Un buen negocio para el gobierno y para la izquierda

La izquierda fue el otro gran beneficiario de la algarada gremial. Habituada como lo está a ser la adiposidad de las grandes movidas sindicales, aprovechó la ocasión para cortar puentes y avenidas y hacer actos con la consabida lista de quejas anticapitalistas.

Por Pablo Esteban Dávila

paroMás allá del nivel de acatamiento que dejó el paro de ayer (es difícil que falle cuando no hay transporte), cuesta entender qué es lo que ganó la CGT.
Las consignas de la medida de fuerza fueron difusas pero, concédase, coincidieron en mostrar un rechazo a las políticas del gobierno nacional. No obstante, la pedagogía cegetista para explicarlas fue, cuando menos, insuficiente. La realidad económica del país no difiere mucho, en cuanto al nivel de actividad o el desempleo, con los dos últimos años del kirchnerismo.
Tampoco se comprende qué cosa es lo que tanto molesta al sindicalismo, si lo es el fin del cepo, el retorno al mercado de capitales o una mayor fluidez del comercio exterior. Son todas decisiones que hubiera tomado Daniel Scioli de haber llegado a la presidencia, dado que el país estaba al borde de colapsar de haberse continuado en las porfías macroeconómicas de Axel Kicillof. Además, y bien lo dijo el presidente, la gente que lo votó lo hizo para que terminara con aquellos desaguisados, no para perfeccionarlos. Desde este punto de vista, la CGT parece querer desoír el mandato popular establecido a finales de 2015.
Tampoco parece que todos sus caciques estuvieran convencidos de lo que hicieron. En rigor, el gobierno de Cambiemos los ha tratado mucho mejor de lo que lo hizo el kirchnerismo. No sólo se han reunido tantas veces quisieron con funcionarios de primera línea –una posibilidad que antes les estaba vedada– sino que también han recibido mucho dinero del Estado nacional en los últimos meses. Baste recordar los $ 2704 millones en efectivo que el propio Macri les entregó en agosto del año pasado –destinados a cancelar deudas con las obras sociales por tratamientos de alta complejidad ya realizados–para comprender cabalmente que esta versión no peronista de la Casa Rosada está lejos de comportarse como un enemigo mortal.
Muchos de los afiliados a sus sindicatos puede que, consultados en forma anónima, hubieran mostrado reparos a la medida de fuerza ejecutada ayer. Razonan que el horno no está para bollos, al menos desde la perspectiva de la recuperación económica. Aunque es un hecho que, por primera vez en cuatro años, el PBI crecerá, lo cierto es que se espera que lo haga en forma tenue y con velocidades diferentes, conforme sea la rama de actividad que se analice. A ningún trabajador del sector privado le interesa que un escenario de alta conflictividad sindical termine por apagar la humilde lumbre de la reactivación que asoma en el horizonte. Sólo con observar lo que ocurre con Sancor produce escalofríos; es un espejo en el que nadie quiere mirarse.
Además, la CGT le hizo ganar mucho rédito a dos enemigos en forma conjunta: al gobierno (un adversario nominal) y a la izquierda (que es el que en realidad le preocupa). Ambos están profundamente agradecidos por la falta de pericia de sus conductores.
Comencemos por el gobierno. El anuncio del paro fue un revulsivo para que los sectores que apoyan al presidente volvieran a exponer sus posiciones en forma militante. Las consignas en contra del paro que circularon rabiosamente por las redes sociales así lo atestiguan. La mayoría de los que allí se expresan pagan impuestos altos y reciben muy poco de parte del Estado. Están cansados de tener que trabajar todo el tiempo y de que muchos de los que reciben lo que ellos ponen les hagan la vida imposible. Engloban en este conglomerado a los dirigentes sindicales en general, a los piqueteros, a los que viven de planes sociales, a los kirchneristas o a los docentes del estilo Baradel. Es un cansancio que se explica fácilmente y que se canaliza en un claro apoyo hacia Macri cada vez que estos factores tienden a acorralarlo, no tanto porque adoren al presidente sino porque al fin cuentan con un gobernante que piensa exactamente como ellos, aunque no pueda exteriorizarlo todo el tiempo por una cuestión de prudencia.
El paro también permitió que la ministra Bullrich pudiera lucirse. Al desalojar con la gendarmería a los piqueteros que intentaban cortar la autopista de ingreso a la Capital Federal pudo cumplir con el compromiso asumido por el presidente de que quienes quisieran trabajar podrían hacerlo. No importa que otras decenas de accesos terminaran cortados definitivamente; las imágenes de las fuerzas de seguridad actuando para despejar la Panamericana fueron suficientemente atractivas como para satisfacer a la opinión pública que reclama mayor dureza al gobierno y sus funcionarios.
La izquierda fue el otro gran beneficiario de la algarada gremial. Habituada como lo está a ser la adiposidad de las grandes movidas sindicales, aprovechó la ocasión para cortar puentes y avenidas y hacer actos con la consabida lista de quejas anticapitalistas. La CGT, al no movilizarse, dejó la calle servida en bandeja para que estos grupos, de por sí minúsculos y con poca importancia electoral, se pasearan a sus anchas por el espacio público de las grandes ciudades argentinas.
Algunas de sus franquicias protagonizaron, inclusive, situaciones paradójicas. La legisladora Laura Vilches, del PST, encabezó una columna que protestó frente a la planta de Volkswagen en la ciudad de Córdoba. El motivo: denunciar despidos y acusar al SMATA (uno de los gremios oficiales que promovieron el paro) de complicidad con la patronal. La anomalía es casi risible. Volkswagen es una de las grandes empleadoras de la ciudad y sus productos se exportan a todo el mundo. Es un hecho que no hay ajustes en esa industria pero, no hay remedio, así razona la izquierda. Para esta gente, los capitalistas y los dirigentes de la CGT están unidos por la codicia y la explotación, de modo tal que aprovechan, sin sonrojarse, las protestas que organiza la “burocracia sindical” que tanto detestan para hacerse su agosto. Los del SMATA no deben estar muy felices con esta extravagancia.
Es una pena que una dirigencia sindical que, ya lo hemos dicho en otras ocasiones, cree en la empresa y en el trabajo privado, no tenga otra válvula de escape a sus tensiones internas que llevar adelante una protesta de significado confuso. Un paro como el de ayer no aporta gran cosa a sus intereses, con el agravante que termina ayudando al gobierno que dice combatir y a la izquierda que desea socavarle, de forma tan constante como previsible, sus bases de representación. Con estas certezas a la vista, sus dotes de negociadores infalibles parecen hoy una leyenda antes que una realidad; ayer, el negocio lo hicieron los otros.