Francisco, la política por otros medios

La participación de Francisco en la vida política argentina es intensa. Es probable que esté molesto porque el peronismo (su movimiento de formación y pertenencia) no logró el poder pese a su intensa preferencia y a sus previsibles plegarias en esa dirección.

Por Gonzalo Neidal
gonzalo.neidal@gmail.com

Ayer se cumplieron cuatro años desde que Jorge Bergoglio fue elegido Papa. En ese momento fue una gran sorpresa para la inmensa mayoría de los argentinos, incluidos los políticos más avisados e informados. Ahora, Francisco ya forma parte del panorama política local, más allá de lo que representa en todo el mundo, como máximo dignatario de la Iglesia Católica.
En el reemplazo de Joseph Ratzinger en la cúspide del poder de la Iglesia fue un factor importante la pérdida de influencia y de captación de fieles del catolicismo en relación con el avance de las iglesias evangélicas, sobre todo en las regiones más pobres del planeta y especialmente América Latina.
Benedicto XVI estaba empecinado en que la batalla debía desarrollarse sobre todo en el terreno del dogma y el verbo. Brillante intelectual, pasaba sus días en su biblioteca, volcado al estudio y la profundización de la doctrina cristiana, bastante despreocupado de la acción concreta. Muchos vieron en ese criterio de conducción un factor potencial que llevaría a una creciente pérdida de influencia. Bergoglio fue postulado para corregir ese rumbo. Y, en eso no ha defraudado a quienes lo eligieron.
Bergoglio está actuando como si la religión fuese la continuación de la política por otros medios. O al revés: como si la política fuese un territorio natural para el despliegue de las ideas cristianas. Francisco rectificó enérgicamente el rumbo que había impuesto Benedicto y que, de algún modo, era la continuación razonable de las ideas que signaron el largo reinado de Juan Pablo II (1978/2005).
El tiempo que le tocó vivir a ambos fue el de la extinción de los movimientos insurreccionales y el advenimiento de la democracia en casi toda América Latina, la decadencia y hundimiento de la URSS y Europa del Este y la aparición de un nuevo escenario, con nuevas ideas. Benedicto XVI fue un papa moderado que combatió con argumentos sólidos la Teología de la Liberación y abrazó como ningún otro, una visión donde las libertades individuales y la libertad de mercados tienen un rol decisivo en la construcción de la prosperidad y crecimiento de las naciones. Bergoglio archivó todo eso y dio un giro de 180 grados: se volcó hacia una política de fuertes tonos populistas.
La iglesia siempre ha percibido con claridad y acierto el tiempo social en que se desenvuelve. Lo acompaña con sus ideas, sus cartas encíclicas, sus pronunciamientos y sus tonos. Ha sido siempre así y se trata de un proceso consciente y en defensa propia.Los problemas centrales de cada época siempre han estado bajo una mirada sabia y moderada aunque no por eso menos enérgica e implacable. El cuestionamiento y la severa crítica al socialismo en tiempos de Juan Pablo y Benedicto no tienen fisuras e interpretaban con acierto esos años cruciales para la historia del mundo.
Cabe preguntarse si este giro que ha adoptado Francisco cuenta con la misma cualidad, si Francisco está leyendo correctamente la situación del mundo, sus tendencias, sus ideas, su evolución y la trayectoria que describe en estos años.
Una interpretación posible del feroz desplazamiento de Francisco hacia las ideas populistas podría ser que él haya focalizado su crítica en el “neoliberalismo” en razón de que el socialismo ya está completamente derrotado en todo el planeta. Entonces, podría pensarse, la tradicional crítica hacia el liberalismo y el marxismo, ahora debe ser corregida pues este último ya no configura peligro alguno. Pero los gestos de Francisco parecieran enderezados a revitalizar y recuperar las ideas y conceptos económicos que sucumbieron por su propio peso hacia fines del siglo pasado. Si ya no bajo la bandera socialista, definitivamente desaparecida, al menos en su versión populista.
La participación de Francisco en la vida política argentina es intensa. Es probable que esté molesto porque el peronismo (su movimiento de formación y pertenencia) no logró el poder pese a su intensa preferencia y a sus previsibles plegarias en esa dirección.
Los movimientos amigos de Francisco, las llamadas organizaciones sociales, hostigan cotidianamente al presidente con sus cortes de calles y exigencias permanentes. La Universidad Católica se sumó, publicando confusas cifras de pobreza, a los abundantes paros y movilizaciones que el gobierno de Macri soportó y que, es evidente, tienen una clara intención de desestabilización. Existe incluso una organización de Curas en la Opción Preferencial por los Pobres, una réplica de los Sacerdotes por el Tercer Mundo, que contribuyeron a regar de sangre la Argentina de los años sesenta y setenta.
La evolución de América Latina muestra que sus inclinaciones populistas no están resultando útiles para robustecer la prédica papal. Francisco se ha mostrado tolerante con los peores gobiernos de la región, como el de Cuba y el de Venezuela. Intentó mediar en Venezuela con pésimos resultados ya que su intervención sirvió a Nicolás Maduro para dilatar las soluciones mientras avanza la degradación del país.
Tampoco le ha ido bien con sus posiciones en contra de la globalización, adoptadas en los hechos por gobiernos como el de Donald Trump y bandera central de Marine Le Pen y el Brexit.
Con su formación peronista, Bergoglio ve al populismo como la vía apropiada para luchar contra la pobreza. No parece haber leído a Benedicto ni estar interpretando adecuadamente la historia del último cuarto de siglo.



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