Brasil y Argentina en un juego de espejos

En términos de Gramsci, Brasil habría encontrado su rumbo a través de un discurso hegemónico previo y durante el mandato de Lula Da Silva, más allá de su lucha por el desarrollo de una sociedad llena de contrastes y conflictos.

Por Eduardo Dalmasso

Brasil
brasil-argentinaEn términos de Gramsci[1], Brasil habría encontrado su rumbo a través de un discurso hegemónico previo y durante el mandato de Lula Da Silva, más allá de su lucha por el desarrollo de una sociedad llena de contrastes y conflictos. Sin embargo, las profundas contradicciones de Brasil, muy bien disimuladas durante la gestión de Lula, comenzaron a aflorar durante el gobierno de DilmaRouseff, para terminar estallando al inicio de su segundo mandato.
El proceso de distribución de ingresos había comenzado a mostrar su agotamiento, al calor de una política que termina afectando la competitividad de los sectores industriales. Por otra parte, comienza a hacerse insostenible el sistema de alianzas políticas, al quedar en evidencia sus niveles y pactos de corrupción. Es decir, pérdida de ingresos esenciales por la baja del precio de los commoodities y la consiguiente merma en la capacidad de crecimiento económico. Además, la puesta en marcha de un plan contradictorio con el programa electoral y, por lo tanto, sin liderazgo reconocible en la persona de Dilma. Paradójicamente, a la Presidente no se la puede acusar fácilmente de corrupta dentro de un juego en que todo parece serlo. La tormenta perfecta.
Nuestra mirada es que los sectores hegemónicos de Brasil van a redefinir el sistema de alianzas y a rehacer el proceso político necesario para reconstituir las bases del proyecto, que permitieron su importante crecimiento y rol dentro de los países emergentes. No sin contradicciones ni conflictos, y seguramente con algún nivel de retroceso del bienestar social. Esta percepción está sujeta al logro de una mayor competitividad del sistema económico y una importante renovación de los actores políticos.
Espejo
Desde nuestro punto de vista, Argentina sigue debatiéndose entre una sociedad nueva que no termina de aflorar y una sociedad vieja que no termina de morir. El ir y venir en la concepción y ejecución de las políticas públicas, no es otra cosa que la demostración palpable de un sistema de actores y de poder de suma cero. Esta lucha se manifiesta, por ejemplo, en que durante el 2003 el ingreso per cápita de Argentina era del mismo nivel que a principios de los 70, mientras que el crecimiento per cápita de Brasil, equivalente a un tercio de la Argentina, hoy es similar[2]. La crisis actual de Brasil, no puede ni debería oscurecer esto. Para mayor claridad, observar las antípodas ideológicas del actual gobierno respecto a los inmediatos anteriores.
No es extraño. En Brasil, su clase dirigente representó un proyecto incluso si consideramos los períodos militares. Ese rumbo coherente es lo que permitió su crecimiento, y se asentó en una clase dirigente que convergió en el modelo de desarrollo y de acumulación de capital. Hubo una mayor consideración de los estados pobres del Noreste, como consecuencia de la reforma constitucional.
Este desarrollo previo, sin duda, ha generado nuevas contradicciones como derivación del agotamiento de un modelo económico y político, disimulado por la bonanza de los precios internacionales de los commodities.
En la ideología del modelo brasilero convergían los intereses de los sectores industriales, de los propietarios más avanzados tecnológicamente del campo y de las estructuras burocráticas del Estado, lideradas por el palacio de Itamaraty[3].
Esta convergencia implicó liderazgos situacionales según el nivel de conflictos a superar y a partir de ellos, sus matices. Todos, hasta la actual crisis, implicaban una cultura de superación y de la voluntad política de hacer de Brasil un país que gravite en el mundo. Hoy, la sociedad brasileña, se encuentra ante un punto de inflexión, que le exigirá nuevos estilos de liderazgo y profundas reformas para sostener dicha cultura.
A pesar de todo, Brasil sigue siendo un jugador fundamental dentro del concierto latinoamericano. La recuperación de su economía es clave para los desafíos que embargan a la totalidad de nuestros países sudamericanos, también para el sistema de alianzas de los países que se integraron el BRIC. Dentro del nuevo juego de poder mundial, este país se constituye en una pieza clave dentro del tablero de reacomodos que exige la profunda crisis económica internacional. De allí, la atención en su probable derrotero de parte de sus aliados latinoamericanos, principalmente de los miembros originarios del Mercosur, de los países emergentes, China y los países centrales del Norte.
Más allá del ruido que produce su actual crisis, y consecuentes movimientos aleatorios, con sólo estudiar las ponencias de política exterior de Rusia respecto al BRIC o del Departamento de Estado referido a América Latina, clarificamos lo expuesto.
Por lo contrario, nuestra historia no muestra una situación de crisis única. Más bien, una serie de crisis que ha ido horadando el cuerpo social hasta llevarlo a un nivel de pobreza. De cada tres argentinos uno es pobre y con alto porcentaje en condiciones miserables.
Todo dentro de un período que, cimentado en el gobierno del proceso militar del 76 al 83, ha ido revelando una serie de contradicciones, de intereses, una cerrada e intransigente cultura y, por lo tanto, conductas de una soberbia casi infantil. Lo anterior se manifiesta en comportamientos de características tribales, que nos llevan a interrumpir proyectos o postrarlos. En este tipo de actitud no ha habido diferencias, cualquiera haya sido el sector o cuadros políticos que puedan haber predominado en el poder. En consecuencia, carecemos de una política internacional estable, y de allí la falta de confiabilidad.
En todos los proyectos de avanzada tecnológica y educativa hemos sido pioneros. Por ejemplo: Energía atómica, obras hidráulicas, industria aeronáutica, metal-mecánica, industria naval, de defensa, industria de misiles, técnicas agropecuarias y otras que, luego de su impulso inicial, pierden vigencia o sencillamente son abandonadas a su propia suerte. Lo mismo ocurre con el sistema educativo.
Esta situación -a la cual denomino “guerra civil encubierta”[4]-, por sus características, nos ha ido limando principios y, consecuentemente, facilitado la corrupción y la mediocridad.
Brasil pensaba tiempo atrás que sería nuestro espejo para inducirnos a reaccionar y tomar conciencia de que el cambio es posible. Hoy, indudablemente, ese espejo está empañado y estimo que sin reconocimiento de nuestras contradicciones y conductas del todo o nada. No podremos emerger del caos político y el infantilismo económico, expresado por la derecha y por la izquierda.
El esfuerzo social es lograr desarrollar una nueva visión de la práctica política que permita plasmar un proyecto integrador de nuestras potencialidades. No desconociendo las contradicciones, sino por el contrario, a partir de su reconocimiento, porque esto define la posibilidad de una práctica política diferente.
Fructífero sería un símil de “El pacto de la Moncloa de Argentina”. Pero, para que tenga significado, no sólo debería expresar la voluntad de perfeccionar las reglas de juego democráticas, sino que debería integrar un acuerdo sobre la contribución sectorial a un proyecto de desarrollo.

Mirarnos y proyectarnos
La propia experiencia democrática nos revela su condición necesaria pero no suficiente. Lo suficiente, que nunca será definitivo, es la necesidad de discutir el proyecto integrador y ponernos de acuerdo sobre los puntos fundamentales para tener en claro los objetivos y poder trazar un camino. Recorrido que para algunos podrá estar más a la izquierda o más a la derecha, pero que no debería tener vuelta respecto a los fines y en la coherencia de la acción para su logro.
Necesitamos acordar sobre el rol del sector agropecuario, de las universidades, de la industria, de la inversión extranjera, del sector financiero, la autonomía y el rol de las provincias, la contribución del conjunto de la Nación al nivel de vida de la capital federal, las directrices sobre el cono urbano bonaerense (hoy tierra de nadie), el papel del movimiento obrero en un proceso productivo, cómo rescatar a los niños desposeídos, definir nuestra potencialidad y la reforma educativa consecuente. Cualquiera de estos ítemes implica un desafío político e intelectual. Detrás de todo ello, el cómo equilibrar el poder del Parlamento con la práctica presidencial.
Todo lo esbozado presupone una intelligentzia[5] que carecemos pero que necesitamos desarrollar, al igual que liderazgos diferentes. Para esta finalidad, tendría que existir un gran esfuerzo de revisión en nuestro sistema educativo. Especialmente en el sistema universitario que, a mi juicio y por sus prácticas políticas relevantes, reproduce y amplía los valores sociales predominantes. En específico el desconocimiento del valor del pensamiento crítico y del mérito como principio fundamental de la construcción de la República.
Observemos el significado de la frustración del gobierno de Alfonsín, la abdicación de la gestión de Menen, la ceguera de De la Rúa, la crisis institucional y económica del 2001 y las condiciones que permitieron la resurrección post crisis. Luego un período excepcional de precios internacionales de nuestra principal riqueza, con la mantención de una pobreza devenida estructural agravada. Hoy, sin embargo, el comportamiento de la dirigencia, y de todos los sectores, si bien no es igual, no es demasiado diferente a lo que hemos visualizado como constante y para mal en nuestra historia democrática.
Conducir el Estado requiere de voluntad política pero también de mucho conocimiento y compromiso. Fundamentalmente, la capacidad de articular un proyecto basado en expresiones de poder real, aun queriendo su superación.
Por supuesto que estamos aprendiendo el juego democrático, pero a veces nos parece que la frustración de las ilusiones de los setenta se ha traslado a conductas tan impropias como las de aquellos que antes acudían a las Fuerzas Armadas o que siguen hoy apelando a políticas para minorías. Es importante tomar conciencia de todas estas gestiones, porque las mismas implican un callejón sin salida.
Sin embargo, debemos conciliar la flexibilidad dentro de un marco de respeto por las diferentes ideologías que deben guiar nuestras decisiones. La renuncia plena a la guía de un marco ideológico deviene inexorablemente en un discurso que sólo valoriza lo pragmático y el oportunismo en las decisiones. Esto selló pautas en el comportamiento político de la década de los ochenta, los noventa y aún en este principio de siglo, que no terminó con “el que se vayan todos” y puso en evidencia que el problema de la corrupción, no es sólo de Brasil
La fractura de la sociedad argentina se pone en evidencia en su comportamiento tribal. Lo que deriva en resultados incomprensibles para la intelectualidad del resto del mundo.
Este procedimiento primitivo obedece, al menos en parte, a la carencia de un sector que pueda impulsar un discurso hegemónico. Un relato que prevalezca como derrotero de las decisiones, más allá de los matices de las respectivas orientaciones. Por otra parte, a los actores políticos, por la complejidad de nuestra realidad, tampoco les es fácil encontrar un equilibrio de intereses a la manera que lo logran los políticos uruguayos, por ejemplo.
La pequeña burguesía, que es lo que representa el espectro político, ha demostrado no situarse en el significado de las políticas de Estado. El capitalismo de amigos ha sido común a todos los gobiernos. No existen acuerdos sobre las grandes directrices, tampoco nuestra sociedad madura los valores sociales y políticos claves como para auto-regirse.
El sector con mayor participación del capital nacional, el agropecuario, no logra manifestar con firmeza un proyecto político abarcativo. Por lo contrario, por momentos, en función de algunos de sus discursos, termina no diferenciándose de cualquier práctica corporativa.
El sector industrial, minero y de servicios ha perdido gravitación ante el capital internacional. No así los sectores vinculados al agro o industrias puntuales de carácter oligopólico. Demostraciones de la falta de claridad sobre el proyecto a defender. Dentro de ese cuadro, el gremialismo se debate entre lo corporativo y la defensa de políticas inclusivas, para terminar mirando su ombligo.

Decadencia sin fin
La falta de un discurso predominante y motivador influye en que los gobiernos, para sostener su poder, asuman como necesario un estilo cesarista[6]. Claro, también esto sucede no sólo por la falta de cultura democrática, sino porque el comportamiento tribal al que se enfrentan solo puede ser contenido con una respuesta política entre autoritaria y popular. Esta modalidad de réplica plantea límites muy rápidos a cualquier despliegue político.
En resumen, y para el debate, la pérdida de poder político de los sectores agroexportadores, la derrota del proyecto populista de Perón, la ruptura desequilibrada que significó el frondizismo y la posterior cooptación ideológica oscurantista de los cuadros militares, derivó en un juego de intereses inestable. La coyuntura internacional fue facilitando a uno u a otros cierto predominio. Esto fue degradando al Estado en su composición y funcionamiento.
Argentina, en esta tarea de demolición mutua, fue humillando a los cuadros militares y a la propia cultura de la dirigencia política. De ahí que nos cueste comprender por qué nuestros resultados son tan diferentes a los de Chile o al Brasil del “desarrollo sostenido”.
Las respuestas necesarias para el logro de cambios exigen modificación de paradigmas y manifestaciones de la voluntad política. Obviamente, iniciativas diferentes a las que nos han caracterizado. A modo de ejemplo, es vital no recaer en el cepo dependiente de la deuda externa.
Aparece como imprescindible un acuerdo entre el sector sindical, el campo y la industria, basado en la realidad. La práctica gremial tiene particularidades inéditas en el concierto latinoamericano. Este acuerdo sólo puede conformarse desde la acción política y con actores creíbles que nos permitan volver a soñar.
El objetivo a converger es un modelo de acumulación de capital que permita la superación de la inestabilidad, que nos lleva a la decadencia perpetua. Organización cuya factibilidad no podrá ni debería soslayar a los que están fuera del mercado. Por supuesto, si no logramos este acuerdo y los liderazgos apropiados, creo podremos prever el resultado. Sin embargo, estoy convencido de que sí podemos hacerlo.



[1] Filósofo, teórico marxista, político y periodista italiano.
[2] Informe IARAF. 2009.
[3] Es un edificio brasileño ubicado en Brasilia, diseñado por el arquitecto Oscar Niemeyer. La expresión “El Itamaraty”, tomada de este edificio, se utiliza frecuentemente para referirse al Ministerio de Asuntos Exteriores y al conjunto de la diplomacia brasileña.
[4]Contradanzas. CEA-Ferreyra Editores-2004.
[5] Clase social compuesta por personas involucradas en complejas actividades mentales y creativas orientadas al desarrollo y la diseminación de la cultura, incluyendo intelectuales y grupos sociales cercanos a ellos.
[6] Sistema de gobierno centrado en la autoridad suprema de un jefe militar, y en la fe en su capacidad personal, a la que atribuyen rasgos heroicos.


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