La concertación como trampa

Estamos en presencia de un gobierno que hace y se rectifica, que aplica sus puntos de vista pero, si es necesario, luego retrocede y negocia.

Por Gonzalo Neidal
[email protected]

2016-10-05_gayHa trascendido la posibilidad que el gobierno nacional convoque a una especie de “mesa de diálogo” que viabilice algo que suele denominarse “concertación social”, instancia informal de conversación entre el gobierno y diversos sectores de la sociedad.
Por supuesto, todo lo que signifique diálogo merece siempre una fervorosa aceptación pues la conversación es un modo de resolver los problemas sin apelar a la fuerza. Siempre la palabra es mejor que la piedra.
Venimos de varios años de poder ejercido con estilo despótico. Nada podía discutirse al líder, encarnación suprema de la verdad y la revolución. Sólo los agentes del imperialismo y del Mal se atreverían a discutir con los redentores de los pobres.
Estamos en presencia de un gobierno que hace y se rectifica, que aplica sus puntos de vista pero, si es necesario, luego retrocede y negocia. Un gobierno que es fruto de una coalición en la que hay otras fuerzas políticas y personalidades con peso propio, como Elisa Carrió, que hace conocer su voz crítica sin miramientos ni pudores.
Este es, también, un gobierno que tiene minorías en ambas cámaras legislativas, lo que supone la negociación como método rutinario para aprobar leyes.
No, diálogo no es algo que esté faltando en estos momentos. Forma parte del estilo de gestión. Probablemente por necesidad pero quizá también por convicción.
Pero una mesa permanente de concertación ya es otra cosa.
Dialogar con diputados y senadores contiene una cuota de legitimidad indudable. Son producto de la expresión del voto ciudadano, de la voluntad popular. El pueblo se expresó en las urnas y ahora sus representantes deben entenderse, negociar, dialogar.
En una mesa de diálogo ya es una instancia distinta. Aparecen los “sectores”, denominación un tanto difusa, cuya legitimidad y representatividad política es discutible, además de muy difícil de cuantificar. Cada sector tendría así la posibilidad de plantear al poder sus necesidades, sus demandas, sus apetencias sectoriales. Y para ello no es necesario tener en cuenta la viabilidad global del pedido o de la exigencia que se pueda expresar. Los “sectores” están relevados de sopesar si sus demandas son posibles de concretar.
De tal modo, estos mecanismos de concertación corren el riesgo de transformarse en una larga ristra de gente que clama por sus necesidades fragmentarias y un estado que toma nota de reclamos que no podrá cumplir. La secuencia siguiente es que los demandantes insatisfechos acusarán de insensible al gobierno que no puede responder a todos los pedidos, que seguramente han de ser abundantes y fuera de alcance.
Por otra parte, si el gobierno accede es probable que corra el riesgo de caer en la tentación populista de creer que los fondos públicos son inagotables. Ya sabemos hacia dónde conduce esa convicción.
Se piensa que una mesa donde se negocien los problemas puede ser una prevención contra las rispideces sociales. Esa es una posibilidad, claro. Pero no hay que perder de vista que pueda transformarse en una fuente de nuevos conflictos.



Dejar respuesta