PRO doblegó, gracias a CFK, a los que no se diferenciaron

Privado de un discurso de alcance general, UPC tuvo que refugiarse en la bandera de la defensa de los intereses de Córdoba. Este argumento, que funcionó tan eficientemente durante la hegemonía K, demostró ahora tener serios limitantes

Por Pablo Esteban Dávila

Para entender que sucedió ayer en Córdoba es necesario entender lo que pasó en el país. Un término no se comprende sin el otro. También hace falta visualizar el continuo temporal que precedió a las PASO.
Las elecciones eran unas sin Cristina Fernández y fueron otras con ella. La estrategia de Cambiemos, impulsada por Jaime Durán Barba, hizo todo lo posible para que la expresidente ingresara en la compulsa. Fue una apuesta de alto riesgo y duramente criticada por diferentes analistas, especialmente cuando las primeras encuestas la posicionaban como ganando en la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, tuvo el efecto de generar una suerte de recordatorio a los que se enfrentaban el país si el oficialismo llegaba a perder las elecciones.
Su irrupción complicó el panorama de Juan Schiaretti. A principios de año, Unión por Córdoba confiaba en que José Manuel de la Sota sería su candidato y que, con su impronta, la victoria sería sencilla. Pero el exgobernador se bajó y su sucesor debió de ensamblar una lista con algo de urgencia. El panorama, sin embargo, no parecía ser dramático. La floja economía del macrismo mostraba un talón de Aquiles que podría aprovecharse. Además, tampoco el presidente parecía muy entusiasmado por disputar personalmente la elección en la provincia, territorio de un gobernador amigo.
Estos presupuestos, como no podían ser de otra manera, estallaron en pedazos con la aparición de Cristina. Cambiemos tuvo en ella un motivo para nacionalizar su discurso que, inteligentemente, introdujo un factor de temor al retorno de un pasado que se consideraba exorcizado. El eje kirchnerismo versus “el cambio” se metió de lleno en la centralidad de la campaña, como si el gran debate del 2015 no hubiera concluido.
Esta realidad fue demasiado para el peronismo mediterráneo que, en los hechos, funge como un partido provincial. Privado de un discurso de alcance general, tuvo que refugiarse en la bandera de la defensa de los intereses de Córdoba. Este argumento, que funcionó tan eficientemente durante la hegemonía K, demostró ahora tener serios limitantes. Ya no es tan claro que la Casa Rosada discrimine a los cordobeses; por el contrario y con las pruebas a la vista, una gran mayoría supone exactamente lo contrario. Desde tal imaginario, enfrentar a Macri fue confrontar con el bienestar de la provincia. Schiaretti no supo manejar esta nueva realidad.
Es un hecho que el oficialismo provincial tendrá que reinventar su propio linaje ideológico si desea mantener la supremacía que ostenta desde 1998. La duda sobre si con De la Sota las cosas hubieran sido diferentes quedará flotando dentro de la fuerza. Es innegable que el exgobernador se preservó del riesgo de una derrota, pero será inevitable que desde el Centro Cívico le pasen importantes facturas en los próximos días.
La orfandad argumentativa de Unión por Córdoba contrastó vivamente con la asertividad de Cambiemos que, sin tapujos, continuó hablando de cambio como si lo ocurrido en diciembre de 2015 no hubiera sido el prolegómeno de otras mudanzas aun no conclusas. Nótese que este ariete discursivo prescindió, en gran medida, de las carencias de los referentes locales, especialmente de “la Coneja” Baldassi. No fue posible, al menos durante la campaña, conocer alguna de sus ideas con excepción del recitado “apoyo al presidente”. Fue Macri, en rigor, el candidato local y, cerca de las once de la noche, se ocupó especialmente de saludar a su electorado mediterráneo.
El mérito del macrismo luce aún más espectacular porque, aún contra todos los pronósticos, parecía anoche derrotar con una lista débil la gran apuesta bonaerense de Cristina Fernández. Buenos Aires fue el territorio para el cual el experimento de Durán Barba fue diseñado. Culpa de la Argentina radiocéntrica que supimos construir, el artificio fungió como el articulador de la discusión política en todo el país, aunque el kirchnerismo como tal no se hubiera presentado en más de un puñado de distritos. Nuevamente María Eugenia Vidal fue la estrella de la principal provincia argentina y la gran contendiente de la viuda de Néstor.
Es también interesante comprobar que las variables de actividad general no influyeron en el voto. Esto es, en sí, un progreso cualitativo. Los resultados de la macrieconomics son, objetivamente, decepcionantes. Con excepción de las ciudades vinculadas a la actividad agropecuaria, buena parte de los centros urbanos sólo confían en la reactivación que aporta la obra pública, un legado keynesiano con el sello de los Kirchner. Esta debilidad, sin embargo, no degradó el apoyo popular a la coalición gobernante.
He aquí otra virtud de la estrategia macrista: el énfasis en valores antes que en resultados de desempeño económico. ¿Hay una migración del célebre “roban pero hacen” hacia el “todavía no hacen pero al menos no roban”? Buena parte del electorado pareció apoyar este cambio de hábitos políticos, verbalizado en la polaridad futuro – pasado que tan hábilmente supo instalar el gobierno. No es un dato menor.
En el medio quedaron muchas expresiones que, en rigor, no podrían ser calificadas como kirchneristas ni como parte del pasado al que no se desea regresar. Pero ocurre que éstas no tienen un discurso que las articule, ni un liderazgo común en el cual referenciarse. Si el posicionamiento es una regla básica de la política, el peronismo republicano, el socialismo santafesino o el massismo no aciertan a definir cuál es el área de la cancha en el que habrán de jugar. Tal vez les ayude el hecho que, a partir de octubre, el fantasma de Cristina Fernández probablemente deje de asustar a múltiples sectores sociales.
Octubre es, precisamente, el nuevo Rubicón de todos los que quedaron en carrera. Ayer fue un ensayo general de lo que ocurrirá dentro de 60 días, un interregno en el que se reflexionará y se realinearán las estrategias. No parece que las cosas vayan a cambiar demasiado, especialmente ahora que el gobierno ha demostrado que, pese a sus dificultades y sus errores no forzados, tiene un importante nivel de tolerancia entre la población. Es posible, incluso, que hasta pueda incrementar su performance, habida cuenta que los indicadores parecen mostrar una recuperación económica algo más vigorosa que hasta el presente. Pero, lo que es más importante, Cambiemos se adueñó de una única palabra (precisamente la del cambio) frente a competidores que no acertaron a escoger la suya, siempre con la inestimable ayuda de la expresidente.



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