El último aullido

Dolor entre los seguidores del estilo grunge, ante la noticia de la muerte de Chris Cornell, cantante de Soundgarden (y de Temple Of The Dog y de Audioslave), quien falleció a los 52 años en circunstancias poco claras, cuando se encontraba de gira por Estados Unidos junto a su banda.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

CornellQuizás la vigencia del estilo “grunge” se deba a que fue el último aullido genuinamente rockero que se escuchó en el siglo veinte… y en lo que va del veintiuno. Su música, tan áspera como las camisas leñadoras que usaban sus cultores, se combinaba a la perfección con esas letras existenciales y para nada condescendientes que solían entonar las bandas inscriptas en ese género. Sin entrar en comparaciones de calidad, que no vienen al caso, en los 25 años que siguieron a aquello no hubo ningún movimiento sonoro que estuviera a su altura en cuanto a potencia y homogeneidad.
Tanto tenían en común los miembros de esta troupe, que hasta compartían muchos de ellos la región de origen, el ángulo noroeste del territorio estadounidense, con epicentro en el estado de Washington y, para ser más precisos, la ciudad de Seattle. Desde allí, de donde había aparecido alguna vez el idolatrado Jimi Hendrix, provenía una gran cantidad de nombres de formaciones que, entre finales de los años ochenta y principios de los noventa, sonaron como un trueno que se disponía a castigar la melosidad del pop que había predominado en la década anterior, después de que el punk se autodestruyera en pocos meses.
A la par del grunge, en esos años dominaban la escena internacional variantes del hip hop como el gangsta, de la electrónica como el house y del rock como el brit pop. Pero el grunge parecía ser, entre todos ellos, el que mejor encajaba en esa tradición rockera que venía de los años cincuenta y que mostraba síntomas de un indudable agotamiento. Los propios animadores de esa movida se ocupaban de aclarar que formaban parte de esa corriente y que su pretensión, más que diferenciarse, era ramificar ese tronco, nutriéndose de su misma savia y proclamándose herederos de un linaje musical.
Tal vez en eso consista el secreto de la vigencia de Nirvana, Alice In Chains, Pearl Jam o Stone Temple Pilots, cuyo repertorio sigue siendo objeto de reproducciones por parte de jóvenes que ni siquiera habían nacido cuando esos temas vieron la luz. Adolescentes que compran mochilas, camperas y buzos con el nombre de esos grupos a los que vaya a saber uno cómo accedieron, pero que –está claro- llegaron a lo más profundo de su corazón, como lo hicieron hace un cuarto de siglo con aquella Generación X, de cuya vaciedad espiritual supieron dar cuenta en ese entonces.
Por eso, no puede sorprendernos el dolor que se verificó ayer en las redes sociales ante la noticia de la muerte de Chris Cornell, cantante de Soundgarden (y de Temple Of The Dog y de Audioslave), quien falleció a los 52 años en circunstancias poco claras, cuando se encontraba de gira por Estados Unidos junto a su banda. La vocalización magistral de Cornell y sus notables performances en vivo fueron destacadas en la mayoría de los posteos, en los que los fanáticos exponían sin tapujos la desazón que les había provocado enterarse de que su ídolo había dejado de existir.
Hasta en ese último gesto se ha apegado el grunge a la prosapia del rocanrol, en la que la muerte violenta, suicida o fruto de excesos era la que coronaba el trayecto vital de los héroes rockeros. Un destino fatal del que muchos tratan de escapar, pero que en el grunge ha dejado un tendal de víctimas famosas. Mientras algunos logran poner una distancia entre su vida y su obra, pareciera que hay una raza de artistas que se mete en lo suyo hasta las vísceras. Y que, cuando quiere poner límite a ese derroche, no lo consigue.



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