Ola tardía de escritura rusa

La editorial de Buenos Aires años luz presentó recientemente la primera traducción al castellano de “La Reserva Nacional Pushkin”, una encantadora novela del escritor Sergéi  Dovlátov escrita en 1983.

Por Gabriel Abalos
gabrielabalos@gmx.com

sergei-dovlatov-b-horzEl escritor Sergei Dovlátov murió en 1990 en Nueva York, a los 49 años. Sólo en los Estados Unidos, adonde emigró en 1978, halló las condiciones para ver su obra publicada, pues en la Unión Soviética sus escritos sólo circularon a través de ediciones clandestinas prohibidas por el régimen  pos estalinista.  Había nació en 1941 en Ufá, capital de la República Autónoma Socialista Soviética de Bashkiria, actualmente Bashkortostán.

El propio autor recién comenzó a ser leído en Rusia en los años 90, es decir después de su muerte. Hay, pues, un efecto de ola lenta en la obra de Dovlátov que también con demora va llegando hasta nosotros. La Reserva Nacional Pushkin es un relato escrito en 1983, diez años después que su autor trabajase como guía en dicha reserva. Esta es la primera traducción al castellano de uno de sus relatos más apreciados, que aparece en el sello añosluz editora, con traducción de Irina Bogdaschevski. La prolífica traductora, nacida en Belgrado, residía en Buenos Aires desde 1949 y falleció en enero de 2016.

En el apropiado prólogo a La Reserva Nacional Pushkin, la directora de la colección Traducciones de añosluz, Laura Estrin, describe la obra de Dovlátov como de “un realismo sin héroes, de hombres algo resignados, mustios, para los que Rusia fue un dolor en el corazón”.  Estrin afirma que leer La Reserva Nacional Pushkin “es no poder soportar más libros idiotas”. El encuentro con el texto de Dovlátov genera una afinidad instantánea. Resulta  literariamente gratificante por la sinceridad y libertad que respira, aun cuando su temática posee matices opresivos.

Su protagonista, llamado Boris en el relato, es un hombre resignado hasta cierto punto a no trascender como escritor, y que se ha convertido en un alcohólico. Su mujer –que lo ama- se separó de él, llevándose consigo a la hija de ambos, harta del fracaso y el resentimiento. Ahora, mientras ella trata de arreglar un viaje para ambas a los Estados Unidos, Boris se ha trasladado de Petersburgo a Mijáilovskoye, cerca de Pskov, tratando de iniciar una nueva vida como guía del Museo de Pushkin.

Las desventuras de este escritor fracasado que se resigna a conducir turistas por los ambientes y el paisaje del Museo Reserva, florece en su prosa en agudas y cínicas observaciones sobre todo, incentivadas por su estado de indolencia y la falta de perspectivas. Apenas llegado a su destino, Boris registra una histeria en las trabajadoras de la Reserva Nacional Pushkin, escritor por el cual él no siente el respeto literario adecuado, dadas las circunstancias. Le coquetean, directa o indirectamente, guías, instructoras de guías, instructoras de la oficina turística, la curadora del museo. “Nuestras muchachas se interesan por todos los hombres”, admite una jefa de instructoras.

Desde el comienzo se respira una cierta decadencia y escepticismo. Algo que nos es próximo, que no nos han contado. Los personajes carecen de halo, y los hechos de épica. Todo eso también nos es familiar.

Boris evoca las discusiones con su ex esposa. Ella le ha dicho: “Llevas la vida de un famoso escritor, sin tener condiciones para eso… Con tus vicios tendrías que ser como mínimo un Hemingway”. Y será todavía más punzante en su juicio ella, Tania, al decirle: “No se puede ser artista a costa de otra persona… ¡Es una infamia!” Algo que Sergei Dovlátov reconocerá  al dedicarle esta novela, sin ironía: “A mi mujer que tenía razón”.

La prosa de Dovlátov está llena de un humor ácido dedicado al entorno del museo al que ha llegado “tratando de ahuyentar la sensación de catástrofe, de callejón sin salida.” Su ánimo no es el mejor, pero se instala en la deprimente habitación que le alquila un borrachín, mientras se familiariza con la Reserva para comenzar a trabajar, e intenta controlarse en la bebida.

Entretanto, se visualiza a sí mismo: “El tipo hace veinte años que escribe cuentos. (…) No te publican, no te editan. No te aceptan en su grupo. En su pandilla de bandidos. ¿Pero acaso soñabas con esto cuando murmurabas las primeras estrofas? ¿Estás esforzándote por obtener justicia? Cálmate, ese fruto no crece en estos pagos”.

Por el camino, se entera de que allí trabajan dos personajes de los que ofrece breves semblanzas: Volodia Mitrafánov, hombre de memoria fotográfica, gran haragán que sin embargo ha leído diez mil libros. Un fracasado como Boris, que ha hallado en la Reserva Pushkin el lugar ideal de trabajo: allí sólo hace falta “un relato brillante que impresione” a los turistas.  El otro es Stasik Pototski, un mal escritor que alcanzó cierta fama y luego la perdió por completo, se volvió alcohólico, casi un pordiosero, hasta que le aconsejan ir al Parque Pushkin, donde se establece y acaba convirtiéndose en un buen guía.

Y también Boris comienza a mejorar a medida que trabaja en la Reserva. Se rescata, deja de beber, ahorra algo de dinero, se lo envía a su hija. Sus reflexiones se detienen en la literatura rusa y en el ser ruso. Y poco después retoma la escritura. “Llegaban rumores de algunas publicaciones en occidente. Yo trataba de no pensar en ello”.

Entonces su ex mujer lleva de visita a la Reserva. Viene a pedirle autorización para poder viajar con la hija a los Estados Unidos.  Le anuncia que lo hará de todos modos.

El final de la novela tiene que ver con su abrupto adiós a la Reserva Nacional Pushkin, para viajar a Petersburgo, a despedirse de su mujer y su hija.

La historia real siguió su curso, y el relato acabó siendo firmado en Nueva York, en 1983, donde Dovlátov comenzaba una nueva, breve y última etapa de su vida.

 



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