Cristina, Keynes y los negros

En su viaje a Europa en búsqueda quizá del boato perdido en su tierra, la ex presidenta ha expuesto ante auditorios confusos e indiscernibles un buen resumen de su concepto de la economía y la política.

Por Gonzalo Neidal
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En su viaje a Europa en búsqueda quizá del boato perdido en su tierra, la ex presidenta ha expuesto ante auditorios confusos e indiscernibles un buen resumen de su concepto de la economía y la política. Una suerte de curso sintético de populismo latinoamericano.
Su frase más rica en definiciones ha sido la siguiente:
“Algunos piensan que lo que les falta es por culpa del gobierno populista que les da plata a los negros sin trabajar, a los choripaneros. Se hace el cuadro perfecto: el negro me saca lo que me falta. Nooo, hermano, esa plata que tiene ese tipo va a comprar al almacenero y el almacenero compra el auto que vos estás fabricando: esa es la cadena virtuosa de consumo”.
Ignoramos si los griegos que presuntamente concurrieron a su conferencia comprendieron qué se entiende por “choripanero”. Pero el concepto general de Cristina Kirchner no admite dudas. Se trata de una suerte de keynesianismo “al uso nostro”.
Como se recordará, el economista británico pasó a la historia por haber revolucionado la ciencia económica y por haber descubierto el modo de salir de una crisis tan profunda como la de los años treinta. Por supuesto que no son pocos los que le niegan ambos méritos.
De todos modos, el problema no es Keynes sino los keynesianos. Éstos parecen muy felices por haber descubierto el secreto de la economía: si uno reparte plata, entonces estimula la demanda, se mueve el comercio, la industria produce y todos quedamos felices.
Claro que uno podría advertirle que se generan problemas de difícil solución en el mediano y largo plazo. Pero los keynesianos responden con una famosa frase de Keynes, que demuestra su ingenio y sus objetivos acuciantes del momento en que fue pronunciada: “En el largo plazo, todos estaremos muertos”.
Claro, hablar del largo plazo en plena crisis de los años treinta era no tener en cuenta la realidad acuciante y dramática del momento: el hambre y la desocupación a niveles extraordinarios. Pero adoptar como política permanente el pago de retribuciones sin la contraprestación del trabajo, ya es otra cosa. El estímulo a la demanda agregada, jerarquizada como política de estado, se transforma en una propuesta de nunca trabajar, un estímulo a holgar.
Es obvio: la presunta sensibilidad social de estas políticas se funda en que producen resultados inmediatos para los propios gobernantes, que reciben el apoyo complacido de las amplias franjas beneficiarias de las dádivas. De este modo, se crea un círculo vicioso pues los que gobiernan no están de ningún modo estimulados a buscar que los pobres salgan finalmente de su condición de dependencia del estado.
Al hablar de “los negros choripaneros” la ex presidenta pretende imitar el lenguaje despectivo que ella atribuye a quienes no comparten sus puntos de vista sobre este tema. Pero es ese y ningún otro el concepto exacto que ella tiene de los beneficiarios de los planes, congelados a lo largo de los años en su condición de desocupados mendicantes.
Sería muy útil para todos, que Cristina Kirchner utilice el ejemplo de Venezuela para ilustrar esta teoría que, en realidad, no es más que un modo exagerado de expresar una de las ideas centrales del peronismo de todos los tiempos.