Ojos llenos de asombro

La escritora chilena Andrea Jeftanovic, que presentó su volumen de cuentos “No aceptes caramelos de extraños” en la reciente Feria del Libro Córdoba, es una de las privilegiadas autoras que logra traducir con precisión el universo infantil, a través de relatos especialmente conmovedores.

Por J.C. Maraddón
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ilustra-dibujo-infantilLa niñez es un periodo vital que ha sido descripto con precisión en innumerables obras de arte. Grandes clásicos de la literatura o del cine tienen como protagonistas a personajes que son niños y que ven al mundo desde ese estadio que le confiere a su persona características muy específicas, como la vulnerabilidad, la inocencia o la picardía. Todos hemos vivido esa etapa de la vida en la que predomina la curiosidad, porque todo lo que para nuestros mayores representaba el episodio más obvio, para nosotros era completamente nuevo.
Sin embargo, por más que haya casos en los que esas aventuras de ficción estén incluso narradas en primera persona, sabemos que quienes las cuentan son adultos. Tenemos la seguridad de que son novelistas o guionistas que, desde sus 30 ó 40 años, hacen un esfuerzo por ubicarse en el lugar de un niño y por imaginarse como actuaría/sentiría/pensaría un infante frente a las situaciones que le toca atravesar. Y nosotros, que abordamos esa fantasía desde nuestro propio recuerdo, aceptamos caer en la trampa. Forma parte de las convenciones que se establecen entre los creadores y quienes acceden a su producción
Los mejores resultados dependen, en todo caso, no tanto en lo mucho que se acerque el narrador a la psiquis infantil, sino más bien de la verosimilitud de su obra. Y en esto, el asunto no difiere mucho si el personaje es una criatura, un anciano o un extraterrestre. Lo importante es cuán creíble sea para el público lo que se está relatando. Si nos lo cuentan bien, podemos creernos la Guerra de los Mundos, de las Galaxias o del Planeta de los Simios. Lo trascendental, siempre, es la calidad artística del escrito. Bajo esa condición, todo es posible; hasta aquello que, si nos lo bajaran a un lenguaje llano, descartaríamos por su inula factibilidad.
Pero hay artistas virtuosos que, por un don especial o por una aplicación profesional infrecuente, evocan el alma de un niño con tanta certeza que, ante nuestros ojos, no puede caber duda de que quien nos habla no es un adulto. Por más que se empleen palabras complicadas y recursos literarios complejos, seguimos convencidos de que es una voz infantil la que escuchamos. Y ese efecto nos produce la dulce sensación de retrotraernos al tiempo de la infancia, no ya como una evocación, sino como una convicción plena de que hemos recuperado esas ilusiones y esos temores que habíamos perdido hace años.
La escritora chilena Andrea Jeftanovic es una de esas privilegiadas. En la reciente Feria del Libro Córdoba, presentó su volumen de relatos “No aceptes caramelos de extraños”, editado en argentina por el sello local Portaculturas. Y si bien allí su mirada se reparte en varios caracteres, son especialmente conmovedores aquellos en los que traduce el universo infantil. La manera en que va hilando las imágenes, percibidas con ojos llenos de asombro, recrea un paisaje que no es el que observamos desde nuestras pretendidas alturas, sino el que atisban quienes apenas levantan unos centímetros del suelo. Y eso es una virtud poco habitual.
Dueña de una obra que abarca novelas, ensayos y cuentos, Jeftanovic ofrece una variante de prosa poética que apela a trucos retóricos admirables, sin perder su tono ascético y preciso, que es el mismo con el que ella encaró la lectura de un relato en ocasión de su presencia en el Cabildo Histórico cordobés. Los niños que ella imagina, atraviesan nuestra epidermis y nos llegan hasta las vísceras, allí donde nuestras vivencias infantiles permanecen acurrucadas, sin atreverse a escapar por miedo a avergonzar al adulto en el que nos hemos convertido.



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