Acuerdo con Nación pacificó a Schiaretti

Del Ministro de Economía obtuvo promesas por 700 millones de pesos en tanto que, en el panel del “mini Davos”, se despachó con una de sus muletillas preferidas: “los gobernadores del peronismo van a garantizar la gobernabilidad”.

Por Pablo Esteban Dávila

schiaretti-minidavosLa semana de Juan Schiaretti se clausuró con estilo. El viernes pasado, el gobernador tuvo una agenda particularmente intensa en la Capital Federal. A la mañana participó –junto a María Eugenia Vidal, Federico Pinedo, Rogelio Frigerio y el gobernador de Río Negro– del foro conocido como “mini Davos”, para posteriormente reunirse los ministros Luis Caputo y Nicolás Dujovne; en horas de la tarde lo hizo, finalmente, con el jefe de gabinete Marcos Peña.
En cada uno de estos eventos sacó ventajas, tanto de lo económico como de lo político. Del Ministro de Economía obtuvo promesas por 700 millones de pesos en tanto que, en el panel del “mini Davos”, se despachó con una de sus muletillas preferidas: “los gobernadores del peronismo van a garantizar la gobernabilidad”. Del encuentro con Peña no trascendió gran cosa pero, de seguro, hubo un intento de apaciguamiento de parte del jefe de gabinete. Nadie en la Casa Rosada quiere ver molesto a Schiaretti.
Este “superviernes” fue el colofón de días especialmente intensos. Todo comenzó el lunes pasado, exactamente una semana atrás, cuando le tocó en turno hablar frente al pleno de la Fundación Mediterránea en uno de sus tradicionales almuerzos. Allí se despachó, por primera vez y a viva voz, durante una hora y pico en contra del gobierno nacional. No es frecuente que el gobernador hable tanto y con el ceño tan fruncido, especialmente frente a este tipo de auditorios.
Por supuesto que sabía lo que estaba haciendo. Entre los integrantes de la Fundación los que apoyan al presidente son mayoría absoluta, así como los que descuentan que la Provincia y la Nación siempre se pondrán de acuerdo. Precisamente por ello las interrupciones por aplausos fueron apenas tres, simplemente porque nadie sabía qué hacer frente a esta desacostumbrada filípica. Previsiblemente, el mensaje llegó a Buenos Aires en lo que canta un gallo. El ministro Dojovne, el principal destinatario de la rabieta schiarettista, llamó de inmediato para calmar las aguas e invitarlo a su despacho.
Tampoco dejó pasar mucho tiempo para recordar que la responsabilidad de la pobreza es una cuestión del gobierno nacional y que nada podría endilgársele a su administración por los índices del 40% relevados por la Encuesta Nacional de Hogares del INDEC. Lo hizo después que desde Cambiemos se sugiriese que Unión por Córdoba era la verdadera responsable de la situación.
Este raid tuvo múltiples lecturas. Una de ellas fue la que señaló que el gobernador había decidido, finalmente, diferenciarse de la Casa Rosada para dar paso a la campaña de su probable candidato, José Manuel de la Sota. Es sabido que el exgobernador se muestra más crítico que su sucesor respecto al gobierno de Mauricio Macri y que, hasta cierto punto, le preocupa esta suerte de “cohabitación” entre Provincia y Nación.
Aunque es probable que algo de esto haya pasada por la mente de Schiaretti, sus motivaciones fueron en verdad diferentes. Es cierto que marcó la cancha –y que lo hizo en forma efectiva– pero el destinatario de sus mensajes no fue tanto el presidente sino sus ministros. Tanto el tema de la pobreza como los fondos del IVA que Dujovne detrajo de la coparticipación para devolverlos a los exportadores (algo perfectamente lícito) lo molestó porque no hubo aviso previo. “Así no se trata a un aliado”, bramó entre sus íntimos. Decidió, por lo tanto, dar un escarmiento a los que no comprenden el juego.
El gobernador ha dicho siempre que únicamente habla de gestión con el presidente, y que espera que sus ministros ejecuten lo que entre él y Macri hayan acordado. Esto significa que, cuando alguno de los integrantes del gabinete nacional olvide este hecho, deba anoticiarlos de que estas no son las reglas pactadas con su jefe. Aunque jamás se peleará en público con el presidente, nada obsta a que pueda ponerles el punto sobre las íes a sus colaboradores directos cuando le parezca necesario.
Puede que este talante parezca un tanto soberbio, pero es una posición que Schiaretti ha sabido ganarse con una mezcla de astucia y poder. Cuando afirma que los gobernadores peronistas son los que garantizan la gobernabilidad no exagera un ápice. Funge, en los hechos, como un primus inter pares de buena parte de ellos, que siguen atentamente sus evoluciones. Pretende que esta coalición de facto obre como una suerte de quinto poder, listo para actuar como bomberos de cualquier situación que se salga de cauce en el país.
Esta posición garantista se agiganta cuando se percata que el presidente ha dejado de tenerlas todas consigo en la provincia de Córdoba. A diferencia de lo que ocurre con el propio gobernador, la imagen de Macri muestra signos de deterioro en un territorio clave para su gestión, lo que es una señal sobre que no conviene exagerar la buena sintonía con la Nación, especialmente cuando la serie de errores no forzados cometidos desde el gobierno amenazan con dejar pegados a los que simplemente se mueven por buenas intenciones.
La insistencia sobre la gobernabilidad tiene también destinatarios precisos dentro de la provincia. Los integrantes del macrismo cordobés están ansiosos por plantar una batalla épica contra Unión por Córdoba y sumar, de tal suerte, un diputado más de los que poseen actualmente. Pero para Schiaretti esta pretensión es de amateurs y, en última instancia, perjudica más que beneficia al presidente. La tesis es muy simple: antes de someterse a una batalla larga y desgastante en el distrito que no será en absoluto determinante, a Macri le conviene adherir a la campaña de “baja intensidad” pronosticada (no sin cierta picardía) desde el Panal. Sólo así podrá contar con un respaldo sin fisuras cuando sea necesario, independientemente de uno o dos legisladores de más o de menos. Gobernador peronista mata parlamentarios oficialistas. Siempre.



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