Entre la tolerancia y la abdicación

Por Gonzalo Neidal
gonzalo.neidal@gmail.com

2017-01-30_CRISTINA_MACRIPor ofender a los dioses, Sísifo fue enceguecido y condenado a cargar una inmensa roca hasta la cúspide de una montaña para que, al cabo de su descomunal esfuerzo, la roca se despeñara hacia el valle y debiera volver a cargarla, eternamente.
Nosotros ya estamos merecidamente ciegos, al menos para visualizar nuestros verdaderos problemas. Y estamos condenados a discutir, una y otra vez, y al parecer para siempre, aquellos duros años de guerra y muerte. Ya pasó con el feriado del 24 de marzo. Finalmente Macri retrocedió, se volvió a rectificar y restituyó la inmovilidad al feriado que conmemora la fecha del golpe militar de 1976, tal como se lo pedían desde la oposición aunque es cierto que también lo hacían algunos aliados.
Ahora, hay novedades otra vez. El titular de Aduanas, Juan José Gómez Centurión fue invitado a un programa de televisión el domingo por la noche y fue requerido acerca de su pensamiento sobre la dictadura militar, los desaparecidos y otros temas vinculados. ¿Qué dijo Gómez Centurión? Que para él la dictadura no llevó a cabo “un plan sistemático de exterminio”. Que él no suscribe la calificación de “genocidio”. Y que la verdad histórica no reconoce 30.000 desaparecidos sino que la cifra ronda los 8.000.
Y sucedió lo que era previsible. Todos saltaron a cuestionarlo. Los más duros, los enemigos del gobierno, los que incluso aspiran a derrocarlo cuando las circunstancias lo permitan, piden la destitución inmediata de Gómez Centurión.
Otros, los políticos que adoran la corrección, esas jóvenes vírgenes de la República que, como diría Alfonsina, se cuidan hasta de que “un rayo de luna rozado las haya”, también salieron a criticar y cuestionar. No vaya a ser cosa que alguien les sospeche o endilgue simpatía con los dictadores.
Y lo peor, lo que se ha ya transformado en una costumbre: desde el propio gobierno, funcionarios prominentes también salen a tomar distancia de Gómez Centurión. En cambio, ningún miembro del gobierno, ninguno, salió a pedir micrófono para decir que este gobierno es tolerante, que Gómez Centurión está a cargo de la Aduana, que en su tarea es un funcionario eficiente y que puede opinar lo que quiera sobre temas de política general o historia. Ese funcionario hipotético, que bien podría ser el propio presidente, podría añadir que así como se permite que en Radio Nacional tengan voz personajes como Eduardo Anguita y otros, que se muestran partidarios de las organizaciones terroristas que asolaron al país durante los setenta, Gómez Centurión, que no hace periodismo sino que cumple funciones en la Aduana, puede tener una opinión distinta, no sólo a la de Anguita sino también a la del gobierno que integra.
Este columnista coincide en líneas generales con la visión que tiene Gómez Centurión sobre el significado de la guerra de esos años. Pero no se trata de eso. En este caso no se trata de defender y explicar cuánto de razón y de verdad hay en los dichos de Gómez Centurión. De lo que se trata es de la libertad que tiene un funcionario que es eficiente en su labor, para pensar lo que quiera sobre temas políticos o históricos, en tanto eso no afecte su tarea ni cuestione la política del gobierno en esa área.
¿O es que el gobierno debe someterse a la dictadura ideológica de los que tienen otro punto de vista respecto de los años setenta? Este gobierno, influido por el asesor Durán Barba, tiende a subestimar todo debate ideológico con el argumento de que “no son temas que les interesen a la gente”. Así lo expresan algunos funcionarios con mirada condescendiente, propia de sabelotodo. El debate de ideas no es algo que suela interesar en la cúspide de este gobierno. En el think tank macrista parecen pensar que los votantes sólo tienen en cuenta los kilómetros de caminos construidos, las cuadras de cloacas puestas en servicio, los hospitales inaugurados y la tasa de inflación. Pues bien: se equivocan. Una cosa es abrazarse a fantasmas ideológicos vetustos, como un mero pretexto para no discutir “las cosas” y otra muy distinta es construir y, a la vez, remachar con explicaciones y debates aquello que se hace.
El gobierno no debería subestimar la importancia del debate político y aún ideológico. Él no corre el peligro de sustituir la acción y la construcción del país por el debate. No corre el riesgo de chapotear en la charca de los temas intrascendentes ni de sobrecargar la gestión con ideología improcedente. Pero pecaría de ingenuo si piensa que las ideas son un mero divertimento de intelectuales decadentes.
El gobierno adora mostrarse tolerante. Pero que sepamos, la tolerancia no consiste en abdicar de las propias ideas para dejar que reinen las del adversario político. Ya sucedió con declaraciones similares hechas por Darío Lopérfido, que le costaron el cargo.
Salió ya el propio Gómez Centurión a pedir disculpas si alguien se sintió ofendido por sus dichos. Correcto. Y salió Cristina a imputar a Macri por las opiniones de Gómez Centurión. Quizá piense que todavía está prohibido opinar sobre temas políticos, históricos o ideológicos de importancia. Esperemos que esta vez Macri no arrugue, que confirme a Gómez Centurión y (quizá esto ya sería pedir mucho), emita una opinión sobre el tema o bien advierta que en su gobierno existe libertad para que los funcionarios expresen sus ideas con plena libertad.



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