Romperse el traste

El industrial argentino prototípico hoy por hoy es alguien como José De Mendiguren: personajes que revolotean el poder en búsqueda de alguna ventaja administrativa que los beneficie.

Por Gonzalo Neidal
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20-10-2016_buenos_aires_el_presidente_macriEn el concepto de Marx, una clase social podía ser considerada como dominante cuando lograba hacer pasar sus propios intereses de clase como objetivos generales de la sociedad en su conjunto.
En la Argentina, los industriales tienen pendiente esa tarea. Nunca lograron marcar el rumbo de la sociedad. Adolecieron siempre de debilidad crónica, de ausencia de vigor histórico e incluso carecieron de un “relato”, que viene a ser la versión popular de la voluntad de impregnar a la sociedad de una ideología enderezada hacia la construcción de un país con eje en el desarrollo industrial.
Este fracaso explica, en gran medida, nuestros padecimientos económicos.
Al cabo de dos siglos, tenemos una clase industrial con capacidades diferentes, que ha sido incapaz de cumplir el mandato de Francisco, de ponerse el país al hombro.
Perón, consciente de ese déficit, gustaba de poner industriales al frente de la conducción económica. Primero, Miguel Miranda. Después, José Gelbard. Era una señal y una voluntad de construcción de una industria propia a partir de protagonistas indubitables.
El de la Fundación Mediterránea fue otro de los intentos serios de construir poder industrial con influencia cierta en la toma de decisiones. Piero Astori fue un hombre clave en este proyecto. Sus logros no fueron menores: instalaron a Domingo Cavallo y su equipo en la cúspide del poder económico del país.
El industrial argentino prototípico hoy por hoy es alguien como José De Mendiguren: personajes que revolotean el poder en búsqueda de alguna ventaja administrativa que los beneficie. Eternos propiciadores de devaluaciones que los releve de aumentar la productividad, viejos maniobreros de ventajas cambiarias, impositivas y arancelarias, conciben su desarrollo y enriquecimiento a partir de decisiones administrativas más que como la resultante de sus impulsos creativos. Son lo contrario del industrial “schumpeteriano”, innovador, pionero, comprometido con sus productos y sus máquinas.
Hace horas el Presidente Macri habló ante cientos de industriales reunidos en un almuerzo del Consejo Interamericano de Comercio y Producción (CICyP). Y les tiró las orejas. Les habló bien claro. Les dijo que ahora tienen un gobierno que no les echa la culpa de la inflación, que los apoya, que los incentiva a la producción. Ahora carecen de pretextos, tienen un clima favorable para producir. Pues entonces, háganlo. Macri los invitó a “romperse el traste”, gráfica figura de uso popular identificada con el esfuerzo intenso.
Con mucha razón, Macri iguala la lucha contra la pobreza con el aumento de la producción. No hay otro camino consistente. Los invitó a aumentar la productividad y a esforzarse, a dejar de especular y ponerse a producir.
Quien quiera oír, que oiga.
Eso sí: si los empresarios no toman el toro por las astas, si no se ponen las pilas, luego no deberían venir a quejarse de una restauración populista que vuelva a empantanarnos.



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