Mujeres que sabían defenderse

Dos episodios caracterizados por la reacción femenina frente a la violencia simbólica y física por parte de hombres, son ventilados por diarios de la década de 1880.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

mujeres-femeninaLa bravura de las mujeres populares en la selva diaria de la ciudad es un rasgo que no se ha perdido y que muchas veces aún asoma. Tal vez las mujeres con suficiente confianza en sí mismas no sean la mayoría, pero ayudan a quienes las ven actuar por medio de su ejemplo, respondiendo a los tratos abusivos o luchando por su propia dignidad. Y eso que las mujeres de ahora han revertido en mucho la inequidad de género en lo que hace a la institución de derechos, a la formación, a la ocupación de roles jerárquicos, a la participación ciudadana y, naturalmente, a la reivindicación cotidiana de la conciencia de género. Y, con todo, siguen ahí las clases más explotadas, escalones abajo.
Tomar dos siluetas femeninas populares de cuando concluía el siglo diecinueve, que se plantan como pueden, una frente a la falta de respeto y la otra frente a la autoridad, no será un índice para generalizar, aunque mantiene su interés este par de testimonios. Lo brindan diarios de fin del siglo XIX, referidos a mujeres populares de la Córdoba de los años ‘80.
Alguna vez esta página refirió episodios de enfrentamientos callejeros de mujeres contra mujeres seleccionados de los diarios, en que salía a relucir la fiereza de las cordobesas populares, escenas “de mercado” en que se ventilaban cuestiones personales y familiares, que provocaban la intervención policial y muchas veces acababan en el Buen Pastor. En este caso se trata de la violencia de arriba que genera la violencia de abajo, reflejada en la reacción física de mujeres frente a diversas situaciones de violencia simbólica y física.
El primer texto se encuentra en el Eco de Córdoba de septiembre de 1886 y el relato tiene como protagonista principal a un hombre que se las da de Don Juan. Más adelante, un ser del cual parecía fácil burlarse, que se podía humillar sin reparos, una mujer, se hará cargo de entrar en el relato y lidiar por el papel principal del mismo.
Cabe conjeturar desde dónde escribe el autor de esta noticia suburbana su apunte de costumbres. ¿Se trata de un episodio que él presenció? ¿Por qué conoce tanto de la capacidad parlatoria de su retratado? ¿Quién le ha narrado la primera versión del hecho? En fin, dudas de improbable aclaración.
“El prójimo Antonio Godoy, mas vulgarmente conocido por el apodo de la calandria, es un furioso enamorador de cuanta sirvienta acierta a pasar por dónde él se encuentra.
También es hombre de historia, y cuando tiene la ocasión de juntarse con otros de su comparsa, da rienda suelta a la sin hueso, saliendo de su boca un torrente de palabras difícil de contener y muchas veces hasta de comprender, tal es la precipitación con que habla para no dar lugar a que nadie interrumpa, pues campa de ser el tenorio mas afortunado en el gremio de las fregonas.
Pero ayer se eclipsó su buena estrella y ha sufrido una lección harto severa para su amor propio de hombre afortunado y de mundo, como él dice.
El hecho pasó, más o menos, de esta manera:
Estaba apostado con dos de sus compañeros en la esquina de un café, cuando para su desgracia llega a pasar por allí una sirvienta de regular físico y rollizas formas, que despertó en nuestro enamorado el deseo de dirijirle uno de sus acostumbrados piropos.
Dicho y hecho. Se secreteó con sus compañeros y se lanzó tras la sirvienta hasta que se le pudo poner al lado.
Una vez en ese terreno, compuso la voz lo mas dulce que pudo y le dijo:
-Niña, si vd. que la acompañe.
-Retírese vd. de mi lado.
-Pero niña ¿porqué es tan mala?
-Le digo a vd. que se retire.
-No me retiro, porque desde que la acabo de ver ha despertado vd. en mi un cariño grande, inmen…
-Váyase, o sino sabrá lo que le pasa.
Nuestro individuo se le acercaba cada vez más a la sirvienta y le hablaba con entusiasmo.
Pero aquí es lo bueno.
Se pone una mano en el corazón mientras con la otra accionaba, cuando la sirvienta cansada ya de tanta impertinencia, levanta el brazo derecho y … plim, pafff, un sonoro bofetón se dejó sentir aplicado en el rostro del infeliz galanteador, seguido de la amenaza de tomá y volvé por otro.
Este no hizo otra cosa que tomarse la parte ofendida de la cara y retirarse abochornado.
Sus acompañantes, que parados en la esquina, observaban todo lo que pasaba, recibieron al héroe con ruidosas carcajadas y palmoteos de manos.
Escarmentará Calandria? Si así no lo hace, no es difícil que oiga otra vez el tomá y volvé por otro.”

La otra heroína urbana que asoma, no lo es, a juicio del diario El Progreso; aunque el redactor, que probablemente se vale de un informe policial para reconstruir el hecho, admira su bravura en enero de 1884. El redactor. Lo cierto es que rescata el valor de la protagonista. No sabemos de qué se acusaba a Dominga Gigena, o por qué motivo era prendida por la policía en la actual Obispo Trejo esquina Duarte Quirós, la esquina del Monserrrat. Lo cierto es que ella luchó como un tigre, y no habrá sido una “perejil” ya que extrajo una daga que llevaba en la liga, en mitad de la pelea inicua. Superada por el número, fue a dar por un trimestre al Buen Pastor.
Así lo relata el diario cordobés, poniendo su nombre como título:

“Dominga Gigena
Es por demás sorprendente el valor que esta mujer ha mostrado antenoche al verse atacada en la calle Universidad, esquina San Luis, por un vigilante que trataba de reducirla a prisión.
Amenazada por dicho soldado, se resistió con tanta energía que el atribulado gallo tuvo que pedir auxilio a algunos compañeros que llegando uno tras otro formaron el respetable número de diez entre comisarios y soldados.
No fue bastante hacer formar el ejército en línea de batalla ni mucho menos las amenazas que se dirijían al enemigo, que al parecer le daban más valor que hacerla abandonar su resistencia.
Fue necesario emplear la violencia para conseguir llevarla, y esto a duras penas, pues echando mano a la liga sacó un afilado puñal y trató de luchar.
Tres meses de pisar maíz para locro, en la casa de corrección ha sido el premio acordado a su valor.
Veremos cómo se las compone doña María con esta nueva Parroquiana.”



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