El hombre que forjaba revoluciones

La vida y la muerte de Simón Luengo (1825-1872) estuvieron signadas por una compulsión revolucionaria, ya que fue cabecilla de al menos cinco movimientos insurreccionales.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

La figura espigada y elegante del revolucionario Simón Luengo.

La profesión de Simón Luengo fue la de derrocar a gobernadores y caudillos que a su juicio traicionaron la causa federal. Era quintero, era padre de familia, pero sobre todo un hombre que no concebía el transcurso de los hechos sin un constante recurso a la insurrección armada. Los desvíos de los líderes políticos le producían la irrefrenable necesidad de enmendar la historia por vía de la sublevación y la revolución. Su silueta atravesó una época de luchas fratricidas, siempre enarbolando la bandera intransigente del federalismo, sin participar en la política de otro modo que por vía de la fuerza. A Simón Luengo no le interesaron nunca las sutilezas de la negociación, y prefirió siempre, en cambio, la imposición de la razón por las armas.
Su bautismo revolucionario tuvo lugar en 1860, a los 34 años, aun sin un papel protagónico, en la insurrección de los “rusos” federales destinada a derrocar al gobernador Mariano Fragueiro, caracterizado como un liberal tibio. El movimiento llevó a cabo el secuestro del gobernador en el norte de Córdoba pero en suma el intento fue abortado, aunque la continuidad de Fragueiro en el cargo quedó sin sustento.
Una vez puesto en esa huella como modelo de intervención en los conflictos de su tiempo, Simón Luengo ya no dudaría en intervenir para cuidar o atacar la democracia, según se mire, mediante la acción directa. En 1863, replegado el federalismo en el país, gobernaba en Córdoba el liberal autonomista Justiniano Posse. La proximidad de las montoneras riojanas del Chacho Peñaloza puso en jaque al gobernador y, por su parte, Simón Luengo amotinó a los presos federales, a quienes armó para comenzar una revuelta que expulsó a Posse del poder. Sin embargo, la cruenta reacción militar de Buenos Aires logró reprimir la insurrección y tanto Luengo como Peñaloza debieron huir para salvar sus vidas. El gobierno de Justiniano Posse no logró recomponerse. El ex gobernador sería asesinado en otra revuelta, en 1865.
En julio de 1866, Simón Luengo volvió a protagonizar una revolución en Córdoba, esta vez contra el gobernador Roque Ferreyra, a quien desplazó del poder dejando expedito el acceso al cargo del Dr. Mateo Luque. En reconocimiento a su acción, éste nombró a Luengo comandante de armas de la provincia y lo ascendió a Coronel de Guardias Nacionales de Córdoba.
Y en 1867 se ve de nuevo a Luengo sublevarse contra el poder mitrista y a favor de la revolución federal que se había alzado en Cuyo. A consecuencia de su actitud, fue destituido por el gobernador Luque y luego derrotado y encarcelado, situación en la que permaneció hasta 1869.
Indultado por el presidente Sarmiento, Luengo volvió a la actividad y en abril de 1870 se convirtió en partícipe de un hecho que sin duda le ganó el repudio de la historia: el asesinato de su antiguo referente político, el Gral. Urquiza, como integrante de la partida que asaltó el Palacio San José. Tras ese crimen Luengo prosiguió su actividad armada hasta que debió exiliarse en el Brasil, de donde regresó de manera clandestina a las cercanías de la ciudad de Córdoba, en 1872. Luengo se alojó en casa de su amigo Manuel Palacios, dos leguas y media al sur de la ciudad
Su sola presencia ya era sinónimo de revolución, la que se temía estuviese dirigida a derrocar al gobernador Juan Antonio Álvarez. Los diarios, en particular El Eco de Córdoba, le dieron pabilo a esa versión insistentemente, con probable conocimiento de la participación de Luengo. Puesto sobre aviso el gobierno de Córdoba, destaca en junio de 1872 una partida para detenerlo. Sobre ese episodio, es oportuno dejar que hablen las crónicas de la época. Lo que sigue es un parte policial fechado el 27 de junio de aquel año.

“A S.S. el señor ministro de gobierno.
El gobierno conoce por mis avisos que don Simon Luengo se encontraba en este ciudad, sabía también que había venido a preparar una revuelta de acuerdo con don Ricardo López Jordan que debía segundarlo en Entre Ríos, según los antecedentes que había recogido, sabe asi mismo que la policía, avisada de todo, le seguía de cerca sus pasos hasta obtener la seguridad de tomarlo.
Bien pues, anoche a las ocho y media ordené al comandante de serenos Don Gerónimo Rodríguez, se trasladase acompañado de los comisarios Don Medardo Murúa y Don Emilio Peñaloza a una estancia de campo de Manuel Palacios, situada al Sud Este de esta ciudad y a dos leguas de distancia desde donde sabía se encontraba Luengo y le intimó orden de prisión.
Una vez trasladado allí y cerciorado por el dueño de casa que efectivamente estaba, le intimó la orden que llevaba, sin contestar Luengo comenzó a disparar tiros de revolver sobre él y los comisarios que a pesar de eso se limitaban a pedirle se rindiese por repetidas veces haciéndole presente la inutilidad de su resistencia.
En un momento que creyó descuidados a los agentes de policía salió de la pieza en que se encontraba, haciendo dos tiros de revolver sobre ellos poniéndose a pelear en retirada, el comandante de serenos que le seguía disparó los seis tiros de su revolver sin que pudiera herirlo y en momentos en que Luengo disparó dos tiros que le atravesaron sus ropas, sacó aquel su espada y le dio un achaso en la cabeza que le partió el cráneo, cuya herida le causó la muerte.
Aunque es sensibe, señor ministro, que se haya derramado sangre, todo ello ha sido el resultado de la resistencia temeraria de Luengo.
Me permito recomendar a los ajentes de policía que han realizado este hecho que puedo asegurar ha evitado que se comprometa seriamente el orden público y muy especialmente al comandante de serenos que como siempre llena honorablemente sus deberes.
Dios guarde a S. S.
Manuel M. Moreno.”
Esa es, naturalmente, la versión oficial de la muerte de Simón Luengo. Circularon otras versiones, aunque ninguna contradijo el hecho irreparable de que el revolucionario serial fue ultimado aquella noche. Su autopsia se hizo en el hospital San Roque. Y, como señaló el autor Roberto Ferrero, ninguna calle recuerda al gran rebelde cordobés.



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