La historia sin fin

Con la difusión pública de los sobornos confesados por directivos de la empresa brasileña Odebrecht, se reactualiza un viejo tema de la política nacional.Es éste: ¿podremos lograr alguna vez terminar con el descarado robo de los recursos públicos? ¿O debemos resignarnos a aceptarlos como un costo necesario de la política?



Por Gonzalo Neidal
gonzalo.neidal@gmail.com

lula-dilma-odebrechtCon la difusión pública de los sobornos confesados por directivos de la empresa brasileña Odebrecht, se reactualiza un viejo tema de la política nacional.Es éste: ¿podremos lograr alguna vez terminar con el descarado robo de los recursos públicos? ¿O debemos resignarnos a aceptarlos como un costo necesario de la política?

Odebrecht tiene a uno de sus principales directivos preso con una condena a 18 años. El escándalo ha alcanzado no sólo al gobierno argentino sino también a administraciones públicas tan diversas como Angola, Colombia, México, Guatemala, Mozambique, Perú, Venezuela y otras. Y, por supuesto, Brasil, donde ha salpicado al gobierno de Dilma Rousseff y al de Lula da Silva. En el caso argentino, habría pagado sobornos por 35 millones de dólares.

¿Es inevitable que la obra pública suponga exacciones al fisco? ¿No hay modo de controlar estas situaciones con la tecnología disponible, con auditorías, con controles, tribunales de cuenta o lo que fuere?

Venimos de un gobierno donde la corrupción ha sido escandalosa. Miembros del gobierno tenían institucionalizado el blanqueo de los capitales robados, a través de hoteles. El descaro era descomunal. El desfalco, desembozado. Se actuaba con ausencia completa de pudor. Cuando alguien reclama por falta de mejora económica en este último año, debería computar este cambio sustancial en el balance que hace del nuevo gobierno.

Los sociólogos y analistas políticos a menudo desdeñan considerar el tema de la corrupción en sus análisis. Piensan que hablar de ello resta profundidad y seriedad a sus textos. Prefieren recostarse sobre sesudas proyecciones a largo plazo, tendencias mundiales profundas y asuntos similares. Esta distracción deliberada forma parte del consenso y la aceptación silenciosa que favorece el desfalco cotidiano de que somos víctimas.

Tiene ya estatura de fábula urbana una información que circula desde hace varios años. Se dice que uno de los secretos por los cuales la Provincia de San Luis ha logrado un asombroso despliegue de la obra pública consiste en que se ha llevado a una mínima expresión la habitual práctica de la sobre facturación de este importante rubro del gasto público. Se exhibe el 5% de comisión –tal la cifra reiteradamente difundida- como un canon de honestidad y probidad que inmediatamente repercute en la evidencia de una mayor construcción de rutas y obras similares. Ante las cifras, porcentajes y montos que se van conociendo del gobierno anterior, estamos tentados de pedir ya mismo la beatificación de los funcionarios más importantes de esa provincia.

“Todos roban”, “roban pero hacen” son las fórmulas más difundidas para justificar el desfalco. El filósofo kirchnerista José P. Feinmann aceptó las evidencias cleptocráticas del anterior gobierno en la necesidad de acumular dinero por parte de una presidenta que debería defenderse ante la sed de venganza de los poderosos intereses que había afectado durante su gobierno, en beneficio del pueblo.

Antes de Odebrecht, existió ya una situación similar: el Caso Skanska en el que directivos de esa empresa multinacional de origen sueco confesaron haber pagado coimas durante el gobierno de Néstor Kirchner, bajo la modalidad de facturas truchas pero los jueces locales desestimaron esa prueba tan contundente. O sea, además de los necesarios controles republicanos debe existir una Justicia capaz de aplicar la ley y meter presos a los responsables.

Todo esto también forma parte de la herencia recibida y aquí los avances han ido mucho más rápido que en la economía.



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