¿Para cuándo una marcha por la coherencia?

Paredes de edificios públicos y privados de Rosario manchados con graffittis escritos con materia fecal, una ciudad vandalizada, invadida por manifestantes que hacen alarde de su vocación de violencia.

Por Daniel Gentile

2016-10-10_manifestacion_coherenciaParedes de edificios públicos y privados de Rosario manchados con graffittis escritos con materia fecal, una ciudad vandalizada, invadida por manifestantes que hacen alarde de su vocación de violencia.
Bajo las consignas “basta de femicidios” y “aborto legal y gratuito ya”, Rosario fue esta vez el escenario elegido para lo que se presenta con la denominación inocentemente institucional de “Congreso Nacional de Mujeres”.
La coherencia intelectual no está, aparentemente, en la agenda del movimiento feminista que convoca a estos actos. Ni coherencia entre las consignas, ni entre discurso y acción.
Piden el fin de la violencia contra las mujeres. Piden que se autorice la violencia extrema contra las personas por nacer. Piden no más muerte y piden licencia para matar.
Pronuncian palabras reclamando tolerancia y arremeten físicamente contra quienes suponen que sustentan posiciones diferentes.
La tinta que utilizan para que las paredes hablen no es mejor que lo que les hacen decir a las paredes. “Muerte al macho.” “Ante la duda, tú la viuda.” “Machete al machote.” “Si me tocas te mato.” “Fuego a la iglesia.” La más suave de las inscripciones es “la calle es nuestra”. Que es una forma de proclamar la verdad evidente de que actúan ante la mirada pasiva y cómplice de los poderes político y comunicacional.
En cada uno de estos “congresos”, el feminismo, movimiento que nació con ideales nobles, literalmente se desnuda. No porque las manifestantes se quiten la ropa (en un desafío inentendible en quienes no quieren “ser cosificadas”), sino porque estos encuentros sirven para poner al descubierto el verdadero rostro de esta ideología.
Dicen representar a las mujeres, pero sus proclamas y sus acciones deslegitiman ese supuesto mandato tácito. La mayoría de las mujeres no se dedican a reivindicar la venganza y la violencia. La mayoría de las mujeres –me consta- no se sienten representadas por estos grupos de choque altamente ideologizados. Un movimiento que se propone desfeminizar a las mujeres y mostrarlas como terroristas que quieren hacer estallar el universo, encuentra en las mujeres a sus primeras víctimas.
Los feministas dejan en claro, con sus palabras y sus actos, que no buscan la concordia, sino que promueven el odio, exteriorizado en cada una de sus consignas.
No son pacifistas. Todo pacifismo sectario es violento. Detrás del “basta de violencia contra las mujeres” hay un explícito “adelante con la violencia contra los hombres y los niños por nacer.” Lo han dejado escrito en las paredes.
Exigen tolerancia y arremeten contra la Catedral porque la Iglesia Católica es antiabortista. Es cierto que la Iglesia tampoco se ha caracterizado por la coherencia en sus dogmas, pues condena el aborto mientras históricamente ha avalado la pena de muerte. Sin embargo, la penalización del aborto no es responsabilidad de la Iglesia. Es una posición ética y jurídica, no religiosa. Entre quienes sostienen que el aborto es un crimen hay creyentes de todas las religiones, agnósticos y ateos. Sus fundamentos son los mismos que permiten condenar todo homicidio, incluida la pena de muerte.
Pero el tema de esta nota no es el aborto, sino el respeto al principio lógico de no contradicción llevado al plano de las ideologías.
Yo no tengo derecho a exigirle a nadie que piense como yo, y no tolero que nadie pretenda imponerme su escala de valores a garrotazos.
Pero, aunque más no sea por razones de precisión intelectual, puedo reclamarle a quien manifiesta que no incurra en paradojas evidentes. Si clama por el fin de una categoría de homicidios, que clame por el fin de todos los homicidios. Si grita “basta de muerte”, que no reclame impunidad para matar. Si dice luchar por la vida, que no escriba consignas letales. Si pide respeto por la diversidad, que no agreda al que piensa distinto.
La única marcha que en la Argentina queda por hacerse es la marcha por la coherencia.