Grau, el hombre que enseñaba a pensar

Fue un gran jugador, durante muchos años el mejor de la Argentina, y llegó a codearse con los mejores del mundo, en un tiempo en que el mundo era más grande. Roberto Gabriel Grau nació en Buenos Aires hace ciento diecisiete años y fue, entre otras cosas, un gran ajedrecista. También fue periodista, escritor, docente, extraordinario dirigente.

Por Daniel Gentile

El Olimpo del ajedrez argentino tiene dioses y semidioses. Por encima de todos, hay una deidad protectora, un patrono, un precursor.
Roberto Gabriel Grau nació en Buenos Aires hace ciento diecisiete años y fue, entre otras cosas, un gran ajedrecista. También fue periodista, escritor, docente, extraordinario dirigente.
Varias veces campeón argentino, campeón sudamericano, múltiple representante olímpico, asistente de Alexander Alekhine cuando en 1927 el ruso destronó al gran Capablanca.
Fue co-fundador de la FADA (Federación Argentina de Ajedrez) y de la FIDE (Federación Internacional de Ajedrez). Fue el hombre que consiguió para Buenos Aires la sede del Torneo de las Naciones de 1939, histórico evento recordado siempre no sólo por su gran nivel, sino porque su desarrollo coincidió con el estallido de la segunda guerra mundial. Este hecho doloroso permitió que muchos y muy fuertes jugadores extranjeros quedaran anclados en la Argentina. El polaco Miguel Najdorf es el ejemplo paradigmático, pero la confluencia de aquellas circunstancias fortuitas también dejó en estas tierras, en algunos casos para siempre, a Erik Eliskases (que vivió y murió en Córdoba), Karel Sckalika, Sonja Graf, Jiri Pelikan y tantos otros.
Grau fue un gran jugador, durante muchos años el mejor de la Argentina, y llegó a codearse con los mejores del mundo, en un tiempo en que el mundo era más grande.
No en todas las almas humanas es poderosa la presencia del sentimiento patriótico, pero en Grau ese fervor estaba exacerbado. Tal vez ello determinó que sus mejores partidas las jugara cuando en torneos internacionales representaba a nuestro país. Ha declarado que la pequeña bandera nacional instalada en la mesa de juego, como un símbolo de su identidad, multiplicaba su potencia creadora. Era severo como capitán del equipo argentino. Sancionaba con rigor, a veces con expulsión, a integrantes que incurrían en inconductas. El rosarino Juan Rivarola recuerda que en una Olimpíada él enfrentaba al austríaco Kmoch. Grau, que jugaba su propia partida y se paseaba controlando celosamente las de sus compañeros, le advirtió que su posición era inferior y lo conminó a nivelarla. Nunca sabremos si fue gracias a la fuerza de la “orden” de Grau, pero el hecho es que Rivarola logró sacar unas tablas.
La mayor contribución de Grau al ajedrez es su famoso Tratado, compuesto por cuatro tomos. Con más de siete décadas de vida, es una obra clásica, lo que equivale a decir que es una obra joven. Traducido a muchísimos idiomas, este libro ha enseñado a jugar al ajedrez a millones de personas en el mundo, pero sobre todo ha enseñado a pensar. Grau está en ese libro, que es un reflejo de su cerebro lógico y potente.
El Tratado de Grau tiene lo que tienen pocos libros de ajedrez: Se puede leer por mero placer literario. Su estilo es bellísimo, fluido, elegante. Su limpidez es de aquellas que nos convencen de que se expresa con claridad solamente quien piensa con claridad. Puede decirse de esta obra gigantesca que está elaborada con encanto que, al decir de Stevenson, es la primera virtud que debe poseer un escritor.
Aquellos que nos hemos asomado al ajedrez hemos sentido el impacto de su enigmática complejidad. El ajedrez es complejo, pero sus laberintos no parecen una invención humana. Esta extraña condición ha hecho fantasear a algunos con la idea de que el ajedrez es anterior al hombre.
De otro modo sintió Grau el misterio del ajedrez. Lo jugó como los mejores, lo estudió, profundizó en sus secretos, escudriñó en sus íntimos recovecos, y finalmente estableció leyes y principios. Sin embargo, con una sonrisa que se adivina detrás de las palabras impresas, el Maestro declaró que el ajedrez es simplemente “un pasatiempo deliciosamente baladí”. Es como si, refiriéndose al arte que le dio sentido a su vida, nos dijera: “No es para tanto.” Nos está dando una lección de filosofía. Nos está diciendo que basta que algo tenga la virtud de alegrarnos la vida para que sea útil e importante.
Inexorablemente remite a Borges, cuando recuerda que si la literatura no es placer no es nada, que sólo sirve cuando es una de las formas de la felicidad.
Salvando algunas distancias, es como si Albert Einstein confesara que la física, al fin de cuentas, es sustancialmente un entretenimiento destinado a hacer más llevadera la existencia de los hombres.



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