y del económico, y justifica la decisión tomada por los acreedores del país hermano. Y qué se puede decir de la filiación enviada desde la ciudad aymara para hacerle más difíciles las cosas al estafador. La descripción es lo bastante precisa en sus detalles, tiene su buena dosis de ironía e incluso suena encantadora en su esfuerzo para que no se escape la presa. Es posible que la publicación haya cumplido su objetivo de advertir al universo de lectores de la ciudad pequeña, y el medio elegido por los damnificados bolivianos funcionase lo suficientemente bien para las necesidades comunicacionales de la época.

Esto se leía en El Diario de abril 16 de 1857:

“El 4 del que corre, salió de esta capital, probablemente con dirección a la República Argentina, un joven aun sin barba de unos 25 años, de frente angosta, de una fisonomía regular, cutis blanco, de una estatura más que común, de ojos azules, de una sonrisa burlona. Camina agachado por delante, dándose un movimiento de derecha a izquierda y viceversa, tanto para disimular lo torcido y flaco de sus muslos y piernas, cuanto para ocultar a la vita la extremada medida de sus pies. Tiene sobre la mano derecha la marca de una herida.

El tal joven, educado para el comercio, aunque muy ensimismado, y sin asomo de pudor de ningún género, entiende de contabilidad y sobre todo la cuenta Caja, canta con gusto hasta en italiano, habla el francés casi como un hijo de las orillas del río Sena, sabe el alemán con perfección, el inglés medianamente, y el castellano sin titubear.

Atrevido sin par, botarate como un jugador de profesión, amigo sin igual de los placeres, se le ve siempre buscar a los más alegres, y con su charla e imposturas pegar de continuo chascos a los incaustos creyentes.

Desafíos, tunantadas, camorras y trampas de bulto, o más bien robos de confianza y quizá cosas aun peores, lo trajeron del Perú donde tuvo a bien cambiar a menudo de nombre y apellido. D. Adolfo van Gelde que en esa se apellidará probablemente D. Eduardo, D. Gustavo, D. Nicolás o D. Guillermo Fordelmenn, tuvo la suerte y la habilidad de conseguir súbito y con toda solemnidad la patente de profesor de Idiomas francés, inglés, alemán, etc. en ambos colegios y Universidades de esta ilustre Sucre. Pero tal fue el desempeño del profesor improvisado, y lo acertado de su método de enseñanza que lo que llamaba él sus lecciones, se acabó por un desafío a puñetazos que lo separó para siempre de la cofradía escolástica.

Desde entonces el joven facultativo alemán, inglés, holandés, francés o demonio de nacimiento, muy lejos de afligirse, pasó a otro ejercicio o profesión mucho menos penosa y sobre todo más lucrativa; en fin, una cierta mañana, sin ver a nadie, sin despedirse del Sr. Intendente de policía, se marchó sin pasaporte llevando a saber:

 

De Josefa Bernal ……………………………  300

“  José Inchauste……………………………. 130

“  Manuel Arana……………………………..   28

“  Juan Chopititea…………………………..    52

“  José María Enríquez…………………….     3

“  Seferino Valberde……………………….   32

“  Da. Isabel C. Mak ………………………… 495

“  Pedro Faure………………………………..     8

“  N. Turdera……………………………………  40

“  Lucas Acebey……………………………….    5

“  I. Maurice, de cuenta particular….   20

“  Id. por un caballo robado……………   80

“  Al Café Francés……………………………   60

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También agregaremos a lo ya dicho que cual ladrón de profesión, asaltó de noche un corral para robar al Sr. D. Juan Maurice un caballo de estimación, caballo en el que tomó las de Villadiego. He aquí en compendio y sin exageración la cortísima reseña de la vida y milagros de un pillo de siete suelas, de un semi-bandido que señalamos por de pronto a los que no lo conocen, para que se le dé en todo tiempo  y lugar la acogida y el trato que merece por sus altos, eminentes y relevantes vicios.

El Sr. D. Miguel Flemiy, vecino recomendable de Salta, podrá recordar la fisonomía de nuestro recomendado para que nadie tome allí, en Tucumán, en Córdoba o en cualquiera otra parte de la República Argentina, el zorro tan ilustrado en embustes y pillerías, por una cándida paloma de mansas costumbres.

Los acreedores.

Sucre, 12 de Marzo de 1857.”