Acomplejada, la CGT busca liderar a un peronismo sin brújula

¿Logrará la CGT algo más que fastidiar a buena parte de la población que no desea regresar al orden de cosas perdido en diciembre de 2015?

Por Pablo Esteban Dávila

Los dirigentes de la CGT, Juan Carlos Schmid, Carlos Acuña y Héctor Daer.

El peronismo fuera del poder se convierte en un náufrago sin brújula. O, mejor dicho, en un conjunto de náufragos sin brújula. Porque, así como el poder los tonifica, los reúne y los ordena, su carencia los atomiza en diferentes expresiones, tan distintas que cuesta reconocerlos como partes de un mismo movimiento histórico, conforme su arraigada creencia en un mítico origen común.
La marcha de la GCT de ayer mostró en toda su magnitud esta orfandad. Formalmente la protesta se enmarcó en contra de la actual política económica o, mejor dicho, de sus efectos. Se denunció la pérdida de empleos, una supuesta flexibilización laboral y la pobreza que machaca a vastos sectores sociales, todos pretextos lícitos, razonablemente cercanos al ámbito de incumbencia del movimiento obrero. Sin embargo, tal licitud se vuelve en una bizarra expresión estética cuando se considera que estos males, catalogados de apuro en el mediodía del gobierno de Mauricio Macri, no son sino una continuación de los que se arrastran desde 2012.
Cualquier economista medianamente informado sabe que el país no crece desde aquél entonces y que sólo el gasto público kirchnerista pudo mantener el nivel de desempleo por debajo de los dos dígitos. Tampoco es materia de iniciados el conocer que aproximadamente un tercio de la población es pobre y que este valor es también una herencia del “modelo de acumulación de matriz productiva diversificada e inclusión social” con el que se pavoneó, durante algún tiempo, Cristina Fernández. La protesta cegetista está atrasada al menos dos años. La demora es impropia para conductores sindicales de tal calibre.
Tal cosa es clara como el agua, pero la central obrera no razona en términos cartesianos. Si el gobierno es peronista no hay derecho a quejarse, aún si sus medidas incluyen un impuesto a las ganancias que, no olvidarse, gravaba sin tapujos los salarios de buena parte de sus representados. Esto explica que, durante el decenio K y con la excepción de unos pocos sindicatos, la CGT se mostrase complacida con los desvaríos macroeconómicos de Axel Kicillof o tolerase estoicamente el simétrico fortalecimiento de sindicatos de izquierda, enquistados en las estructuras del propio Estado manejado por La Cámpora.
Pero las cosas han cambiado. Quién gobierna ahora es Macri y el peronismo busca un líder a los empujones. Sin los recursos que brinda el poder, el adhesivo que mantiene la unidad del movimiento se diluye y pierde sus propiedades unitivas. Los caciques sindicales se sienten llamados a ocupar el rol de conducción perdido por el justicialismo político.
Razones no les faltan. El PJ es, por estos tiempos, un sello vacío, sin autoridades cognoscibles y con sus huestes canibalizadas por diferentes dirigentes que reclaman, cada uno por su lado, la interpretación actual del viejo libreto de justicia social, independencia económica y soberanía política. Ninguno de ellos parece estar sacándole ventaja a los demás.
Dentro de esta lista, que puede resultar tan extensa como la imaginación del analista sugiera, se destacan dos grandes actores: Cristina Fernández y la liga del gobernadores, por ahora sin un primus inter pares unánimemente aceptado.
La expresidente es la peor opción para la mayoría de los peronistas (buena parte de ellos no reconoce como propio el progresismo reaccionario que ella preconiza), pero es la única que puede mostrar un núcleo de seguidores insobornables, que orilla el 15% del total del electorado. Considerando antecedentes históricos contemporáneos no parece gran cosa pero, por estas épocas, alcanza para subirse al ring de cualquier combate de fondo.
A su frente se encuentran los gobernadores del partido, cultores de la buena educación política y de una sincera pasión por la gestión. A diferencia del populismo decisionista los K gustan de adjetivarse como “republicanos”, destacando que serían perfectamente capaces de llevar a la Casa Rosada el respeto por la división de poderes y la visión de una economía moderna e integrada con el mundo. Son los candidatos perfectos para alternar políticamente con Cambiemos, excepto porque la resiliencia de Cristina eclipsa sus correctas maneras institucionales y potencia, por el contrario, las que reclama como exclusivas la coalición oficialista.
La liga tiene dos candidatos a conductor, Juan Manuel Urtubey y Juan Schiaretti. Antes de las PASO el cordobés tenía todas las fichas puestas, pero su reciente derrota ha puesto en entredicho su liderazgo. El salteño, en cambio, está un poco mejor. Aunque Cambiemos le hizo cosquillas territoriales, su victoria terminó siendo importante. No obstante, el hecho que Salta sea un distrito de los denominados “chicos” conspira contra sus intenciones de preeminencia. Puede que Schiarertti no continúe en carrera luego de octubre, pero esto no garantiza, simétricamente, que Urtubey sea aceptado sin más como el macho alfa por el resto de sus colegas.
Estas complejidades son claramente olfateadas por el sindicalismo, que advierte que la unidad del justicialismo no vendrá, al menos en el corto plazo, desde el sector político. Con el partido ahora en el llano aportan desde la calle su visión del asunto, que no es otra que reclamar para sí el monopolio de la justicia social y señalar los desvíos en que, en la materia, Macri o cualquier otro presidente no peronista pudiera incurrir.
La metodología optada no es original ni pretende serlo. Una marcha, algún acto y palabras duras desde el atril de la CGT. Nada nuevo bajo el sol. Es un copyright innegociable, tanto como su propensión a acordar con el poder de turno y por debajo de sus propias amenazas, conforme lo dicten sus intereses. Pero lo que sí parece mostrar un nuevo momento sindical es esta suerte de amagues por capítulos, en donde primero aparecen advertencias, luego movilizaciones para, finalmente y si se ponen de acuerdo, un paro general.
Este gradualismo desnuda cierto complejo de culpa por haber callado antes lo que ahora se reclama. En el fondo, muchos de los caciques cegetistas saben que Macri trata de poner orden en el desastre heredado de un gobierno nominalmente peronista. Pero no pueden recular con la queja. Los observan sus propios y desconfiados compañeros, la izquierda que les disputa sus bases en ciertas ramas de la industria y el peronismo a la intemperie que necesita, más pronto que tarde, un nuevo redentor que los reúna en torno al calor del poder.
¿Logrará la CGT algo más que fastidiar a buena parte de la población que no desea regresar al orden de cosas perdido en diciembre de 2015? En cualquier caso, lo que ocurra colaborará decisivamente en la estrategia duranbarbista por confrontar al Cambio con el pasado, aquél pretérito perfecto en donde conviven, sin que necesariamente se soporten, la CGT, Cristina, Hebe de Bonafini, La Cámpora, y buena parte del justicialismo caído en desgracia.