Portazo de intendentes de Cambiemos al Eninder: ¿candidez u oportunismo?

La semana pasada, 12 intendentes de Cambiemos que integraban el Eninder presentaron sus renuncias al Ente intermunicipal.

Por Pablo Esteban Dávila

accastelloLa semana pasada, 12 intendentes de Cambiemos que integraban el Eninder presentaron sus renuncias al Ente intermunicipal. Alegaron “una discrecionalidad manifiesta en el reparto de diversas obras” y que, salvo los municipios “pertenecientes al mismo partido político gobernante en la Nación hasta el 10 de diciembre de 2015” el resto “se han tenido que conformar con el sólo hecho de contemplar cómo algunos se beneficiaban (unos pocos) y otros no (la mayoría)”. No hace falta decir que, detrás de la coartada justiciera, la retirada fue un gesto de enorme oportunismo político, típico de los que hacen leña del árbol caído.

Recapitulemos. El Eninder es una organización voluntaria, el único sobreviviente de una serie de Entes creados a principios de la década pasada con el objetivo de hacer más eficiente las gestiones municipales en base a la contratación en conjunto de obras y servicios para lograr mayores economías de escala. Ninguno de sus más de 40 municipios integrantes, sean peronistas o radicales, estuvo obligado jamás a solicitar la admisión a su estructura funcional.

En sus 16 años de existencia, el Ente tuvo una existencia real, bien lejos de las expresiones de deseos. Bajo su paraguas, las diferentes ciudades asociadas pudieron ejecutar proyectos y obras. Durante todo ese tiempo nadie se quejó de la distribución interna de los fondos ni objetó su procedencia. El consenso pareció ser la norma; de hecho, jamás trascendió conflicto alguno entre sus integrantes. Lo que ocurre ahora es una novedad absoluta.

El pacífico funcionamiento del Eninder tuvo un demiurgo: Eduardo Accastello. En su doble rol de intendente de la ciudad de Villa María y aliado territorial del kircherismo gobernante, Accastello le imprimió vértigo organizativo y realizaciones concretas. Es cierto que la mayor parte de los recursos que permitieron esta dinámica provinieron de la Casa Rosada, pero esto no es de por sí objetable; al menos no lo fue para los intendentes que, año tras año, aprobaron los balances de la organización en asambleas estatutarias sin que se conocieran agravios con su funcionamiento.

Que Accastello haya logrado fondos nacionales para la ejecución de obras en las localidades asociadas no es ningún ilícito. Lo que ahora se discute no es eso (bien vale recordarlo) sino supuestos sobreprecios pagados en diferentes contrataciones de obra pública. No obstante, deberá presuponerse la inocencia de todos los señalados por la investigación de la Auditoría General de la Nación –fue la causa detonante de las actuales sospechas– hasta que la justicia pruebe lo contrario.

Todas estas razones, sin embargo, fueron soslayadas por los intendentes de Cambiemos que acaban de pegar el portazo. Su renuncia evoca un monumental engaño a su buena fe, como si se tratasen de doncellas movidas al error por adultos inescrupulosos. Esto significa que asistieron a diversas reuniones y asambleas y que recibieron obras sin saber que, detrás de tal cornucopia, estaban los fondos de los Kirchner. ¡Qué horror! De repente, han caído en la cuenta que el 60% de los proyectos del Ente fueron para Villa María, la principal ciudad de la región… ¡macrocefalia accastellista! Cuanta amargura deben tener. De pensar que eran espléndidos administradores, capaces de conseguir cordón cuneta, calles o alumbrado sin tener que dar nada a cambio, a sentirse cómplices de chanchullos inconfesables de la noche a la mañana hay un paso enorme. ¿Cándidos u oportunistas? No parece difícil elegir entre alguno de estos extremos.

Dentro de tan poco digno espectáculo sobresalen dos dirigentes: Javier Pretto (diputado nacional del PRO) y Martín Gil, el sucesor de Accastello al frente del municipio villamariense. Pretto fue vicepresidente del ENINDER cuando era intendente de La Carlota y, por tal razón, dogmáticamente acusado por el árbitro Baldassi, una de las “joyas” de la nueva política, de haber participado del supuesto desaguisado de los fondos K. El diputado no sólo no negó haber integrado la conducción del Ente sino que defendió la transparencia de todo lo que él conoció o ejecutó. Bien podría haber seguido el derrotero de sus colegas intendentes y haber dicho que “todo lo manejaba Eduardo” y tonterías por el estilo, pero optó por lo correcto. En política, hacerse cargo de la historia personal es una señal de templanza.

Gil, por su parte, demostró que tampoco le resulta agradable ganar prestigio sobre el cadáver de nadie. Aunque se sabe que está alejado de Accastello, su amigo y primer mentor, no utilizó los problemas del ENINDER para acusarlo de nada. Mantuvo (al menos de momento) una posición institucional, lejos del amarillismo que tiñe cualquier evento del pasado reciente. Se mostró, incluso, elegantemente irónico al conocer la mediática renuncia de los intendentes de Cambiemos. “La valoración (sobre la discrecionalidad dentro del Ente) debería haberse manifestado en el momento en que correspondía, para eso estaban las asambleas anuales que se realizan regularmente”. En política, quién calla otorga. Los escandalizados de hoy son los que ayer consintieron. Esto no puede deshacerse, por más renuncias que se propalen.

Así son las cosas por estos tiempos. La opinión pública prefiere tragarse la pildorita de conductores amnésicos, que nada saben de su propio pasado. Hasta no hace mucho tiempo atrás, los políticos valían más por tener mucha experiencia, ganada en los aciertos y también en sus errores. Ahora parece que la historia no vale de mucho, que sólo basta tener futuro. Lamentablemente para los ilusos, ningún dirigente surge de un frasco en conserva, ni se inventan de la noche a la mañana. Y los que aparecen de esta cantera “in vitro” –vuélvase al caso de Baldassi– no parecen tener los quilates suficientes como para liderar nada que valga la pena. Quiérase o no, cualquier democracia madura necesita políticos que sepan de lo que se trata la cosa pública y que tengan la valentía de tomar decisiones. Valentía que parece no abundar entre los que ahora descubren que el Eninder, después de tanto tiempo, no era lo que esperaban.



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