¿Estado bobo o gobierno delincuente?

Un estado grande pero ineficiente al momento de cumplir el rol que se le ha encomendado. Un estado bobo en cuyas narices se delinque de la peor manera en perjuicio del país.

Por Gonzalo Neidal
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Juan José Gómez Centurión
Juan José Gómez Centurión

Así como la semilla contiene al árbol (o el huevo a la serpiente), existen episodios que por sí solos nos dan idea cabal y afinada de toda una época.
En estos días, poco después de la restitución en su cargo, Juan José Gómez Centurión recordó diversas irregularidades que encontró en uno de los lugares más propicios para el delito: la aduana. Uno de esos casos resulta increíble, por lo descomunal y descarado. Se trata de importaciones solicitadas y aprobadas, dólares vendidos por el Banco Central a los supuestos importadores, dinero girado por éstos al exterior en pago de las importaciones pero la mercadería importada nunca ingresó al país. La cifra de esta operatoria denunciada por el titular de Aduanas asciende a la friolera de US$ 14.000 millones, equivalente a lo que la propia Aduana recauda en impuestos y aranceles durante cinco años.
¿Cómo existió tanto descontrol? ¿Cómo pudo ser que el estado omitiera cumplir con su tarea? ¿Cómo puede ser que ni el Banco Central ni la Aduana no hayan supervisado que los dólares –tan escasos y cuidados- fueran aplicados a los fines para los cuales habían sido cedidos por la autoridad monetaria?
Existen dos explicaciones posibles.
Una, la ineficiencia. Un estado grande pero ineficiente al momento de cumplir el rol que se le ha encomendado. Un estado bobo en cuyas narices se delinque de la peor manera en perjuicio del país. Si los funcionarios de aduanas no saben controlar que los importadores que compran dólares al BCRA y los giran al exterior luego no ingresan la mercadería, cometen negligencia lindante con el delito. Perjudican el erario público.
Tanta torpeza es perpetrada por quienes son fervientes defensores de una amplia participación del estado en la economía, con el argumento de que ese es el camino apropiado para defender los intereses del país.
La otra posibilidad es el delito. Que el país haya estado en manos de grupos encumbrados en el poder que hayan delinquido sistemática y organizadamente con fines particulares o de sector político. Esta posibilidad no puede ser descartada en absoluto, por supuesto. Sobre todo por la magnitud monetaria y el volumen físico de las infracciones. El gobierno instaló el cepo cambiario en razón de la escasez de dólares. Las importaciones debían ser autorizadas en su mayoría. Hasta tal punto se cuidaban los dólares que Guillermo Moreno exigía a los importadores que exportaran en igual cantidad, lo cual resultó una payasada formidable. Ahora bien, con tal escasez de divisas, ¿cómo fue posible que no se detectaran 14.000 millones de dólares girados al exterior sin el ingreso de la mercadería correspondiente?
Quienes hablan de la necesidad de un “estado fuerte” dejan escapar la tortuga ya sea por grave negligencia o incapacidad, ya sea por participación en delitos importantes y cuantiosos. La justicia deberá determinarlo.
Y el gobierno “neoliberal”, supuestamente partidario de hacer desaparecer al estado, es el que pone orden en la aduana, frena el delito y, de ese modo, protege los intereses nacionales en un sector crítico, además de peligroso y corrompido. En definitiva, fortalece al estado y defiende la recaudación de recursos para el país.
¿De qué lado están los intereses del país? ¿Hay que tolerar la ineficiencia (o el delito) si se los comete en nombre de la patria?
En países como el nuestro, la eficiencia es revolucionaria. Y “nacional y popular”. Está a la vista.



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