Stranger Things, un juego de velos

Una de las novedades de Netflix no duda en acudir a los artificios clásicos del cine de terror para hacernos saber que no queda más que ficciones.

Por Lic. Roberto J. Cordero

stranger_thingsParece que ya la vimos, pero igual asusta. El pueblo rural, el sheriff, la escuela secundaria con el bando de los nerds y el de los que se burlan, las bicicletas, el bosque.  Mientras la mayoría de las series contemporáneas nos acostumbran a que los buenos no son tan buenos ni los malos tan malos, Stranger Things (Netflix, 2016) apuesta a dejar las cosas en su lugar, sin dobles intenciones. Tampoco le hace falta un cuerpo metódicamente descuartizado.
Basta con tomas largas apuntando al final del pasillo oscuro, o primeros planos que dejan visible el fondo de la imagen para mantener a su público expectante. Los ruidos bruscos sacuden eternos segundos de silencio y la cámara deviene ojos de algo que merodea en la noche, mientras dos adolescentes se inician en los juegos sexuales. No dejamos de movernos en el sillón. ¿Por qué la nueva entrega de Netflix acudiría a los clisés del cine de terror de los años ‘80, en una época en que las series parecen no estar interesadas en los velos?
Al igual que los seguidores de esta serie, todos sus personajes están afectados por los sucesos extraños que ocurren en el pueblo. Excepto uno, el profesor de ciencias naturales de la escuela. El Sr. Clarke (Randall P. Havens) es un hombre correcto que mantiene una relación especial con los niños protagonistas, los más aplicados de la clase. Él despliega su saber científico ante la curiosidad de estos jóvenes. Pero las fantasías pierden su magia con las explicaciones de la física. El profesor sabe que detrás de todo no hay más que átomos y aire.
Sin embargo, los niños retienen las teorías y las ponen a trabajar para resolver sus preocupaciones. Así van experimentando el heroísmo, amistad, amor, traición y demás emociones propias de las relaciones humanas y de los ideales de vida que las ordenan, de modo singular para cada uno.
En un momento de la serie, Clarke y su novia miran una película de terror. Ella lo abraza aterrada. Él, despreocupado, es capaz de advertirle que la escena se hizo con chicle derretido. Mientras denuncia las máscaras, su vida transcurre como una existencia plana entre el cinismo y la frialdad de los protocolos sociales. Para él la verdad está más allá de los velos, y pretende cifrarla en fórmulas para que no lo afecte.
El psicoanalista francés Jacques Lacan decía que la verdad tiene estructura de ficción, para recordarnos que los velos son la única manera de acercarnos a la verdad, siempre escurridiza. Varios fenómenos de nuestra época -entre ellos muchas de las series norteamericanas- pretenden atravesar los velos para alcanzar lo que habría detrás. Una tarea imposible que deja en su estela imágenes explícitas, cámaras ocultas, entramados ilícitos en las esferas que tienen a su cargo la protección de la ciudad, guardias de hospitales y demás situaciones impactantes.
Con su mundo de luces y sombras matizando un relato clásico, Stranger Things no pretende ir más allá de los velos. Los utiliza explícitamente para recordarnos que, a pesar de ser ficciones, producen efectos. Y eso es lo que verdaderamente importa.



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