Profetas del odio

Uno podría tomar en broma a estos profetas del odio. De hecho es lo que ha sucedido en las RRSS. Pero resulta interesante observar que al crecer su conciencia acerca de las dificultades que encontrarán para su improbable retorno al poder, crece la voluntad y el deseo de generar situaciones caóticas, con movilizaciones, refriegas y eventualmente sangre.

Por Gonzalo Neidal
gonzalo.neidal@gmail.com

El fin de semana largo circularon por las redes sociales dos tuits que dieron que hablar. Uno, del periodista y sedicente intelectual Hernán Brienza, que vivió sus horas de mayor gloria mediática durante el gobierno de Cristina Kirchner. El otro es de Gabriela Cerruti, de quien podría decirse casi lo mismo. Ambos pronunciamientos anuncian la inminente llegada de enfrentamientos civiles, un modo pudoroso de pronosticar episodios violentos (¿una guerra?) entre quienes defienden al gobierno y quienes lo atacan o cuestionan.
Más que profecías, los dichos de Cerruti y Bienza parecen deseos. Se entiende: ellos, al igual que todo el kirchnerismo, se fueron del poder por un momento, seguros de que pronto retornarían pues Macri no podría desactivar, pensaban, la compleja situación económica y social que le habían heredado.
Pasaron los meses y esa idea se ha ido diluyendo pese a que el gobierno actual no ha logrado aún domeñar la inflación ni ha podido tampoco exhibir éxitos rutilantes en materia económica. En el microclima que los K respiran, ven sublevaciones populares, situaciones pre revolucionarias, gestas heroicas y otros espejismos conforme a los cuales elaboran pronósticos tremendistas que suenan más bien a amenazas.
Uno podría tomar en broma a estos profetas del odio. De hecho es lo que ha sucedido en las RRSS. Pero resulta interesante observar que al crecer su conciencia acerca de las dificultades que encontrarán para su improbable retorno al poder, crece la voluntad y el deseo de generar situaciones caóticas, con movilizaciones, refriegas y eventualmente sangre, propicias para el gobierno renuncie antes de cumplir su mandato.
Sueñan con el 2001. Y la razón es bien simple: se van dando cuenta de que la única vía probable de retorno será la creación de un clima de caos institucional, que derive en una situación irregular que pueda salir disparada para cualquier lado. Como en 2001.
Esta interpretación deviene de la omnipotencia del pensamiento populista, de su naturaleza redentora. Piensan que ellos y sólo ellos cuentan con la verdad de una política para beneficiar al pueblo. Pero esta democracia formal y burguesa logra que algunos políticos sin escrúpulos logran engañar a una parte del pueblo para llegar al poder, desde donde ejecutan políticas contrarias al interés popular. En tal sentido –piensan- esta democracia pierde sentido, es una farsa. Y por lo tanto no merece ser defendida ni conservada. Esto ya lo dijo Hebe de Bonafini: “basta de portarnos bien”.
Se trata de un razonamiento similar al de la guerrilla de los setenta. Los jóvenes idealistas que aspiraban a salvar a los pobres. Salvarlos incluso de la influencia del propio Perón, al que provocaron y desafiaron.
Ya no hay margen para los violentos. Una inmensa mayoría sabe que el camino es la democracia, con todos sus defectos e imperfecciones. Los vendedores de humo revolucionario van siendo, cada vez más, una minoría petardista y ridícula.
La democracia y el voto, todos lo sabemos, es el único camino que asegura y concede valor a la voluntad popular. Todo lo demás es charlatanería populista con pretensión redentora, que siempre lleva a escenarios de violencia y sangre.



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