La resistencia suburbana

La segunda temporada de la serie “The Get Down”, de Netflix, aborda la coyuntura musical estadounidense de 1978, en la que la música disco empieza a redituar fortunas y, precisamente por eso, deja de representar los intereses de la población negra que la había apuntalado en su surgimiento.

Por J.C. Maraddón
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Hacia 1978, el caldo de cultivo de la música afroamericana se encontraba en plena efervescencia a partir del éxito masivo de la música disco, un género que había puesto el acento en estilos bailables como el funky y el boogie, matizados con la omnipresente herencia del soul. Para ese entonces, la trascendencia de la disco music había derribado los prejuicios y, al igual que había ocurrido con el rocanrol en los años cincuenta, la nueva tendencia danzante fue adoptada como propia por la población blanca, despojándola del componente más sensual y provocativo que había tenido desde sus orígenes.
En diciembre de 1977 se había estrenado una película emblemática, “Saturday Nigh Fever”, que fue la encargada de poner en imágenes los detalles de esa nueva cultura que transformaba a la discoteca en el templo de la diversión. Con John Travolta como protagonista y los Bee Gees como locomotora de la banda de sonido, el filme consumaba esa apropiación definitiva por parte de los blancos de un invento al que habían patentado intérpretes y compositores de música negra. Podría decirse que ese largometraje marca, a la vez, el punto más alto de este fenómeno y el inicio de su proceso de declinación.
Entre la música que se hacía escuchar en “Saturday Nigh Fever” no faltaban representantes genuinos de la disco music como Kool & The Gang, Tavares o The Trammps, cuya raigambre afroamericana es innegable. Pero los temas clásicos que todos identifican con la película hasta el día de hoy pertenecen a los Bee Gees, ese trío conformado por los rubios hermanos Gibb que, hasta pocos años antes, practicaban un pop rock edulcorado con influencia beatle y que, desde mediados de los setenta, empezaron a incursionar en ritmos bailables hasta erigirse como los abanderados de un estilo del que, en realidad, eran deudores.
Tal como ha ocurrido con otras modas, en el preciso momento en que los jóvenes blancos se entregaban con desenfreno al bailongo y, a través de los Bee Gees, hacían su ingreso al ghetto de la disco music, en los suburbios negros de Nueva York se cocinaba otro guiso musical que pondría el panorama patas para arriba. En el Bronx se gestaba la cultura del hip hop, una tendencia que sostiene su vigencia hasta la actualidad y que sería mucho más difícil de asimilar por parte de los blancos, a pesar de que en los últimos 40 años no han faltado los intentos en ese sentido.
La segunda temporada de la serie “The Get Down”, de Netflix, aborda precisamente esa coyuntura, en la que la música disco empieza a redituar fortunas y, precisamente por eso, deja de representar los intereses de la población negra que la había apuntalado en su surgimiento. Mientras las discográficas se arrojaban como vampiros sobre la yugular de ese género, la serie muestra cómo los raperos se aprestaban a ocupar ese espacio vacío, como adalides de un colectivo de personas que vivían condenados a la discriminación y la marginalidad, para en muchos casos terminar cayendo en el abismo del narcotráfico.
Al igual que ocurría en los episodios de la primera temporada, “The Get Down” funciona muy bien en dos niveles: por una parte, resulta un producto extraordinario como entretenimiento, con recursos visuales acordes a la estética sobre la que se plantea indagar; pero, además, cumple una función didáctica muy apropiada, al explicar (a veces, quizá, de manera simplista), los roles que jugaron cada uno de los actores de esa fenomenal movida en la que la base musical no era proporcionada por instrumentos convencionales. Y tanto las letras como el modo de cantarlas, surgían de la improvisación y no de la tradicional inspiración poética.



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