Populismo y corrupción

Que la corrupción acompañe al populismo no es un hecho casual. Forma parte de una dialéctica del poder que todavía no hemos podido resolver.

Por Gonzalo Neidal
gonzalo.neidal@gmail.com

populismo-corrupciónLos tres países de América Latina donde el populismo tuvo mayor arraigo en la primera década del siglo son también los que sufrieron mayor deterioro económico y mayor corrupción.
Brasil, Venezuela y Argentina fueron, no hace muchos años atrás, el faro que señalaba al mundo el camino a seguir. Mostraban un crecimiento económico “a tasas chinas”. Pero otras características que permanecían ocultas acabaron por prevalecer: los liderazgos indiscutidos, el populismo económico y la flacidez institucional. Todos ellos parecían haber encontrado la fórmula mágica de alcanzar la riqueza sin pasar por el esfuerzo y la inversión.
Ahora sabemos que todo fue una ficción, un simple espejismo inducido por el alza inusitada del precio de los alimentos y materias primas iniciado casi con el siglo mismo.
La corrupción, hasta ese momento era un fenómeno marginal aledaño al poder. Pero los años de abundancia lo transformaron en un eje central ligado al atraso y al status quo de la pobreza.
Con la corrupción ocurre algo insólito: todos sabemos que existe y que tiene una dimensión importante y extensa pero cuando se evidencian hechos de corrupción, nos asombramos y ponemos el grito en el cielo.
Que la corrupción acompañe al populismo no es un hecho casual. Forma parte de una dialéctica del poder que todavía no hemos podido resolver. El populismo, por su naturaleza y definición, supone liderazgos carismáticos e indiscutibles que siempre suponen menoscabo para las instituciones republicanas, a las que desprecia. Desaparecen los controles, las auditorías, las rendiciones de cuentas y, además, se diseña y configura una justicia que protege el delito.
La corrupción tiene también sus justificadores. Por estos años hemos escuchado diversos argumentos que pretenden explicar su funcionalidad a favor de la lucha contra la pobreza. En primer lugar, se la desdeña en nombre del realismo político (“todos roban”) o por ser una expresión de la moralina de la clase media. Además, se la valora como democratizadora de la actividad política en beneficio de los que cuentan con menores recursos.
Tras los acontecimientos de Brasil es probable que muchos intelectuales deba rever su desdén por analizar la corrupción como uno de los hechos centrales de los procesos populistas. Siempre fue considerada un fenómeno marginal que se dejaba a un costado en todos los análisis sociológicos y políticos, para no contaminarlos.
Si en los países desarrollados la clase política es cooptada por los empresarios para que promuevan un país con parámetros y criterios industriales, en el mundo subdesarrollado, los industriales sólo atinan a los sobornos para obtener ventajas individuales a costa del erario público y del desarrollo nacional.
Como fuere, el combate a la corrupción no es tarea sencilla para ningún gobierno por enérgica que sea su vocación de instalar la honestidad desde el poder. Quizá demande décadas corregir los desmanes ocurridos en la década anterior. Pero en cualquier caso será difícil hacerlo si la Justicia continúa lenta y complaciente y si los controles republicanos siguen relegados en el arcón de la ineficacia.



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