La corrección política cierra el cerco

Daniela André, de diecinueve años, es la flamante Reina de la Vendimia de Godoy Cruz, Provincia de Mendoza.

Por Daniel Gentile

Daniela André, de diecinueve años, es la flamante Reina de la Vendimia de Godoy Cruz, Provincia de Mendoza. Desde el vamos, hablar de una flamante reina de belleza es anómalo, pues estos certámenes van cayendo uno a uno. Es tan gigantesco el poder que ha alcanzado la ideología de género, que ahora puede permitirse el lujo de prescindir de leyes para promulgar su dogma. De tal manera, los concursos de belleza femenina no están prohibidos, pero los organizadores se autoproscriben. Infiltrada en casi todos los medios de comunicación y en todos los partidos políticos, nada le costó a esta doctrina apoderarse del Estado, nombre con que se conoce a una entelequia que no es más que un grupo de personas que impone sus opiniones sobre el resto. Como todos ya hemos aprendido, la exhibición de chicas lindas, para elegir a la más linda, sólo consigue promover la cosificación de la mujer, exaltar un estereotipo de belleza heteropatriarcal y fomentar la violencia machista. Hay una evidente relación causa-efecto entre un concurso de esta clase y la creciente violencia que los hombres ejercen sobre las mujeres. Más concretamente, está muy bien ir suprimiendo estos eventos que pertenecen a un tiempo felizmente superado, pues de ese modo ayudaremos a disminuir la alarmante tasa de femicidios.
Pero, anómalo y todo, el hecho es que Daniela fue elegida Reina de la Vendimia de su ciudad, y una periodista le preguntó si estaba de acuerdo con la incorporación al certamen de personas trans. O sea, hombres disfrazados de mujeres. Ella podía responder “sí” o “no”. Le quedaba una tercera alternativa, que era abstenerse. Daniela contestó que no, que no le parecía bien, pues ellos (se animó a decir “ellos”), ya tienen su propia Vendimia, y en consecuencia cada uno debe respetar el lugar que le corresponde.
Ocurrió lo que debía ocurrir. Fue denunciada al Inadi por discriminación, y en la audiencia que se fijó tuvo que dar explicaciones. En realidad, debió pedir disculpas. No sé si una abstención la hubiera salvado. Creo que no, porque, con lógica, su negativa a pronunciarse sobre el tema bien podría haber sido interpretada como otra forma de discriminación.
Día a día vemos que personas que son denunciadas por distintos motivos a la Gestapo del pensamiento, agachan la cabeza y piden perdón (no se sabe de qué), para evitar males mayores. Esta resignada actitud de quienes (a veces por coraje, a veces por mera distracción), pronuncian palabras inadecuadas, no hace más que endurecer la aplicación del implacable código de la corrección política, que no prevé apelaciones. Por el carácter social que conllevan, sus condenas para quienes dicen lo que se debe callar o callan lo que se debe decir, son irrecurribles. Tal vez la historia empiece a cambiar cuando algunos, que son concientes de la tiranía que nos oprime, entiendan que tenemos que pagar un precio para recuperar la libertad.
Alguien podría decir que el caso de Daniela es uno más, entre miles, de personas que se atreven a opinar contra los dogmas de la filosofía oficial. Sin embargo, yo advierto algo novedoso. Daniela no salió a opinar espontáneamente; simplemente le hicieron una pregunta. La estructura dictatorial no le daba margen más que para una respuesta libre de riesgos. Toda contestación que no fuera la correcta, ponía en peligro su tranquilidad e incluso su libertad. No recuerdo que antes haya ocurrido algo así, que demuestre, de un modo tan gráfico e ilustrativo, cómo la dictadura del pensamiento único va cerrando el cerco, para que nadie saque los pies del plato.
En la Argentina, la tiranía políticamente correcta no es obra de los Kirchner, si bien se construyó en esos años. Esta ideología ha contado y cuenta con la protección de todo el arco político y comunicacional. La destrucción de este monstruo es una premisa para volver a respirar el aire de la libertad. Después, podremos ocuparnos del resto de las cosas.



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