Que la espontaneidad no nos sorprenda

El domingo pasado, en la ceremonia de entrega de los premios Grammy, el viejo y querido formato del videoclip fue protagonista, aunque su preponderancia se manifestó de manera indirecta, en cada uno de los cuadros musicales que desfilaron a lo largo de la velada.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

videoclip-grammyDesde que MTV transformó al videoclip en el canal más utilizado para la difusión de la música, el cambio en la estética con la que se muestran los artistas se hizo evidente. En el pop y el rock, si bien la imagen había representado un aspecto importante a la hora de imponer a un intérprete, a partir de entonces se erigió en un elemento definitorio. Por su aspecto, por su peinado, por su vestimenta o por lo ingenioso del contexto en el que la pieza audiovisual introducía su canción, alguien podía ser aceptado o rechazado por el público, sin atenuantes.
A este no tan pequeño detalle le deben los años ochenta muchas de las tendencias que surgieron en ese periodo, cuando a la par de lo sonoro se ubicaron estímulos que no estaban dirigidos al sentido de la audición, sino a la vista. Colores y formas estrafalarias fueron adoptados sin chistar por muchas de las estrellas que, en su afán de alcanzar el éxito lo antes posible, se sometían a una intensa exposición ante la pantalla chica, en busca de obtener un reconocimiento masivo que facilitase la escalada de sus temas en las listas de ventas de las principales ciudades del planeta.
Aunque el formato ya existía desde comienzos de los setenta, promovido por programas musicales como el “Midnight Special”, recién en la siguiente década alcanzó su máximo esplendor y se volvió un instrumento insustituible para que un producto musical ingresara al mercado con expectativas de plasmar un suceso de taquilla. Y la cadena MTV, que surgió precisamente con la consigna de emitir videoclips, consolidó su poderío rápidamente, hasta plantarse como árbitro en la disputa por la popularidad, un sitial honorífico que hasta ese momento había sido monopolizado por el medio radiofónico y que ahora se repartía con la televisión.
Han transcurrido ya más 35 años desde que esta señal inició sus transmisiones; y 12 años desde que el cetro de la distribución de los videos musicales empezó a pasar a manos de Youtube, que hoy es sin duda la referencia global para este tipo de productos. Generaciones enteras crecieron mirando con arrobamiento esas breves obras fílmicas que, en pocos minutos, invisten de nuevas significaciones a una canción, hasta imponérsenos en nuestra retina. Y nuestro entendimiento se ha familiarizado tanto con el formato, que otros géneros audiovisuales como el documental o el largometraje de ficción, le han copiado muchos de sus tics.
El domingo pasado, en la ceremonia de entrega de los premios Grammy (algo así como la cumbre de la industria musical), el videoclip fue protagonista, aunque su preponderancia se manifestó de manera indirecta. Más allá de su figuración en categorías específicas de los premios y en las imágenes ilustrativas que se podían apreciar de fondo, lo que estuvo presente fue su estética, su puesta en escena, en cada uno de los cuadros musicales que desfilaron a lo largo de la velada. Artistas como Beyoncé, Bruno Mars, Lady Gaga o Katy Perry, deslumbraron a través de recursos coreográficos, escenográficos y de efectos especiales.
Lo que se apreciaba eran auténticos videoclips en vivo, que podían en algunos casos exponerse a imperfecciones técnicas, pero que en general hacían gala de una variedad de artilugios que reproducían en directo lo que los videos consiguen gracias a la varita mágica de la posproducción. Han sido varias décadas de MTV y Youtube las que han masajeado nuestra percepción hasta formatearla tal y como actualmente se nos representa. Y a los artistas de moda no les queda otra que emular aquello que hemos visto en su cuenta de Vevo, para que la espontaneidad no nos sorprenda.



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