La izquierda, incómoda por Venezuela

Ahí está a la vista de todos a dónde conducen las políticas que la izquierda propone. Ahí está en la vidriera el completo fracaso de las estatizaciones de empresas, de las expropiaciones, de la supresión de las leyes del mercado, de la arbitrariedad estatal instalada como regla económica.

Por Gonzalo Neidal
gonzalo.neidal@gmail.com

venezuelaVenezuela y el régimen de Nicolás Maduro son una verdadera piedra en el zapato para los ideólogos de izquierda. Una incomodidad soberbia.
La izquierda latinoamericana se ha jactado de ser una luchadora incansable contra la opresión. Siempre enarbola sus banderas a favor de la libertad de los pueblos, contra los gobiernos que los sojuzgan y someten. La izquierda pretende ser la expresión política de los postergados, de los pobres, de las mayorías latinoamericanas que viven oprimidas por las oligarquías locales en alianza con los imperios del poder y el dinero, especialmente Estados Unidos.
Su visión de los problemas latinoamericanos es bien sencilla: estos poderes económicos sojuzgan a los pueblos y los mantienen en la miseria y el atraso. Para salir de esta situación oprobiosa, los pueblos de América Latina deberán derrotarlos y con ello se abrirán a una época de progreso y liberación.
Pero ahí está Venezuela con un régimen que se dice socialista y que ha llevado al país a una crisis terminal, con escasez de alimentos y otros bienes elementales. Un gobierno que ha avanzado sobre la Constitución, que suprime el parlamento porque no lo controla y se niega a conceder elecciones ante la evidencia de que la mayoría ya no está de su lado. Una dictadura que reprime a los manifestantes y que ya ha matado a varias docenas de ellos.
Y la izquierda guarda silencio. Impúdicamente. Meses atrás alegaba que se trataba de una rebelión de los ricos contra los pobres que gobernaban, ungidos por el voto popular. Pero ha quedado claro de que esto no es así. Que Maduro se mantiene en el gobierno gracias a la represión, al respaldo del ejército y a la supresión de la democracia y la república.
¿Por qué no condenar, entonces, al régimen dictatorial? Porque éste surgió con un discurso latinoamericanista, anti norteamericano, estatizante, nacionalista y a favor del interés popular. Y tuvo su momento de gloria y éxitos económicos cuando el petróleo se disparó de 17 a 140 dólares el barril. Ahora, que es evidente su fracaso en lo económico y en lo político, la izquierda está en aprietos.
Ahí está a la vista de todos a dónde conducen las políticas que la izquierda propone. Ahí está en la vidriera el completo fracaso de las estatizaciones de empresas, de las expropiaciones, de la supresión de las leyes del mercado, de la arbitrariedad estatal instalada como regla económica.
En Venezuela, la izquierda encuentra el espejo de su propio fracaso. Pero también muestra su cobardía y su incapacidad de rectificar ante la evidencia del caos económico y de la represión que suma a rebeldes muertos cada día.
Algo similar ya sucedió –salvando las diferencias- con los intelectuales europeos cuando fue claro para ellos que la Revolución Rusa había devenido en un régimen sanguinario y explotador. Muchos se negaron durante décadas a aceptar una realidad que era manifiesta. Arguyeron pretextos diversos y cada día tropezaban con más problemas para explicar por qué se aferraban a un gobierno tan despreciable como el que ejercía Stalin.
La izquierda latinoamericana ve ante sus ojos cómo se hunde Venezuela siguiendo la ruta de miseria de Cuba, y sólo atina al silencio. Ni siquiera intenta explicar qué fue lo que sucedió. Cómo fue que un país lleno de petróleo se hunde en la miseria y su pueblo, incluso amplias franjas populares, lo rechazan en las calles, a pedradas.



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