La Justicia y la venda en sus ojos

En otro tiempo, la izquierda se ofrecía como depositaria de valores morales. Eran las clases dominantes las que poseían el monopolio de la corrupción en tanto pertenecían a una civilización en decadencia, próxima a la desaparición.

Por Gonzalo Neidal
gonzalo.neidal@gmail.com

2016-08-24_JUSTICIAEn otro tiempo, la izquierda se ofrecía como depositaria de valores morales. Eran las clases dominantes las que poseían el monopolio de la corrupción en tanto pertenecían a una civilización en decadencia, próxima a la desaparición. La sociedad que se avecinaba suponía un “hombre nuevo”, despojado de la mediocridad y el cálculo interesado que el capitalismo había impuesto a la sociedad toda, degradándola.
Maximilien Robespierre cortaba cabezas pero era incorruptible. La firmeza, llevada al plano del terror, era un tributo a la moralización de una sociedad descarriada, que merecía el castigo luego de décadas de disipación y corrupción desenfrenada.
Pasados los años, y tal como advirtieron desde Marx hasta Trotsky, el nuevo poder moralizador también se corrompió. El “hombre nuevo” no llegó jamás. En su reemplazo, reinó el poder absoluto y su deriva natural: la corrupción. La frase atribuida a Lord Acton lo sentencia con precisión: el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.
La honestidad no es un valor esencial que se reclame a un político. Se supone que un político que la ejerza tiene corta vida en el medio en que actúa y que no es más que un bobo con pretensión de santo. La izquierda, incluido el kirchnerismo al que puede considerarse como un matiz izquierdista dentro del peronismo, ha abdicado completamente de lo que otrora valoraba. En los setenta se solía decir que el que robaba el dinero del estado, le robaba al pueblo y acrecentaba las privaciones de los más pobres, por lo cual era un criminal.
Los tuits de Cristina para defenderse del procesamiento decretado por el juez Julián Ercolini no pueden ser más reveladores en este sentido. Alude irónicamente al respaldo electoral que obtuvo y pregunta si también van a procesar al 54% que la votó. En otras palabras: la legitimación por medio del voto popular equivaldría a una autorización al desfalco, a un permiso para el asalto de los caudales públicos. La señora Kirchner simula confundir los niveles y considera impropio e inadecuado que una presidenta llegada al poder por el voto mayoritario pueda ser requerida por la justicia, acusada de ladrona.
Hay quienes piensan que esta acción de la justicia (al igual que en el caso de Milagro Sala) puede ser contraproducente pues terminaría victimizando a los acusados y volcaría hacia ellos la simpatía que despiertan todos los perseguidos.
Es un riesgo que hay que correr. La justicia no puede detenerse a realizar evaluaciones políticas y determinar si conviene o no la aplicación de las leyes. Sería actuar sin vendas. La justicia no puede evaluar su impacto político y condicionar a ello su acción. De ahí venimos, precisamente.
Es claro que la Justicia está embebida de los valores, el pensamiento y el espíritu de la época en que le toca actuar. Los jueces no están flotando en el aire. Seguramente sus fallos están siempre impregnados de estas circunstancias. Eso es inevitable. Pero otra cosa distinta es que la Justicia forme parte de la estrategia del poder político de turno.
Toda la Justicia pero muy especialmente la de la Capital Federal, responde a los estímulos del poder que gobierna el país. Ocho años tardó Ercolini en desempolvar la causa contra la ex presidenta. En uno y otro caso el juez ha actuado con gran sentido de la oportunidad y de supervivencia, en amplia sintonía con el poder de turno.
Una justicia tal como la que tenemos no aporta a la construcción de la solidez institucional que necesitamos para crecer en todos los sentidos.



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