La ciencia quiere rock

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Cada vez quedan menos espacios en la vida del planeta que no hayan sido invadidos por la cultura rockera. En algo más de sesenta años de existencia, ese simple género musical consiguió sobrepasar todos los límites que se le fueron oponiendo, hasta trastocar el orden de las cosas: en la pirámide de poder que en un principio lo ubicaba como un componente de su base, desde hace años ocupa el vértice superior. Y la resistencia que debió vencer en sus orígenes no hizo sino fortalecerlo hasta transformarlo en una dinámica invencible, que tan pronto pudo se aferró a un timón del que ya nadie pudo relevarla.
Lo primero que hizo fue atravesar los poros de los otros estilos para influenciarlos y, a la vez, nutrirse de ellos y apropiarse de todo lo que pudiera servirle de alimento. Como el rock era la nueva gran cosa que se venía, de a poco el resto de los géneros fueron cediendo terreno y copiando modos y tendencias, para adaptarse a una mutación que cada vez se volvía más opresiva. En la actualidad, quedan muy pocas expresiones sonoras que hayan podido sostener su pureza. Desde la música culta hasta los más diversos folklores, están impregnados por aquella chispa que encendió alguna vez Elvis Presley.
El arte en general se vio alterado en su esencia por este fenómeno que se presentaba como estímulo auditivo y que por esa vía se expandía hacia expresiones visuales, escritas, escénicas y de cualquier otra índole. El arte pop de los sesenta y el reciente premio Nobel de Literatura para Bob Dylan son algunas de las muestras más evidentes de que esa explosión rockera no podía circunscribirse en una manifestación específica, porque tenía una vocación totalizadora que la impulsaba a un expansionismo sin límites, y que muy pronto abarcó la paleta artística en su conjunto.
Pasó el tiempo y esa influencia que ejercía el rocanrol se trasladó a la política, con erupciones como el Mayo Francés y los movimientos pacifistas, y a la economía, con la elevación de la industria del entretenimiento a una categoría suprema. El turismo, la religión, la legislación, la moral y hasta la filosofía fueron atravesados por esta corriente nacida con el rocanrol, que al finalizar el siglo veinte ya había construido su propio imperio, sobre los cimientos de ese sistema al que supuestamente debía combatir. La estrategia cambiaba: ya no se trataba de oponerse al poder… sino de consolidarlo.
Una vez constatado este estado de situación, se podría suponer que ya no hay de qué asombrarse. Que la humanidad respira rock y que no quedan actividades en las que se lo rechace. Sin embargo, llegan noticias insólitas que exponen cómo el proceso de rockerización continúa, hasta llegar a las regiones menos esperadas del conocimiento. La semana pasada, un grupo de biólogos de la universidad de Oxford descubrió una nueva especie de camarón, que genera un ruido capaz de matar a los peces pequeños. Como predomina en ellos el color rosado, los camarones fueron denominados “synalpheus pinkfloydi”, en homenaje al grupo inglés Pink Floyd.
Los científicos eran estudiantes de la secundaria cuando Pink Floyd publicó el disco “The Wall”, que les voló la cabeza a los futuros descubridores del “synalpheus pinkfloydi”. Eso explica por qué llamaron de esa manera al camarón, en una decisión que no se acota al insondable mundo de la biología. Un pez al que se nombra en homenaje a Pink Floyd conforma el súmmum de la evolución rockera, surgida de una espontánea mancomunión de músicas negras y blancas, que ahora se aferra al trono universal con la misma vehemencia con que antes quería volarlo en pedazos.



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