Jardín Florido ¿acosador?

El concejal Héctor Carranza creyó oportuno hacerle un homenaje a Jardín Florido, un personaje tradicional de Córdoba, ya fallecido. La imagen que conservamos de él es la de un apacible viejito, vestido (o mejor: disfrazado) con frac, galera y bastón, diciendo gentiles piropos a señoras y muchachas que pasaban a su lado por la zona céntrica de Córdoba.

Por Gonzalo Neidal
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El concejal Héctor Carranza creyó oportuno hacerle un homenaje a Jardín Florido, un personaje tradicional de Córdoba, ya fallecido.
La imagen que conservamos de él es la de un apacible viejito, vestido (o mejor: disfrazado) con frac, galera y bastón, diciendo gentiles piropos a señoras y muchachas que pasaban a su lado por la zona céntrica de Córdoba.
Ahora bien, un grupo de feministas salió al paso impugnando la propuesta de Carranza pues consideran que el piropo es un modo de acoso al sexo femenino probablemente vecino a la violencia de género y, en consecuencia, alguien que ejerciera esa actividad –para ellas, ahora condenable- no es digno de ser recordado con gesto de homenaje o de simpatía.
Por supuesto que Jardín Florido, en sus dichos, rozaba lo poético e incluso lo cursi; estaba muy lejos de la insinuación procaz, la palabra ofensiva, el decir grosero o la frase que incomodara. Al revés, era casi un atractivo turístico que estaba rodeado casi siempre por curiosos que esperaban verlo en acción ante señoras y señoritas que recibían el piropo con una sonrisa, sin dejos de animosidad o reproche.
Pero al parecer, ahora corren tiempos distintos. Por esta época de militancia extremista e intolerante, toda galantería corre el riesgo de ser tomada como una agresión y un paso claro en el camino de la violencia hacia la mujer. Pero no todos piensan así, claro. Esta es la forma de ver el piropo de quienes militan en el feminismo aunque también de quienes no quieren dejar dudas respecto de su rechazo a la violencia que se ejerce contra el sexo débil.
Se habla de cosas distintas. Una cosa es el acoso verbal insistente y grosero y otra la galantería suave, casi naif que ejercía Jardín Florido más con intención de espectáculo que de conquista.
¿No nos estamos pasando de vueltas con tanta severidad?
Con criterio similar uno podría pensar que hay gente que se incomodaría hasta el rubor al leer poemas de Pablo Neruda, o que impugnaría las Rimas de Gustavo Adolfo Becquer, o que condenaría sin más el comportamiento de Lady Chatterly, o que censuraría que el oficial Wronsky haya seducido a Anna Karenina. Ni hablar de Don Juan Tenorio y menos aún de Florentino Ariza que se pasó una vida asediando la ciudadela de Florentina Daza, en tiempos del cólera. Estos libros podrían ser un pésimo ejemplo para los jóvenes lectores pues pueden sentirse inducidos a la conquista romántica sin reparar en modos que las feministas, con lupa ominosa y gruñona, encuentran dignos de rechazo.
Qué hubiera sido de los trovadores de hace quinientos años, en quienes fincan el origen mismo de la poesía, qué de las serenatas galantes, de las declaraciones románticas. Todo esto está bajo sospecha.
En la Capital Federal existe una reproducción de Alberto Olmedo (Borges) acompañado en un sillón por Javier Portales (Álvarez) rememorando el sketch en el que ambos asediaban y algo más a Silvia Pérez. Por el momento, Rodríguez Larreta no ha intentado removerlo pero tal como tal vienen las cosas habría que darle un poco de tiempo, nada más.
El propio Jardín Florido es mencionado con orgullo en varias canciones que elevan sus loas a Córdoba y tiene él mismo una canción que lo recuerda con cariño.
Nada reprochable se le ha imputado nunca. Ninguna dama se sintió ofendida jamás. Pero ahora, las nietas de las piropeadas por el anciano y por razones que poco tienen que ver con la galantería y el amor sino más bien con la rigidez ideológica, nos advierten que cada piropo de Jardín Florido era, en verdad, una pedrada.