La protegida

En una de las clases en el instituto de música de Nueva York al que asistía Maggie Rogers, lo invitaron a Pharrell Williams. Y el tipo, con su olfato para el éxito, apenas escuchó a la joven cantante interpretar una composición propia, se dio cuenta de que había allí un diamante al que sería muy fácil pulir.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Cuando su tema “Happy” empezó a rodar por los caminos del éxito, Pharrell Williams fue consagrado como el cantante del momento y su nombre se convirtió en sinónimo de la fama. Cualquiera hubiera pensado que se trataba de una joven promesa a la que le había llegado su gran momento, pero nada que ver. En ese 2013 en el que se produjo su mayor despegue, él ya tenía 40 años y un currículum que no sólo lo destacaba como compositor e intérprete, sino que además lo señalaba como un avezado productor, que como tal supo trabajar para Madonna, Britney Spears, Justin Timberlake y Shakira, entre muchos otros.
Junto a las formaciones de The Neptunes y N.E.R.D., se dio a conocer como un extraordinario vocalista y multiinstrumentista, pero una vez que tomó vuelo en solitario ya no hubo nada que pudiera hacerle sombra. Sin embargo, siempre prefirió mantenerse entre bambalinas, como garantía de la calidad de un producto. Hasta que en 2013 se lo escuchó en dúo con Robin Thicke haciendo “Blurred Lines” y como voz solista de Daft Punk en “Get Lucky”, dos hits que, cuatro años después, todavía siguen sonado en la radio, porque pasaron directamente de estar de moda a ser clásicos.
Con el crédito de su foja de servicios en la producción y el empuje de haberle puesto su firma y su garganta a los temas más escuchados del mundo en ese momento, asumió la oportunidad de poner su propio nombre en el cielo del estrellato y publicó el disco “G I R L”, del cual el single “Happy” se ofreció como un imbatible caballito de batalla. Así, a una edad en la que otros ya juegan en el equipo de los veteranos, Pharrell se estableció como figura novedosa en un mercado discográfico siempre ávido de renovar el stock de indiscutibles.
¿Qué se hace después de semejante impacto? ¿Cómo retomar el camino de la creación musical con semejante carga de expectativas sobre las espaldas? ¿Tiene resto Pharrell Williams para sorprender al público con obras que estén a la altura de la repercusión que tuvo en 2013? En las últimas semanas, las noticias lo ubicaron cantando junto a Ariana Grande y Calvin Harris; y también se habla de una película musical producida por Fox en la que se narraría la infancia del músico. Pero la información más trascendente asociada con él no lo tiene como protagonista, sino como… promotor de una artista.
Hasta hace unos meses, la veinteañera Maggie Rogers era una estudiante universitaria de música que ejecutaba piano, banjo, arpa y guitarra, que tenía una entonación cautivante y que se sentía fascinada por el folk. Sus perspectivas eran limitadas, en un país donde hay miles de chicas con esas características. Pero dio la casualidad de que en una de las clases en el Clive Davis Institute of Recorded Music de Nueva York al que asistía Maggie, lo invitaron a Pharrell. Y el tipo, con su olfato para el éxito, apenas escuchó a la joven cantante interpretar una composición propia llamada “Alaska”, se dio cuenta de que había allí un diamante al que sería muy fácil pulir.
La noticia corrió como reguero de pólvora y las grabaciones de Maggie, publicadas en un principio a través de sellos independientes, se volvieron virales cuando se la empezó a conocer como “la protegida de Pharrell”. Ahora , ella recorre programas de televisión y se ha ganado un lugar en la grilla del festival Lollapalooza en Chicago. Mientras tanto, escucha ofertas de las grandes compañías discográficas, con la mira puesta en grabar un álbum descollante. Otro gol de Pharrell Williams que, en el negocio de la música, ya es una marca registrada.



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