Las mantas que tapan a la vaca

Mauricio Macri anunciaba un plan de explotación del yacimiento Vaca Muerta.

Por Pablo Esteban Dávila

macri-vaca-muertaNo deja de ser un símbolo que, casi al mismo tiempo que Mauricio Macri anunciaba un plan de explotación del yacimiento Vaca Muerta, los manteros del Once eran desalojados (a medias) del espacio público porteño por la policía. Son dos postales de la Argentina. Por un lado, el impulso hacia la transformación económica y la creación de mayor empleo en sectores viables; por el otro, la resistencia atávica al progreso, la sistemática violación a la ley y el inevitable –aunque siempre tardío– recurso de la fuerza pública para poner las cosas en su lugar.

Vayamos por partes. Es obvio que el presidente ha trabajado duro para recuperar el tesoro subterráneo que representa el filón de Vaca Muerta. Cuando el gobierno kirchnerista anunció en 2011 el descubrimiento de gas y petróleo de esquistos en aquella región de la provincia de Neuquén, muchos pensaron que la Argentina se transformaría en la Arabia Saudita del fin del mundo. Según las previsiones de los expertos en energía, Vaca Muerta es el tercer reservorio mundial de petróleo no convencional. Su explotación suponía que el país no sólo tendría garantizado su autoabastecimiento energético sino que pasaría a integrar el club de los exportadores mundiales de crudo.

Pero el inicial optimismo devino pronto en perceptible desencanto. Vaca Muerta era una cosa con un barril por sobre los 100 dólares y otra muy distinta con uno por debajo de los 40. Explotar este tipo de yacimientos es muy costoso, mucho más que los convencionales, por lo que se requiere un nivel de precios sensiblemente superior al que hoy ofrece el mercado. Cristina primero, y ahora Mauricio, observaron impotentes de cómo esta promesa energética no terminaba de concretarse por motivos decididamente fuera de sus respectivas posibilidades de acción.

Adicionalmente existe un dato del que la mayoría de la población, necesariamente ignara en este tipo de negocios, pasa por alto y que complica el panorama: la prospección de un pozo de esquistos en la Argentina es más caro que en los Estados Unidos. La diferencia no es menor. Mientras que allá el precio ronda los 7 millones de dólares, aquí se acerca a los 9 millones, una distancia del 28%. Esto significa que, aún con el barril a un precio acorde, los inversionistas podrían tener reticencias a pagar estas cifras en un país que no la tiene todas consigo, especialmente si se lo compara con una de las principales potencias mundiales.

Para el presidente y sus expertos la ecuación resultaba simple: para que Vaca Muerta reviviera (todo un contrasentido) se imponía bajar los costos de explotación. Por esta razón, el acuerdo anunciado ayer desde la Casa Rosada entre el gobierno de Neuquén, los sindicatos petroleros y las empresas del sector es un paso importante. Supone que, en adelante, se realizarán maniobras y operaciones con vientos de hasta 60 kilómetros por hora y que no habrá más “horas taxi”, que contemplaban como hora extra el traslado del operario al yacimiento y el pernocte. A algún lector no avisado podrá parecerle extraño que un petrolero cobrara un plus por trabajar fuera de su empresa (no deja de ser una actividad que se desarrolla, por fuerza, en lugares remotos), pero así son las cosas en Argentina. Para crear trabajo, o al menos para no destruirlo, es necesario revisar en que puntos los convenios colectivos dejan de proteger a sus beneficiarios para transformarse en una antigualla de la inversión productiva. Bien por Macri, muy bien por Guillermo Pereyra, el mandamás de los petroleros.

El espíritu de Vaca Muerta es auspicioso, pero de momento no parece contagiar a muchos. El episodio de los manteros en la ciudad de Buenos Aires así lo demuestra. Prácticamente todos ellos saben que lo que hacen es ilegal. No pagan impuestos, ocupan veredas y plazas y compiten deslealmente con comerciantes que alquilan locales, presentan declaraciones juradas y pagan los salarios de sus empleados. El tema no resiste análisis. Muchos manteros son revendedores de mafias que obtienen sus productos del contrabando o del robo. Es una competencia injusta, que no puede ser tolerada bajo el brumoso argumento de la crisis social o de alguna forma de economía comunitaria precapitalista.

Pese a tales certezas, la apropiación del espacio público por la venta callejera se repite en todos lados sin que las autoridades hagan gran cosa para prevenirla, aun a sabiendas que luego deberán pagar un importante costo político para desalojarla. Prevenir su ocurrencia, en teoría, no sería tan complicado: al aparecer los primeros manteros deberían tomarse medidas tendientes a su retiro antes que lleguen otros y terminen colonizando determinado sector urbano. Sin embargo, el complejo de culpa que embarga a gran del funcionariado hace que se aplacen continuamente estas decisiones hasta que, al final, la propia desmesura del fenómeno obliga a actuar cuando la posibilidad de daños colaterales es ciertamente mayor.

El contraste entre la promesa de una Argentina potencia en lo energético y la triste realidad de la informalidad callejera remite al hecho que, para que el país pueda generar trabajo genuino, es imprescindible porfiar en el cumplimiento de la ley. Cuando violar las normas, no importa su jerarquía, es un acontecimiento cotidiano, sin sanciones, el futuro que se evoca es más parecido al del largometraje Mad Max que a la sosegada vida en Noruega. Nadie invierte (o lo hace con reticencia) allí donde los derechos de propiedad son difusos o se encuentran, debido a la inacción del gobierno, a merced de turbamultas o cuentapropistas de lo público. Estas son las mantas que tapan a la vaca.

Otro es el capítulo sobre qué leyes merecen ser cumplidas y cuales requieren una revisión para reclamar su efectivo cumplimiento. La Argentina padece una hipertrofia de regulaciones, que se expresa en una presión impositiva sin parangón que asfixia la actividad privada y desalienta la creación de empleos de calidad. El presidente acaba de decirlo con una perífrasis: sin el acuerdo en torno a Vaca Muerta, el bovino estaría más tieso que nunca. También ayudaría a la prosperidad general que se disminuyeran los costos que posee la actividad comercial en todas partes, de modo tal que los manteros con deseos de comenzar su propio negocio no temblaran ante la perspectiva de formalizarse. Muchas y malas leyes, como las que abundan en nuestra patria, también poseen la virtualidad de arrojar la gente a la calle y dejar el petróleo allí donde se encuentra, miles de metros por debajo de la superficie.



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