Viñetas sobre la guerra de los sexos

El diario La Carcajada tenía predilección por narrar de manera reduccionista las estrategias femeninas y masculinas sobre el matrimonio que, de acuerdo al estereotipo, todas las mujeres buscan y la mayoría de los hombres rehuyen, aunque “caen finalmente en el lazo”.

Por Víctor Ramés
[email protected]

Eugene de Blaas, “Mujeres en un balcón”, 1890.
Eugene de Blaas, “Mujeres en un balcón”, 1890.

La Carcajada es una de las publicaciones insoslayables de la producción periodística de la última mitad del siglo diecinueve, y fuente fundamental de material para los ojos de Córdobers, vueltos hacia el pasado. En esta entrega, la cosecha que ofrece el diario de Armengol Tecera es el resultado de mirar un poco a los costados de las enunciaciones políticas de ese periódico cordobés, para ir recogiendo en la pequeña vegetación que crece en secciones jocosas, donde La Carcajada teje sin pausa una mirada propia sobre asuntos menos noticiables de la vida de la ciudad. Por ejemplo el de la cacería amorosa.
Esas anotaciones de La Carcajada figuran en el costado amable de la publicación, aunque haya que dejar suspendidos -para que algo de su simpatía llegue hasta nosotros- ciertos juicios y reparos al tono patriarcal en que enuncia el diario cuando predica a la hueste de los machos, o cuando menta las tácticas casi arácnidas de las mujeres por tejer la trampa a sus candidatos. Es conveniente, si se quiere alcanzar la resonancia de época de estas piezas en forma de diálogos, dirigirse al encanto que sea posible leer en ellas, juzgándolas situadas en esas páginas amarillentas, empapada en los valores de 1872, 1873 o 1874, años de los que se extraen citas.
Para empezar bien vale esta viñeta de 1873, titulada “En la retreta”. Dos muchachas dialogan en el Paseo o en la plaza:
“-Y, Angelita, por quien te decides al fin?
-No te lo puedo decir Adela. El tendero aunque tiene algo, es muy guaso y no me gusta; El Dr. tampoco me gusta, porque aparte de no tener un solo pleito que defender, es muy ocioso; el estudiante no me es indiferente, pero está tan verde su carrera, que creo mejor darle calabazas; al Mayor lo tengo con esperanzas hasta ver si consigue que lo hagan coronel o general, que es el único modo como me puede hacer gozar.
-No, Angelita, eso de soltarse dando bolsa a todos no es muy bueno y muchas veces sucede que aquellas que así proceden, al último se quedan como aquella que tú sabes, tuco tomá pan.”
El estereotipo de la mentalidad voluble y especuladora de las mujeres está en la base de esa apostilla, como en esta próxima, situada “En una ventana de la calle 27 de Abril”, donde atrapar a un hombre equivale a dar envidia a las otras mujeres:
“Dime niña, qué oficial es ese que pasa tan buen mozo y que me ha dirijido una mirada tan penetrante?
-No lo he visto bien, pero creo que es el capitán Requena.
-Qué buen mozo? ¿Y no tienes tú relación con él?
-Oh! Muchísima! No quieres que te lo presente?
-Pues no he de querer! Te imaginas que si por alguna de esas casualidades que no faltan yo llegaba a apostillármelo no había de causar envidia a muchas?
-Ya lo creo.
Con que señor Capitan, abra el ojo y… no se descuide.
En otro tipo de apuntes, La Carcajada puede presentar líneas como las siguientes, que se centran en el lado masculino de la trama amorosa. En este caso, se trata de un cuarentón, con nombre y apellido, que más tarde sería gobernador de Córdoba:
“En balde Cleto Peña se pone en pública subasta todos los días por las calles, pero nada, ninguna se atreve a rematarlo.
Lo que es no saber! Cleto Peña es un mozo muy fértil y con un pequeño gasto daría resultados satisfactorios.
Si yo fuera niña, de seguro que ya me lo había atrapado, sin más objeto que hacerlo irrigable por todas partes.”
Sigue otro ejemplo, en este caso el de alguien que ha “descendido” al enamoramiento, y que el diario también menta en nombre y apellido:
“Jesús de mi alma! Qué mocito tan enamorado es este Eduardo Barriga. Si en el teatro es lo que hay que ver.
Que Dios proteja al tenorio de nuevo cuño y que la señorita no dé crédito a las palabras de un mocito que tiene sus amores en San Vicente.”
Y el amor golpea a otros seres masculinos bien identificados, en el siguiente párrafo de La Carcajada:
Pues señores, esto de estar enamorado un hombre había sido una cosa no muy buena que digamos.
Y si a esto se agrega la mala correspondencia de las mujeres del día, tendremos que convenir en que Apolinario Rivas tiene razón en no dirigirse a mujer alguna.
Un hombre apasionado, es la cosa más original que uno pueda imaginarse.
Nosotros habíamos dicho que Pastor Fragueiro no andaba en su entero juicio según parecía, pero cuando hemos sabido que el hombre estaba pinchadito en el corazón por ese maldito amor, hemos dicho, este hombre no está loco, sino apasionado…”.
Volviendo el foco sobre las mujeres, y para concluir, he aquí un texto algo más extenso, que dejaría al descubierto algunas de sus astucias. Un cura confesor, Villagra, ve su apellido oculto:
“-Hola! Querida Manuelita, para dónde con alfombra y a estas horas?
-A confesarme.
-A confesarte! Y de dónde se te ha ocurrido confesarte tan luego hoy día a estas horas?
-Qué quieres, se me ha ocurrido y quiero darme con el gusto.
-Tú me engañas.
-Te confesaré la verdad, Teodora; – Tú eres amiga y sé que me has de guardar el secreto. No voy con objeto de confesarme por más que tú me veas con alfombra; lo único que me he propuesto al tomar estas medidas, es tener una entrevista con… en el pretil de la Compañía.
-Ah, pícara, con que tú te vales de la alfombra para hacer tus escurciones?
-Naturalmente, como lo hacemos todas.
-Pero que no va a tu casa ese individuo?
-Antes iba, pero ahora no va porque mamá le prohibió que me visitara.
-Es decir que tú le adoras?
-Con idolatría Teodora. Te confieso con franqueza, que si no fuera por cumplir y darle una prueba más de mi cariño, no me había de poner en la exposición en que me pongo.
-Ya que has sido tan franca conmigo, yo también quiero serlo con vos: Yo me dirijo a San Francisco a verme con el Padre Yavigra con el objeto que me cuente algo de Benigno, pues él es su confesor y yo le he encargado que me le averigüe algo sobre su promesa hacia mí. Con que así, que Dios te ayude tanto a vos como a tu segura servidora.
Como veis lectores, la alfombra en manos de nuestras niñas es como para sospechar algo. Dios nos libre de caer en manos de las niñas con alfombra.”