Romper la burbuja

Ciertos rasgos de intolerancia del público rockero a comienzos de los ochenta, se reflejan en el documental “La Falda, el festival que hizo historia en la música Argentina”, dirigido por Martín Carrizo y Diego Quiroga, que se estrenó el miércoles pasado en la Ciudad Universitaria.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Durante la dictadura, el público de rock se encarceló en su propia burbuja, con la esperanza de que la censura y las razias no lo ahogaran. Este aislamiento congeló su ideario y endureció su oposición a la llamada “música comercial”, contra la que supuestamente se plantaban los rockeros argentinos. Cualquiera que mostrase una disidencia con respecto a estos preceptos, corría el riesgo de ser considerado un traidor y de sufrir la expulsión del movimiento. Todos se abroquelaban sin chistar detrás de estas consignas retrógradas que impedían la evolución. Las dificultades que existían para proveerse de información y discos del exterior, contribuyeron al encierro.
A comienzos de los años ochenta, los militares aflojaron un poco las cadenas y empezaron a regresar algunas de las fguras del rock nacional que habían optado por exiliarse durante los años de plomo. Volvió Litto Nebbia de México y retornaron Miguel Abuelo, Moris y Miguel Cantilo desde Europa, todos con una notoria transformación con respecto al estilo que practicaban al momento de irse. Las canciones aboleradas de Nebbia cayeron más o menos bien entre la comunidad rockera, pero la nueva ola a la que adscribían Abuelo, Moris y Cantilo generó una resistencia que demoró bastante en amainar.
Esa falta de sincronía entre el férreo conservadurismo de los fans y el afán renovador de ciertos músicos, hizo eclosión durante las primeras ediciones del Festival de Música Contemporánea de La Falda, que fue la caja de resonancia de esa crisis. Tan cavernícolas eran algunos de los fans, que para insultar a los que se subían al escenario utilizaban la palabra “puto”, con la que apostrofaban tanto al ídolo Charly García como al organizador y animador del festival, Mario Luna. El descontento, motivado vaya a saber por qué detalle específico, se traducía también en objetos arrojados contra el que anduviera cerca del micrófono.
Las víctimas predilectas del escarnio eran aquellos que se atrevían a proponer algo distinto. Así fue como Suéter, Fontova Trío, Cantilo con Punch y Dino Saluzzi, entre otros, recibieron un abucheo que les hizo dificultoso hacerse escuchar. El propio Miguel Abuelo fue silbado cuando se presentó como solista, en una performance que incluyó improperios hacia el público de parte del propio músico, indignado por la respuesta de la gente. Todo se hacía en nombre del rocanrol, un género que siempre había predicado la apertura mental y el desprejuicio, pero que aquí operaba obstruyendo el disenso.
Algo de esa polémica se refleja en el documental “La Falda, el festival que hizo historia en la música Argentina”, dirigido por Martín Carrizo y Diego Quiroga, que se estrenó el miércoles pasado en el Salón de Actos del Pabellón Argentina de la Ciudad Universitaria. Los testimonios que allí se recogen dan cuenta de esas reacciones violentas de los espectadores, que tuvieron su clímax en la edición de 1987, cuando se vivieron situaciones caóticas de las que han quedado registros fílmicos. A esa altura, la primavera democrática empezaba a dar paso a un desencanto existencial, que un par de años después desembocaría en la crisis económica y los saqueos con los que cerró la presidencia de Raúl Alfonsín.
Por supuesto, el Festival de La Falda alcanzó picos artísticos de notable excelencia y funcionó como una escala con la que el rock nacional podía medir cuál era su inserción dentro de una sociedad que lo había rechazado y que, tras Malvinas, lo adoptó como su género favorito. Pero también vale la pena recordar la intolerancia y la belicosidad de un grupo social que se decía pacifista y desprejuiciado, pero que en las multitudinarias convocatorias en el anfiteatro faldense, expuso conductas injustificables.



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