Las razones del atraso

Populismo e Izquierda Nacional. Nota V

Por Daniel V. González

En los setenta, todos los grupos de izquierda veían la revolución a la vuelta de la esquina. Incluso los sectores juveniles de los partidos tradicionales, incluida la UCR.
No teníamos dudas, por ejemplo, de que nuestra condición de país subdesarrollado se debía a factores externos. El imperialismo inglés, primero, y ahora el norteamericano. Argentina, decíamos, se había configurado como un país productor de alimentos porque el Imperio del siglo XIX, Gran Bretaña, le había atribuido ese rol en la división internacional del trabajo: ser la granja del taller inglés.
Su suerte quedó sellada hacia 1880, con la presidencia de Julio Argentino Roca, cuando se insertó en el mercado mundial y nuestra condición de colonia próspera duró hasta que el sistema estalló con la crisis mundial de 1929. Medio siglo de crecimiento. El séptimo país del mundo en desarrollo y producción per cápita.
También decíamos que ese mecanismo de acumulación se fundaba en la “renta diferencial”, la ventaja natural que nos otorgaba poseer las praderas más fértiles del mundo. Y nuestro atraso provenía de la incapacidad de los grandes propietarios terratenientes para acumular pues despilfarraban sus ingresos y reproducían el ciclo agrario a la misma escala que año anterior.
Esta situación, pensábamos, sólo admitía como solución la nacionalización de la pampa húmeda a fines de transformarla en una fábrica de alimentos a escala mundial, superando así la improductividad de la oligarquía nativa, causa fundamental de nuestro atraso. La tradicional “reforma agraria” no era una solución apta en este caso pues el régimen de tenencia que existía estaba distante del esquema tradicional de grandes latifundistas y multitud de arrendatarios que aspiraban a la propiedad de la tierra.
Además, durante los años de Perón y en virtud del congelamiento de arrendamientos rurales, la distribución de la tierra ya se había realizado en alguna medida y se había creado un sistema de pequeños y medianos propietarios agrarios, que complementaba a los latifundios, núcleo central del poder económico y político.
Pensábamos también que el país necesitaba industrializarse pues la pura producción agraria era sinónimo de atraso. La industria era visualizada como la única llave del progreso. Para desarrollar la industria, decíamos, era preciso una política económica nacionalista: protección aduanera, apoyo a la industria mediante créditos y subsidios, altos salarios, mercado interno, etc. El modelo que teníamos era el del peronismo de los primeros años: nacionalización de depósitos bancarios, monopolio estatal del comercio exterior (IAPI) y medidas de ese estilo. Los recursos para la industrialización, decíamos, estaban en el agro. Esto ya lo había demostrado Perón, cuyos avances en la industrialización se habían fundado en la apropiación parcial de la renta agraria y su desvío hacia el sector industrial mediante el tipo de cambio múltiple y otros mecanismos de promoción.
¿Por qué había caído Perón en 1955? Por una conspiración internacional a la que se sumó la moralina de la clase media, que se había horrorizado por temas como las chicas de la UES, la presunta corrupción, las limitaciones a la libertad de expresión y el creciente carácter dictatorial del gobierno.
Nos gustaban los primeros años del peronismo, los de Miguel Miranda como ministro y veíamos a Alfredo Gómez Morales como un traidor a la política liberadora de Perón.
Perón había abandonado el poder en 1955, decíamos, porque su formación y la estructura de clase de su movimiento le impidieron profundizar la revolución nacional-burguesa que encabezaba y llevarla hacia el socialismo.
Por eso, pensábamos, era necesario el socialismo, único modo de quebrar la estructura del atraso semi colonial y transformar a Argentina en una nación industrial.
Ya en ese tiempo se discutía por qué Canadá, Australia y Nueva Zelanda que habían partido también de status agrarios similares a los de Argentina, al cabo del tiempo estaban logrando niveles de desarrollo que no se replicaban en nuestro país. Nuestra explicación era que en esos países el agro se asentaba en un sistema de pequeños y medianos productores que cumplían con los mecanismos de acumulación de capital, mientras que en la Argentina, la oligarquía despilfarraba los excedentes, condenando al país al atraso.
Otra razón esencial de nuestra condición semi colonial, decíamos, radicaba en que América Latina no había logrado su unidad tras la emancipación de las potencias ibéricas. Un puñado de países divididos, con disputas territoriales, eran fácil presa de las naciones poderosas. Era preciso, entonces, cumplir con el sueño de Bolívar y San Martín, que León Trotsky había actualizado desde su exilio mexicano: los Estados Unidos de América Latina.



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