¿De qué hablamos cuando hablamos de Ingresos Brutos?

“Hemos escuchado mucho sobre el impuesto a los Ingresos Brutos últimamente, que es el más distorsivo de todos los impuestos y que se tendría que eliminar. Pero ¿qué sabemos sobre le impuesto a los Ingresos Brutos? ¿Por qué todos coinciden en que es altamente distorsivo? ¿Si se tuviera que eliminar, por qué no lo hacen?”

Por María Cayre
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El impuesto a los Ingresos Brutos ha ganado popularidad en estos últimos días, tanto que se ha merecido un divertido cruce de palabras entre el presidente Mauricio Macri y el gobernador Juan Schiaretti. Va a ser difícil olvidar el “A vos no te ha ido tan mal gordito”, que el presidente le replicó al gobernador hace unas semanas atrás mientras le pedía que elimine el Impuesto a los Ingresos Brutos de los créditos hipotecarios. El impuesto fue, no eliminado pero sí morigerado ampliamente por el gobernador el pasado lunes en el marco de un seminario organizado por la Cámara de Comercio de Córdoba. La alícuota pasa ahora del 8% al 1,5%, lo que implicaría una reducción de entre $500 a $1.000 (dependiendo el caso particular) para cada beneficiario que tome un crédito. Es un pequeño paso en dirección de ir disminuyendo la presión del impuesto a los Ingresos Brutos, pero aún resta mucho por hacer al respecto de este tan cuestionado gravamen.
¿Qué sabemos sobre le impuesto a los Ingresos Brutos? ¿Por qué muchos coinciden en que es altamente distorsivo? ¿Por qué no lo eliminan? El impuesto a los Ingresos Brutos es un impuesto provincial que se paga como porcentaje de la facturación de un negocio independientemente de su ganancia. O sea, todos los que facturen en concepto de algo pagan Ingresos Brutos (salvo exenciones explicitas en la ley), lo que implica que un producto que pasa por varias etapas de producción tiene cargado este impuesto varias veces. A esto último, es lo que se le denomina efecto “cascada” y es una de las explicaciones de por qué es considerado el impuesto más distorsivo.
Veamos un ejemplo muy simplificado: supongamos un par de zapatillas que pasa por tres etapas, la del productor (P) que le vende al mercado mayorista (M), quien a su vez le vende a un minorista (m) para que éste finalmente lo venda al público. Supongamos que el productor produce la materia prima y vende a $1000 las zapatillas listas, y cada uno de los demás actores pretende ganar un 20% sobre su respectivo costo. Sin impuesto a los Ingresos Brutos (ver tabla debajo) el resultado sería que usted y yo, consumidores finales, compraríamos las zapatillas a $1440.
Ahora veamos que pasa cuando aparece un impuesto a los Ingresos Brutos (supongamos una alícuota del 4%) sobre la facturación de cada una de las etapas. Si cada eslabón le pasa la carga del impuesto al eslabón siguiente, el resultado sería que usted y yo, consumidores finales, pagaríamoslas zapatillas $1558.
En este ejemplo sencillo la sola implementación del impuesto encarece el producto en $118 pesos, lo que sería el 7,54% del precio total final de lo que compramos. Mientras más etapas tiene el producto hasta llegar al consumidor final, más distorsivo se vuelve el peso del tributo. En este ejemplo solo supusimos tres etapas en la cadena pero algunos productos que consumimos pueden tener varios intermediarios más. Además, la distorsión no solo radica en el encarecimiento al final del proceso sino también en que modifica los precios relativos de cada insumo o etapa, y por ende modifica la toma de decisiones de los agentes a lo largo del proceso.
Tiene amplio consenso la idea de que hay que eliminar este impuesto, eso ya no lo discute nadie. El tema de fondo es que eliminarlo desfinanciaría fuertemente a las provincias. Para el caso de Córdoba el 23% de sus ingresos totales (los propios, más los que recibe de la Nación) en 2016 fueron en concepto del impuesto a los Ingresos Brutos. Es la principal fuente de ingresos propios ya que representa más del 75% de lo que recauda ella misma. Por consecuencia, al eliminar este impuesto hay que buscar otro que no deje sin fondos a la Provincia pero que sea menos distorsivo. Las dos estrategias que se estarían pensando hoy en día para reemplazarlo son: o un impuesto tipo IVA provincial o un impuesto a las ventas finales. El primero porque en un impuesto tipo IVA lo que se grava es lo que cada eslabón de la cadena agrega como valor y no la facturación, por ende no se genera la acumulación de todas las etapas anteriores. El segundo porque solo se gravaría el último eslabón de la cadena, cuando el minorista le vende al consumidor final, por ende tampoco habría efecto acumulación de etapas.
Por suerte, es altamente probable que el impuesto a los ingresos brutos desaparezca en la reforma tributaria integral que está pensando realizar la Nación en el 2018. Hay que ver cómo se dan los procesos de negociación entre la Nación, las provincias y el Congreso, donde ninguna fuerza cuenta con mayoría para librar esta batalla que toca muchos intereses compartidos y muchos recursos fiscales.

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