De “Cordobazo” a papelón: el triunfo de la autoridad

Por Pablo Esteban Dávila

Solo y cansado. La imagen de Marcelo Marín al comenzar el día de ayer lo decía todo. Abandonado por el mundo gremial y por sus pretendidos representados, el cabecilla de los rebeldes de la UTA era la imagen misma de la derrota. Los choferes que, a media mañana, se dirigían hacia las puntas de línea para retomar el servicio marcaban el final de una medida de fuerza que nunca debió llevarse a cabo.
Este no era, por cierto, el final que muchos suponían cuando, la semana pasada, el paro declarado por los delegados de la UTA aparentaba convertirse en un nuevo Cordobazo. Había razones para la preocupación colectiva. El apoyo de los choferes a sus flamantes capitanes parecía monolítico, en tanto que múltiples sindicatos vinculados a los servicios públicos se plegaban a la algarada con declaraciones de solidaridad y amenazas de huelga general. Los partidos de izquierda, expertos en el arte de sumarse a cuestiones ajenas, aportaban su folclore de revolución inminente.
Durante muchos días nadie supo exactamente qué hacer. Ni las autoridades, decididamente tomadas por sorpresa ni mucho menos los delegados, prisioneros ellos mismos de las fuerzas que habían desatado. Una tras otra las soluciones que se propusieron fueron desechadas por sus bases –un malicioso eufemismo de democracia. Nada parecía ser suficiente para satisfacer lasdemandas que, para colmo de males, cambiaban todo el tiempo.
La Municipalidad fue la primera gran víctima del conflicto. Al menos en sus primeras etapas, ni el intendente ni sus funcionarios parecieron dimensionar correctamente la catástrofe a la que se enfrentaban. Suponían, simplemente, que la protesta no podía durar demasiado. Después de todo la UTA nacional se encontraba decididamente en contra, en tanto que el Ministerio de Trabajo no había dudado en declarar la ilegalidad del paro tan pronto los choferes desoyeron la conciliación obligatoria.
Sin embargo, aquella parálisis comenzó a transformarse en clara decisión cuando Ramón Mestre comprendió que, esta vez, no habría Chapulín Colorado que pudiera ayudarlo. Ni siquiera el gobernador, experto en sacar de apuros al intendente de turno, parecía tener la llave capaz de cerrar la caja de Pandora abierta con tanta irresponsabilidad. Cuando al amanecer del pasado viernes todo parecía seguir igual (excepto la popularidad de Mestre, decididamente a la baja) algo sucedió dentro del municipio que lo cambiaría todo.
El anuncio de un sistema de transporte alternativo y gratuito formulado el domingo fue la respuesta definitiva al desafío de los delegados. Señaló, en rigor, el comienzo del fin de la protesta. Debe decirse que su implementación fue realista y precisa. Supuso la cooperación institucional de todos los sectores agraviados, esto es, el municipio, la provincia, la UTA y la FETAP. Ninguno faltó a la cita ni a los compromisos asumidos. La población, harta del desaguisado, puso la necesaria cuota de comprensión social a los inevitables defectos de este armado de emergencia.
A medida que en la madrugada del lunes los coches del sistema comenzaron a circular fuertemente custodiados, muchos choferes se percataron que Marín y sus colegas los habían subido a un trapecio sin red. Horas después no pocos abandonaban la protesta para preservar su trabajo. Hacia la medianoche ya era evidente que la huelga había entrado en su cuarto menguante. De exigir aumentos salariales, el fin de la intervención de la regional Córdoba y quién sabe qué otra cosa, ahora los delegados sólo reclamaban que no se despidiera a nadie por culpa de su torpeza. Aunque el pedido pareció encontrar alguna comprensión en el Ministerio de Trabajo, desde el municipio se dijo que no. La rendición debía ser incondicional.
El triunfo del intendente es innegable. Hacía mucho tiempo que la municipalidad no imponía su autoridad ante una protesta de tal calibre. Es cierto que tuvo la ayuda inestimable de casi todo el mundo, pero el diseño del operativo de emergencia que lo cambió todo fue su responsabilidad. Es inevitable suponer que el desenlace lo deja mejor que antes del conflicto y –un asunto no menor para él– lo equipara con su padre, famoso por haber sorteado exitosamente una extensa huelga del SUOEM allá por años ‘80. Ésta era una capitis deminutio que el joven Mestre soportaba en silencio y que, ahora, puede dar por superada.
En la UTA también se respira satisfacción. Jorge Kiener, el general enviado por Roberto Fernández para vérselas con los insurrectos, no dudó en calificarlos de “tarados” que no saben lo que quieren. Les recriminó falta de responsabilidad para cuidar a 3.300 familias y se lavó las manos respecto a los despedidos. “Háganse cargo” pareció decirles. Son declaraciones fuertes, de aquellas que sólo proclaman los vencedores. En adelante muchos tomarán nota de la orfandad en la que pueden caer este tipo de acciones inorgánicas y de lo despiadada que puede ser la conducción nacional cuando le mojan la oreja.
Similar impresión se tiene en las empresas de transporte. Es la primera vez en mucho tiempo que un reclamo no se salda con aumentos de tarifas o con más subsidios. Se atuvieron a la ley y sólo comenzaron con los telegramas de despidos cuando desde el Ministerio de Trabajo y la UTA se dio luz verde al procedimiento. Hacía tiempo que sus propietarios sentían que sus decisiones no contaban dentro de sus compañías. Este desenlace permite retomar algo de racionalidad en una relación laboral caracterizada por el descontrol.
La provincia, aunque esta vez su rol fue básicamente de contención de daños, no se quedó atrás. Juan Schiaretti estuvo particularmente activo desde Brasil, convenciendo a los gremios del sector privado que ésta no era su lucha. Las señales que se generaron tanto desde los ministerios de Seguridad y de Trabajo y desde la Secretaría de Transportes fueron siempre inequívocas, esto es, del lado de la legalidad y la paz social. La huelga no logró permear el sistema de decisiones del Centro Cívico.
El desenlace debe ser visto como el triunfo de la autoridad. De la municipalidad, de la provincia y de la UTA oficial. Hacía mucho que no se veía tal cosa. Es cierto que no fue un proceso lineal ni una estrategia nítidamente esbozada, pero que tuvo desde el principiola convicción sobre que el asunto no podía terminar en una victoria de quienes pretendían llevarse puestos todos los límites. De haberlo logrado cualquier cosa podía esperarse en el futuro y, como lo enseña la historia, de la anarquía no se vuelve sino con mucho dolor.
La otra gran lección es que la épica del tipo Cordobazo no debería correr en una democracia, en donde el sistema de derechos consagrados en la Constitución funciona razonablemente. Forzar las decisiones gremiales a modo de una gran estudiantina nunca puede llevar a buen puerto, simplemente porque cualquier actividad humana que requiere decisiones necesita de conducción y legitimidad. Los experimentos de consensos basados en asambleas sin liderazgos ni proyectos institucionales sólo pueden terminar en la parálisis que imponen los más radicales. Marín fue víctima de su falsa ilusión sobre que la turbamulta a la que consultaba cada paso le diría adonde ir. Se equivocó feo. Terminó protagonizando un papelón que, para peor, le costará el puesto a un centenar de sus seguidores. Son lecciones que la vida republicana suele impartir y de las que se debería tomar especial nota.