Llamando a la grieta

Hace mucho hubo un señor (malo, muy malo) que se llamaba Joseph Goebbels. Entre las cosas que aprendimos de él podemos encontrar sus once principios de propaganda política.

Por Javier Boher

grietaSea sincero, amigo lector: usted también está cansado de la intensidad del debate político predominante. La grieta nos ha llevado a ese punto. Esto no nos pasaba ni siquiera hablando de Talleres y Belgrano. Ni entre peronistas y radicales. Ni discutiendo si matambre de vaca o de cerdo. La grieta nos ha alcanzado a todos. ¿Usted de qué lado se encuentra? Hasta donde yo sé, hay dos bandos. Los que creen que la grieta se puede superar y los que no. Ojo, que ese segundo grupo no es todo lo mismo. Adentro podemos encontrar a los muchachos y muchachas empoderadas que le juran lealtad absoluta a la emperatriz del Calafate, aunque de su gobierno no les haya quedado ni un sticker de Zamba o una remera de Tecnópolis. También están los muchachos que festejan cuando ven a la Gendarmería repartiendo palos mientras tienen sueños húmedos con la Argentina blanca preperonista. Y otro grupo, minoritario, es el que no celebra la grieta pero cree que no se puede cerrar porque es una ne-ce-si-dad política para un gobierno en minoría. Asi es: en ese último grupo estamos los que vemos que la buena salud de la grieta se debe a que el mismo gobierno la incentiva.
No se confunda amigo lector, esto no es una crítica. Después de hacer tanto kirchnerismo culposo, finalmente el CEOísmo filoperonista retomó el primer capítulo del manual de gobierno populista y se dio cuenta de que gobernar posta posta es muy distinto a ser oposición desde el gobierno municipal más paquete del país. Ya no sirve hablar de unir. Si bien es cierto que todavía se habla de superar la división, se lo hace reforzando los valores y posturas que los pusieron a dar órdenes. Tiene bastante lógica: ¿para qué tratar de quedar bien con la suegra si lo tuyo es con la hija?
Hace mucho hubo un señor (malo, muy malo) que se llamaba Joseph Goebbels. Entre las cosas que aprendimos de él podemos encontrar sus once principios de propaganda política. Tranquilo amigo lector, que sólo nos vamos a quedar con uno (como haríamos con el once de la selección). Ese principio es el de la simplificación. Hay que reducir todo a lo mínimo posible: un único nosotros contra un único ellos. Hay que reconocer que la aplicación de dicho principio nos ha dado algunas de las mejores cosas de este enfrentamiento estéril entre el kirchnerismo y Cambiemos. Nadie puede tener tan poco sentido del humor como para tomarse como una ofensa lo de Macri gato. Convengamos que es bastante más tierno que hablar del peludo -como le tocó a Yrigoyen- o de la morsa -como apodaron a Onganía-. No es tan elegante como que te digan zorro, como a Roca, pero ciertamente cualquier cosa va a ser mejor que la tortuga, que acosó al pobre Illia. En el fondo, los que lo tratan de gato piensan que es un gorila, así que tampoco es para tanto.
La contraofensiva cambiemita tuvo un inesperado comandante en Alfredo Casero, comediante. Habló de defender al presidente y a la democracia a los tiros como si fuese un Luis D´Elía amarillo, para después hablar de “la Porota”. El antikirchnerismo encontró un vocablo inofensivo pero corrosivo, menos violento que el tradicional “yegua” que la acompañó durante tanto tiempo pero con más llegada al anti k más pacato. Porota puede ser cualquiera, y quizás eso sea lo que más le duele a Cris.
En esta guerra de lado a lado de la grieta, que “Miauri” hablara de que la gente fue a la marcha del 1 de abril sin choripán y sin colectivo fue un elemento esencial en el enfrentamiento. A mí no me sacás de mi casa si el programa no incluye entrada, postre y café, pero al votante de Cambiemos lo llenó de orgullo que el presidente le reconociera tremendo acto de desinterés, ir a una movilización donde no había nada para comer. Del otro lado, miles de ofendidos reaccionaron como si en realidad hubiese habido choripán completo con doble chimi, coca y cono de papas y no los hubiesen invitado. He leído justificativos de todo tipo, pero ninguno más exagerado como que la gente va a comer choripán a los actos porque se muere de hambre. Claramente, ese es un argumento para el que se come la grieta.

Fisuras y goteras
El paro del jueves desnudó otras fisuras (afortunadamente no desnudó a los gremialistas gordos y nos salvó de ver ESAS grietas…). Lo que pasó fue que en medio del lío que hay para la sucesión en el PJ, el trotskismo les complicó la movida a los muchachos. Sí, esos que entran en una combi Volkswagen le tomaron la calle a la segunda rama peronista. Como el gobierno todavía está en modo “Gradualismo ON”, no sabía qué hacer con el paro: reprimir o no, permitir los cortes o no, liberar un carril o no. Lo que pasó fue que -en uno de los cortes- el trotskismo se peleó con la Gendarmería (fue una escaramuza menor, como cuando roncás y tu mujer te patea para que te des vuelta en la cama) y ya volvió a aflorar la grieta. Aquellos que insisten con que vivimos en una dictadura salieron rápidamente a hablar de la salvaje represión del gobierno neoliberal, genocida, cipayo, vendepatria, etcétera, etcétera. Aquellos que piensan que las elecciones de 2015 nos sacaron de una dictadura festejaron que el paro trajo palos, como si la república se construyera a castañazos.
Entre tantas acusaciones, unos y otros se mantienen en sus posiciones innegociables. Lo que se ha mostrado innegociable, al final, es la existencia de la grieta. Esa necesidad política lleva a que ambos bandos se definan como lo que no es el otro, como si en vez de pedir helado de agua pidiera helado de no crema. No importa el gusto, mientras no sea de crema. El gobierno, al final, terminó apostando por lo que lo llevó a ese lugar. No importa qué se diga mientras se afirme que es para todos. No importa qué se diga de la minoría, mientras se consiga el apoyo de la mayoría. No importa que se declame contra la grieta, mientras esta ayude a ganar elecciones. Vaya acostumbrándose amigo lector, porque la grieta es como el teléfono de una ex novia: no importa cuánto lo evites, en algún momento te va a terminar haciendo falta.



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