Epístola y periodismo por mujeres

Un artículo publicado por El Eco de Córdoba en 1872 y unas referencias ofrecidas por el padre Grenón, rescatan la memoria de un periódico semanal cordobés escrito y editado por jóvenes mujeres en esta ciudad.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

El género epistolar, la literatura femenina y el periodismo tienden entre sí lazos de época en el siguiente apunte a partir de una nota que destacaba El Eco de Córdoba en enero de 1871. Dicha publicación estaba escrita al modo de una carta y en carácter de “digresión”, en la que el autor relata su deambular por la Córdoba en tiempos en que llegaba a su fin la notoria Exposición Nacional, que ocupaba las inmediaciones del Paseo Sobremonte. Ese texto es interesante en sí por lo palpable de sus descripciones, a las que baña una melancolía presidida por el recuerdo de una mujer lejana, o que tal vez ya no pertenece a la tierra. A la vez, resulta de interés particular uno de sus párrafos, donde hace referencia a una joven escritora cordobesa a quien no identifica por su nombre, si bien da pistas para ubicarla ya que refiere que ella había editado no hacía mucho un periódico local escrito por mujeres.
Lo provechoso del texto mismo justifica citar párrafos; y la evocación de aquel semanario hecho en Córdoba “por el bello sexo” amerita hacer foco luego en ese emprendimiento periodístico femenino, que duró pocos números y llevó por título La Religión.
Para empezar damos fragmentos del texto publicado por El Eco, Cartas a un Ángel, comprendido en una sección titulada Recuerdos a Adelina, en el que el sensible corresponsal refiere su visita a la Córdoba donde concluían los días de la Exposición.
“Alfredo” recorre las calles de Córdoba, de lo que da noticias a su Ángel, en cuyo nombre dice mirar lo que se presenta a sus ojos aquel mes de diciembre de 1871, escenas relacionadas a ese gran evento nacional que tocaba a su fin. “El 17 por la noche un verdadero mar llenaba la plaza de que te he hablado y se agitaba en opuestas corrientes por sus anchas veredas.” Allí la gente se congregaba a ver los fuegos artificiales y una suelta de globos o farolitos de papel de los cuales, al elevarse, uno de ellos se incendia. Unos días después “el que estas líneas había de escribir se dirigía una noche absolutamente solo al Paseo”, donde “los gigantescos álamos y los poéticos sauces que rodean el lago estaban profusamente adornados de farolitos chinescos de diversos colores”. Y otras luces se desplazaban en el paseo público: “eran canoas que llevaban a bordo caballeros, señoras y jóvenes de ambos sexos”. También él se embarca y pasea sobre las aguas del lago.
Acortando la “digresión” de Alfredo, el autor refiere más adelante que “la noche anterior al día en que debía venirme, fui a visitar a una joven que deseaba conocer. Era aquella señorita que había redactado con tanto entusiasmo como mala fortuna aquel primer periódico escrito por niñas, «La Religión», que murió sin que siquiera su nombre pudiera servirle de sólida base; cuando su vida y prosperidad habría sido una gloria para Córdoba, como su muerte ha sido un hecho vergonzoso, desconsolador. Caminaba por la calle Tucumán, en dirección al río, cuando vi como a la distancia de dos cuadras una grande y viva llama en el suelo, al lado del cerco de una quinta.”
La falta de espacio aconseja ahorrar la descripción de lo que atraía la atención del narrador: las velas que se le prendían a un “finadito” o “finadita” aquel lunes, que suscitan un párrafo suyo sobre esa escena. Lo cierto es que “Alfredo” no encuentra a la joven a la que iba a visitar en la calle Tucumán, ya que ésta “andaba paseando”, según le informa la madre, quien lo atiende amablemente.
Dejamos ahora la carta dedicada a un ángel, para ampliar la referencia a la publicación citada en esa nota. Según el siempre confiable padre Grenón, el semanario La Religión aparece citado en el libro Mosaico de Rosario Echenique, donde se afirma que “En aquel tiempo (en 1871) apareció La Religión, periódico redactado por señoritas, siendo su director principal la señorita Leocadia Ferreyra; en el cual, con su hermana María Eugenia (Echenique), publicó Rosario sus primeros ensayos de literatura. Ellas son sus más entusiastas colaboradoras”. También el periódico El Pueblo Libre, en marzo de 1871, anuncia: “La Religión. Hemos leído el programa de un nuevo periódico que con el título que encabezamos estas líneas se publicará en esta ciudad, redactado por jóvenes del bello sexo. El no ha dejado que desear. Es la palabra sencilla y dulce de la mujer que revela siempre la pureza de sus sentimientos”.
Y, como era de esperar, la prensa católica le daba la bienvenida a la publicación de las señoritas Ferreyra y Echenique. Dice Grenón que en agosto de 1871 consignaba El Pueblo Católico: “Un acto de justicia. He tenido el placer de leer en el número 20 de La Religión un pequeño escrito firmado por una señorita que usa la inicial R. Viendo los grandes bienes que la Religión ofrece al público y notando con gran sentimiento que este periódico, hasta hoy, no ha sido protegido por nadie, quiero cumplir con un deber de justicia transcribiendo en el Eco y en el Pueblo Católico la solicitud de la señorita R. Deseo que no sólo la Asociación Católica, a quien más de cerca incumben estas líneas, sino también el pueblo todo, ayuden a este periódico, órgano del bello sexo cordobés, no sólo con palabras, sino con obras, que es de lo que puede esperar algo esta utilísima obra.
Basta decir que La Religión es una publicación que honra a Córdoba”.
Y Grenón transcribe de una publicación posterior: “La Religión. Nuestro colega va ganando terreno. Así tiene que ser cuando se ocupa de hacer el bien. Le deseamos mayor prosperidad.”
La Religión dejó de aparecer en octubre de ese año. Decía El Pueblo Católico: “Este colega semanario, redactado por señoritas cordobesas, ha suspendido su aparición. La Señorita Leocadia Ferreyra, redactora en jefe de esta publicación, nos lo comunica así en su último número del domingo. Lo sentimos demasiado. La Religión era un periódico de mucha utilidad para el país; sus columnas contenían siempre artículos juiciosos e ilustrados.”
Así, es seguro que la joven a la que hacía mención “Alfredo” se tratase de Leocadia Ferreyra, o bien de una de las dos hermanas Echenique.



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