El dilema principal

A las retenciones no las inventó Macri. Ni siquiera Néstor. Ni Duhalde. Son el mecanismo histórico mediante el cual el sector más eficiente de la economía argentina (el agro) ha cedido parte de su rentabilidad al sector menos eficiente (la industria) y al resto de la economía, incluido el Estado. En Europa ocurre exactamente al revés: es la industria la que subsidia al sector agrario, que produce con precios por encima de los internacionales.

Por Gonzalo Neidal
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2016-10-04_macriEl gobierno no le está cumpliendo al agro. Y ambos lo saben. Pero no hay mayores reproches ni quejas excesivas. La razón es bien simple: hace un año, la soja cotizaba en Rosario 2.120 pesos la tonelada. Ahora, 4.000. Casi el doble.
Esta suba en la cotización es producto de varios factores convergentes. Uno, la suba del precio internacional. Dos, el aumento del tipo de cambio oficial debido al levantamiento del cepo cambiario. Tres, la rebaja del 5% en las retenciones, ya operada.
Todo ello hace que el precio que cobran los productores se haya elevado casi al doble en un año. No hay demasiados motivos para la queja, pese a que Macri no viene cumpliendo lo prometido.
Este aumento en la cotización ha permitido recuperar la rentabilidad del negocio agrario y también ha desparramado sus beneficios en los diversos componentes del sector que es vislumbrado como uno de los motores centrales que permitirá que el país en su conjunto logre quebrar varios años de recesión.
A las retenciones no las inventó Macri. Ni siquiera Néstor. Ni Duhalde. Son el mecanismo histórico mediante el cual el sector más eficiente de la economía argentina (el agro) ha cedido parte de su rentabilidad al sector menos eficiente (la industria) y al resto de la economía, incluido el Estado.
En Europa ocurre exactamente al revés: es la industria la que subsidia al sector agrario, que produce con precios por encima de los internacionales.
Históricamente, al implementarse una devaluación para acomodar el comercio exterior, se la hacía de forma “compensada”, es decir, reteniendo una parte de los beneficios que fluían al agro merced a esa variación en el tipo de cambio. En los hechos, esto equivale a tipos de cambio diferenciales: uno, barato, para las exportaciones agrarias, y otro, más caro, para las industriales.
Antes decíamos que la eficiencia del agro provenía de una “ventaja comparativa estática”, término acuñado por Aldo Ferrer. O sea, el agro era más eficiente casi sin quererlo: debido a la fertilidad natural de la pampa argentina.
Pues bien, esto ya no puede decirse de ese modo. La feracidad de las tierras pampeanas permanece pero se han añadido otros factores tecnológicos que han reforzado la eficiencia del sector y, naturalmente, su rentabilidad: siembra directa, maquinarias, tecnología en semillas, etcétera.
Mientras tanto, el sector industrial sigue en sus bajos niveles de productividad y eficiencia. Siempre anda pidiendo devaluaciones, protección arancelaria, créditos baratos. Un adolescente que nunca termina de ingresar a la adultez.
¿Cuántos años más durará esta diferencia de productividad? ¿Seguirá siempre así? ¿Siempre el agro deberá aportar al resto de los sectores sin que éstos logren emerger de un modo definitivo?
Este es uno de los dilemas centrales de la economía argentina, si no el decisivo.



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