Elogio de la grieta

Fue Jorge Lanata el que le puso el nombre de “grieta” a la exacerbación de los ánimos de los que piensan distinto en materia política, fenómeno que comenzó a hacerse evidente durante el gobierno de Cristina Kirchner.

Por Daniel V. González

grietaFue Jorge Lanata el que le puso el nombre de “grieta” a la exacerbación de los ánimos de los que piensan distinto en materia política, fenómeno que comenzó a hacerse evidente durante el gobierno de Cristina Kirchner. Fue en una entrega de los Premios Martín Fierro, hace ya varios años.
“Grieta” parece una denominación apropiada para mentar las diferencias de opinión, que parecen insalvables e irreductibles, entre los que están de uno y del otro lado. Se atribuía tanta distancia a los tonos subidos e incluso agresivos de quien ejercía el poder en esos años. Esas diferencias, se especulaba, son las principales vallas que existen para que los argentinos puedan enderezarse hacia un destino de grandeza nacional y prosperidad para sus habitantes, hacia una elevación de su calidad de vida, con todo lo que ello implica: bienestar económico, salud, educación, calidad institucional, libertades individuales, trabajo para todos quienes estén dispuestos.
Muchos hablan de salvar la grieta, de cerrarla, de hacerla desaparecer para que todos unidos podamos construir un país como creemos merecer. Es ya un lugar común. ¡Quién podría negarse a zanjar una grieta que nos divide! ¡Quién podría oponerse a la unión de todos los argentinos!
Pero sucede que nuestras diferencias no son un capricho. Aunque exacerbada hasta límites grotescos, la llamada “grieta” refleja una distancia real existente entre dos conceptos de país que tiene divididos a los argentinos en dos mitades contrapuestas.
Sí, contrapuestas. Porque los proyectos, tal como están planteados, son excluyentes.
En tal sentido, no pueden promediarse. O como demagógicamente pretenden algunos “tomar los elementos positivos de uno y otro”, fórmula de compromiso que nada define ni va al fondo de las cuestiones que se plantean.
Tal como hoy se presentan las cosas, no existe la posibilidad de un camino que pueda ahorrarnos afrontar los grandes temas que se encuentran en discusión y sin cuya resolución, seguiremos chapoteando en la charca de la indefinición. En tal sentido, la denominada “avenida del medio” se nos aparece como una fórmula oportunista, presuntamente moderada que pretende evitar “los extremos” y flotar sobre la grieta. Esta no es más que una propuesta elusiva que esquiva pronunciamientos que hoy resultan imprescindibles.
La grieta tiene fundamentos sólidos.
Se sostiene en la existencia de dos proyectos de país que no pueden coexistir siquiera como posibilidad.
Deberá prevalecer, necesariamente, uno u otro. Uno sobre el otro.
Deberá quedar claro que los argentinos optamos por una de las opciones que se nos presenta, o por la otra.
Puede pensarse que a través del diálogo y la negociación lograremos que todos nos pongamos de acuerdo, que cada uno ceda una parte y que se logre una suerte de conciliación o transacción como resultado de que todos cedieron un poco. Y efectivamente esta puede ser una vía para algunos temas pero no para las cuestiones fundamentales que definen a la grieta.
Porque para discutir, es preciso estar de acuerdo.
¿Cómo puede pretenderse que no haya una grieta entre los que luchan por la vigencia de todas las instituciones de la república y los que buscan concentrar el poder en el ejecutivo, subordinando a la Justicia y al Parlamento?
Es muy difícil que no exista una grieta entre los que exigen penas severas para delitos graves y los que proponen abolir el Código Penal.
No puede sino haber una grieta entre los que creen que pueden cortar calles y rutas todos los días, creando un infierno cotidiano, y quienes intentan trabajar.
Siempre habrá una grieta entre los que tienen su modelo en Cuba o Venezuela y los que sueñan con un país próspero y democrático.
¿Cómo horrorizarse de que exista una grieta entre quienes piensan que la prosperidad viene de la mano de la economía de mercado y no de un estado que asfixia y persigue a los que producen?
¿Cómo no va a existir una grieta entre los que quieren eliminar la corrupción de raíz y los que la protagonizan y encubren?
De tal manera, es inevitable que exista una distancia insalvable entre unos y otros. Eso no quiere decir que ella deba dirimirse en forma violenta. Pero está claro que debe resolverse para que el país pueda avanzar.
Para eso están las urnas, los comicios, el parlamento, las leyes, la Justicia.
Siempre habrá diferencias entre los que piensan de modo distinto. Pero en nuestro caso la distancia se refiere a temas centrales sin cuya resolución, el país nunca terminará de arrancar.
Nuestra grieta es también una brecha entre la realidad y la fantasía.
Entre lo que verdaderamente somos y lo que creemos ser.
Entre nuestras posibilidades reales y nuestras alocadas pretensiones.
Una brecha entre la verdad y la mentira.
Y esa brecha es insalvable mediante negociación alguna.
Si no prevalecen las ideas de la democracia, la república, la libertad, la justicia independiente, el combate a la corrupción, la economía de mercado, jamás podremos llegar a una Argentina con educación de excelencia, trabajo y prosperidad para todos.
En definitiva, sólo un proyecto triunfante nos permitirá salvar la grieta. Un proyecto que materialice en realizaciones indiscutibles, que sean aceptadas por una ancha mayoría y que cree un nuevo escenario donde, aunque tengamos diferencias en el pensar, ellas no puedan ser definidas con la ominosa palabra “grieta”.



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