El renovador que no fue

Es difícil catalogar la trayectoria política de Eduardo Accastello. Es, sin dudas, un hacedor, un optimista de las inauguraciones y la iniciativa política, pero estas virtudes no le han deparado, como podría esperarse, las mieles del reconocimiento popular, con la clara excepción de la Villa María comarcal.

Por Pablo Esteban Dávila

accastello_10Es difícil catalogar la trayectoria política de Eduardo Accastello. Es, sin dudas, un hacedor, un optimista de las inauguraciones y la iniciativa política, pero estas virtudes no le han deparado, como podría esperarse, las mieles del reconocimiento popular, con la clara excepción de la Villa María comarcal.
Nadie pone en duda que Accastello fue un gran intendente, que cambió la fisonomía de su ciudad en una época política signada por las dificultades para la enorme mayoría de los municipios cordobeses. Pero, de la misma manera, tampoco se discute que su magia consistió en interpretar un papel de chamán mediterráneo con el suficiente poder para invocar a las deidades del kirchnerismo para que invirtieran ingentes cantidades de dinero en sus proyectos locales.
A decir verdad, fueron muchos los intendentes en todo el país que lograron este tipo de ventajas durante la década de Néstor y Cristina. Pero el villamariense resultó uno de los más duchos para capitalizarlas políticamente. Es un hecho que, en un distrito dominado monolíticamente por el peronismo anti K, Accastello logró siempre resistir y ganar en su territorio. Propios y extraños reconocieron este mérito al punto tal que, en la generalidad de la clase política, no existieran mayores agravios contra su persona.
Sin embargo, estos méritos parecen haberse evaporado junto con la presidencia de Cristina Fernández. Por estas horas, y en el imaginario popular, el exintendente parece condenado a padecer las mismas sospechas que acompañan a Julio de Vido y compañía. Es un destino triste y, en muchos aspectos, injusto.
Lo llamativo del caso es que Accastello supo sobrevivir otros cambios de época sin mayores contratiempos. A finales de los ’90, resultó ser uno de los niños mimados de Carlos Menem cuando, después de más de diez años de militancia, arrebató al radicalismo la municipalidad de Villa María. Su relación fue tan sólida que los memoriosos recuerdan, incluso, que la chilena Cecilia Bolocco debutó como presentadora en la Argentina en el famoso Festival de Peñas.
A diferencia de otros, esta proximidad no le deparó mayores inconvenientes cuando llegaron los malos tiempos. Tan pronto el riojano fue abandonado por su mítica buena estrella, Accastello se las arregló para alejarse de su agonía política. Lo hizo en silencio, sin protagonizar indignidades ni traiciones, pero no dudó en soltar amarras. Rápidamente devino en delasotista, integrando el gabinete provincial como Ministro de Gobierno a mediados de la década pasada. Nadie le reclamó entonces por su pasado menemista y, a tono con sus ambiciones, no pasó mucho tiempo para que se lo reconociera como una de las promesas de renovación del peronismo.
Es así. Mucho antes que MartínLlaryora entrase en escena (y, mucho menos, Esteban Llamosas o Daniel Passerini) el villamariense se presentaba como uno de los créditos del justicialismo local. Era lo nuevo, un renovador experimentado por su paso por la gestión pública y por su natural empatía con los poderosos de turno. Su candidatura a diputado nacional por Unión por Córdoba en 2005 pareció simbolizar aquél destino, una visión a la que contribuía su sintonía con José Manuel de la Sota.
Pero, a poco de andar, su derrotero cambió nuevamente de rumbo. En una fecha imprecisa (el hombre nunca fue un enamorado de los portazos) comenzó a transformarse en un referente K, cuando aquella consonante todavía representaba un mundo fantástico de promesas y milagros económicos. Cuando regresó a la intendencia en 2007 su alianza se hizo explícita, aunque cuidando siempre las formas respecto a su partido de origen. Salvo su sonada polémica con Juan Schiaretti, casi ningún peronista lo consideró nunca como un kirchnerista irrecuperable; de hecho, hasta el propio de la Sota lo mantuvo in pectore como uno de los posibles integrantes de la fórmula oficialista para las elecciones de 2015.
Accastello usufructuó su entendimiento con la Casa Rosada con gran estilo. Durante al menos cinco años, Villa María fue una especie de Dubai de la pampa gringa, un lugar lleno de obras públicas e inversiones en infraestructura. “Así cualquiera”, afirmaban los escépticos. No obstante, y como sabe cualquiera que haya pasado por un cargo público, tener plata es una cosa y saber ejecutarla otra distinta. Es cierto que el villamariense fue beneficiado por grandes transferencias de fondos nacionales, pero no es posible poner en entredicho su tesón y empeño en concretar los proyectos comprometidos.
Lamentablemente, al entregar el mando a su sucesor, Martín Gill, su figura comenzó a desdibujarse. El sonado caso CBI primero (aunque de mucho ruido y pocas nueces)y, luego, su parentesco político con la claque de De Vido, ahora fuertemente cuestionada, puso a la defensiva a quien, en el pasado reciente, fue una de las grandes promesas dentro del exitoso peronismo provincial. A diferencia de su pasado menemista y de su intermezzo delasotista, esta vez no pudo escapar de la caída de sus mentores nacionales y populares.
Por cierto que, conforme a su estilo, intentó despegarse de sutiles maneras de su última filiación. Mientras negociaba con De la Sota su regreso a la madre nodriza peronista, se cuidó especialmente de no hacer kirchnerismo explícito. En muchos aspectos hizo todo lo contrario. Por ejemplo, y pese a ser el único K con votos propios en Córdoba, nunca le interesó especialmente unificar tras de sí a las ideologizadas mini tribus que pugnaban por el amor de Cristina, ni mucho menos seducirlas. Como buen justicialista, la izquierda jamás resultó de su agrado, ni siquiera las versiones más funcionales a la Casa Rosada espoleadas por su coterráneo Carlos Zannini.
Por estas horas, Accastello debería aceptar que el operativo de deskirchnerización no ha tenido el éxito que tuvieron sus fugas anteriores. Las últimas noticias no lo ayudan. Su suerte parece estar adherida a la de sus últimos valedores sin que, esta vez, tenga alguna alquimia convincente para conjurar el abrazo del oso herido, que promete arrastrarlo hacia las fosas abisales de los tribunales federales. La suya bien podría ser la historia de otro renovador que no fue, golpeado en partes iguales por la mala suerte, las tentaciones del poder (siempre volubles) y por la vocación de la política nacional por fagocitarse a sus propios hijos, sin distinguir los justos de los pecadores.