La respuesta del bolsillo

Que uno pueda explicar que por la vía del populismo íbamos rumbo a estrellarnos como Venezuela, no es algo que sume a la comprensión del modo en que funciona una economía. Los argumentos mueren si no hay plata.

Por Gonzalo Neidal
gonzalo.neidal@gmail.com

Juan Carlos Pugliese

Hacia el final del gobierno de Raúl Alfonsín, el antiguo dirigente radical Juan Carlos Pugliese ocupó brevemente el ministerio de Economía. No pudo enderezar la marcha de la economía pero nos dejó una frase para el recuerdo: “les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo”. Fue su modo de reprochar a empresarios y otros operadores económicos porque se comportaron conforme a lo previsible, es decir haciendo lo que su interés material les demandaba y no lo que el gobierno quería y necesitaba.
Por estos días, la frase podría recordarse en relación con los reclamos que se realizan al gobierno respecto de la pobre performance de la economía, a poco menos que un año y medio de la asunción de Mauricio Macri a la presidencia.
Se trata, claro está, de un reclamo inobjetable si tenemos en cuenta la tradición de la política argentina. Los que gobiernan deben hacerse cargo de los problemas que reciben y el resto de los argentinos, sin pensar ni argumentar demasiado, se ponen en la confortable posición de exigir resultados más allá de toda razonabilidad. Por supuesto, que pasados unos pocos meses, el gobierno se encuentra completamente inhibido de utilizar a “la herencia recibida” como una explicación aún circunstancial de las dificultades que va encontrando para poder ofrecer resultados más contundentes. Así funciona la política en la Argentina y esas son las reglas de juego que no se pueden cancelar.
Resulta difícil también argumentar la existencia de una distancia institucional o éticaentre la situación actual y la anterior. Ya hay comerciantes que dicen que “antes yo vendía más y estaba mejor” e incluso trabajadores que se quejan de la situación económica porque la encuentran menos favorable a sus intereses inmediatos que la existente en los meses previos al cambio de gobierno.
Las demandas perentorias del bolsillo no atienden otros argumentos que no sean los del ingreso de dinero, más allá de cualquier otra consideración. Nada importa. Sólo cuánto dinero y con qué esfuerzo, me entraba antes y cuánto dinero me entra ahora. Y punto. No hay otra discusión posible.
Que uno pueda explicar que por la vía del populismo íbamos rumbo a estrellarnos como Venezuela, no es algo que sume a la comprensión del modo en que funciona una economía. Los argumentos mueren si no hay plata. Las promesas de un futuro mejor tras el combate y el abatimiento de los problemas actuales, no es algo que pueda importarle a quien vive al borde y ve peligrar sus consumos más elementales o la existencia misma de su pequeño negocio o emprendimiento.
El abismo institucional que existe entre el actual gobierno y el anterior no entra en la consideración al menos hasta que las necesidades más perentorias estén cubiertas. Así funciona la cabeza de una amplia franja de los argentinos. No necesitan del aliento cotidiano de los que provocaron el descalabro que ahora simulan ignorar. El concepto que tenemos sobre la economía es aquel que se le atribuyó alguna vez a Balbín: “todos los problemas económicos se solucionan con un par de cosechas”. El esfuerzo a los fines de mejorar no es algo que pueda proponerse sin generar rechazo.
Una conocida frase de Neustadt, usada a comienzos del gobierno de Menem, sirve para explicar momentos como el actual. Decía el periodista: “estamos mal pero vamos bien”. Procuraba puntualizar que se están tomando las medidas correctas y que darán resultados en un futuro pero que, en el momento actual, generan un efecto no buscado de restricciones y privaciones. Para muchos argentinos, la única prueba de que vamos por el camino correcto es que gocemos ya mismo de los frutos.
Es el famoso combate entre el corto y el largo plazo. Las políticas populistas suelen producir muy buenos efectos en el corto plazo. Hacen subir los ingresos, la demanda, mueven la economía y crean una sensación de bienestar casi instantáneo. Pero nos cavan una profunda fosa para los años futuros.
Y al contrario: si uno piensa en el futuro, naturalmente el presente abunda en reacomodamientos que generan malestar pero que en lo inmediato no se perciben como beneficiosos.
De tal modo, la situación del gobierno no es sencilla. Nuestros oídos siempre están propensos a acoger con beneplácito las promesas de soluciones fáciles que brindan resultados inmediatos pero que luego nos condenan por décadas.
Pensar con el bolsillo no está mal. Pero nuestro bolsillo carece de memoria y tiene una inteligencia limitada al momento actual. Es probable que nos sea más beneficioso usar el cerebro. Y la memoria.



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