Cultura y política (el caso Echarri)

Hace pocos días el actor Pablo Echarri formuló declaraciones, con tono de denuncia, cuestionando que la empresa Telefé lo haya dejado afuera de un proyecto televisivo para filmar una serie sobre la vida del popular cantante Sandro.

Por Gonzalo Neidal
gonzalo.neidal@gmail.com

echarriHace pocos días el actor Pablo Echarri formuló declaraciones, con tono de denuncia, cuestionando que la empresa Telefé lo haya dejado afuera de un proyecto televisivo para filmar una serie sobre la vida del popular cantante Sandro.
Dijo Echarri que la empresa lo dejó afuera porque él “divide la pantalla”. Esto quiere decir que la empresa valora que hay gente que no miraría la serie en razón de su animosidad hacia el actor, que durante los años del kirchnerismo siempre se mostró muy identificado con el gobierno. Echarri dijo que fue discriminado “por razones políticas”.
¿Esto ha sido realmente así?
Directivos de Telefé dieron otra explicación. Dijeron que Echarri no fue tenido en cuenta en razón de que buscaban un actor más joven y con más bajo perfil que Echarri pues corrían el peligro que el actor se “tragara” al personaje y esto era considerado como inconveniente por la dirección artística del canal.
Pero no importa esta explicación. Tomemos como válida la versión de Echarri y aceptemos como cierto que Telefé considera que Echarri “divide la pantalla”, modo de decir que hay gente que prefiere no mirar sus programas porque siente animosidad política hacia él.
En este caso la medida tomada por Telefé no se debería a razones políticas sino a motivos puramente comerciales. Y es razonable: un canal busca audiencia, busca éxito en sus programas, que la gente se pegue al televisor y se entusiasme con una tira. El éxito del programa es lo que le permite a la empresa facturar más en concepto de publicidad. Todo lo demás, es completamente accesorio.
Ahora bien, si seguimos esta línea de razonamiento y aceptamos como verdaderos los dichos de Echarri, es probable que efectivamente la percepción de Telefé sea cierta, que a Echarri hay gente que prefiere no verlo, no mirar sus actuaciones y que esto se deba al rechazo que él genera debido a su militancia K.
Si esto fuera así, no se entiende cuál es el problema.
Ni con la empresa Telefé ni con los televidentes.
La empresa debe cuidar sus ingresos y si un actor espanta a una parte de la audiencia, no contratarlo es una acción en defensa propia, una decisión puramente comercial.
El caso de los televidentes merece ya otras consideraciones.
Hay mucha gente que no puede discernir entre sus gustos artísticos y sus inclinaciones políticas. Esto significa que si siente rechazo hacia las posiciones políticas de un artista, entonces abomina de toda su producción. Esto forma parte de la libertad individual de cada uno y, en consecuencia, se trata de decisiones inobjetables.
Hay gente que no lee a Mario Vargas Llosa en rechazo de sus posiciones liberales. Y, al revés, hay quienes prescinden de la lectura de Gabriel García Márquez por sus simpatías socialistas y su amistad con el régimen cubano. Estas preferencias suelen extenderse a cuestiones morales, con distinta suerte para los artistas. Hay quienes no gustan de la pintura de Picaso o de Diego Rivera, por el maltrato que ellos dispensaban a sus mujeres. A Woody Allen se le reprochan conductas de abuso hacia menores y de incesto. Es conocido el rechazo de algunos judíos hacia Wagner, compositor preferido de Hitler. Y hay quienes no prefieren a Oscar Wilde por su condición de homosexual y libertino.
No resulta sencillo discernir las emociones que un artista genera en cada uno de nosotros. Dichosos aquellos que pueden hacerlo.
Pero Echarri debería comportarse como un hombre y hacerse cargo de sus decisiones políticas. En los tiempos de Néstor y Cristina, él gozó de los beneficios de la cercanía al poder. Y eso tampoco es reprochable. Ignoramos si lo hizo por puro amor o si logró beneficios materiales a cambio. Eso carece completamente de importancia.
Lo que Echarri debería saber es que sus preferencias políticas generan simpatías y antipatías hacia su persona. Y nadie, ni él ni Telefé, pueden influir sobre las decisiones individuales de los televidentes que se inclinan por no mirar sus programas porque probablemente les haga recordar a la ex presidente, a sus discursos, a los bolsos con dinero tirados por encima de las tapias de los conventos, a la muerte del fiscal Nisman o a cualquier otro episodio vinculado a esos años.
Las decisiones políticas traen consecuencias. Lo supo Federico García Lorca, fusilado por el bando franquista en la Guerra Civil Española, y también Alexsandr Solzhenitsyn, confinado en prisión por el régimen soviético. También Heberto Padilla y Guillermo Cabrera Infante, obligados a exiliarse por no aplaudir al régimen cubano. También Libertad Lamarque, primero y Hugo del Carril, después.
Pero la diferencia es que todos ellos fueron condenados por regímenes políticos y Pablo Echarri es rechazado por una decisión comercial. Porque hay una parte del público que no quiere verlo.
En este caso, no es discriminación política.
Es la dictadura… del rating.



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