Juez, traicionado por sus instintos kirchneristas

Invitada por la Asamblea Nacional ecuatoriana para imponerle la medalla Manuela Sáenz, Cristina Fernández de Kirchner fue víctima de una serie de acusaciones por parte del propio embajador argentino en Ecuador, Luis Juez.

Por Pablo Esteban Dávila

luis-juezEl matrimonio Kirchner entendió, durante sus tres mandatos, que la política exterior era una prolongación de la política doméstica. Este talante llevó al país a protagonizar sonoros papelones internacionales. Todavía se recuerda el maltrato oficial hacia el expresidente George Bush en Mar del Plata en 2005, el alicate del Héctor Timerman abriendo una valija oficial estadounidense en 2011 o el denostado Memorándum de Entendimiento con Irán de 2013, implorando la ayuda de los ayatolás para desentrañar la responsabilidad del mismísimo gobierno persa en la voladura de la AMIA.
La falta de una agenda propia en los asuntos mundiales obligó a la Argentina a ser una especie de perrito faldero de otros líderes que, amén de sus profundas equivocaciones ideológicas, sí tenían en claro lo que pretendían de sus vecinos. De tal suerte, el fallecido Hugo Chávez hizo las veces de un auténtico chamán de Néstor y Cristina, obligando al país a perseguir objetivos que nada tenían que ver con sus auténticos intereses nacionales, amén de protagonizar supuestas cruzadas antiimperialistas que, en los hechos, reportaron únicamente desprestigio y aislamiento internacional a la Casa Rosada.
Mauricio Macri devolvió racionalidad a la política exterior argentina, de esto no hay dudas. Es, pocos analistas lo dudan, uno de los actuales niños mimados de la opinión pública internacional. Su canciller, Susana Malcorra, es una de sus mejores ministros y la autora intelectual de muchos de los aciertos criollos en la materia. Sin embargo, ciertas designaciones diplomáticas ponen en entredicho la aparente infalibilidad del gobierno en este ámbito.
Una de ellas es el envío de Luis Juez como embajador a Ecuador. Nadie podía sospechar, el día después del triunfo de Cambiemos en la segunda vuelta electoral, que el presidente podría encomendar al exintendente un destino diplomático. Y no, precisamente, porque le faltara capacidad, sino porque el carácter y la trayectoria política del cordobés no auguraban, en modo alguno, la templanza necesaria para representar a la Nación frente a otro Estado soberano.
Esto es lo que acaba de suceder. Invitada por la Asamblea Nacional ecuatoriana para imponerle la medalla Manuela Sáenz, Cristina Kirchner fue víctima de una serie de acusaciones por parte del propio embajador argentino. A tal punto fueron sus dichos peyorativos que el Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Rafael Correa lo convocó a su despacho para expresarle “el más firme rechazo y disgusto del Ecuador por las declaraciones formuladas por él a medios argentinos, que no se condicen con la consideración que debe guardar hacia el país y sus autoridades, de acuerdo con las normas internacionales y la práctica diplomática”.
El enojo de Quito fue inclusive más allá. Debido a que Juez cuestionó –aunque sin mencionarlo explícitamente– que Correa se refiriera a la expresidente argentina como “una mujer icónica para América Latina” y la presentara como “víctima de la judicialización de la política”, el ministro Fernando Yépez Lasso lo amonestó afirmando que “No es aceptable (su) afirmación de que los ecuatorianos estamos equivocados respecto del prototipo de la mujer argentina, puesto que no le compete a él determinarlo. Lo que el Estado ecuatoriano y sus ciudadanos crean o piensen, es asunto interno de nuestro país (…) La Asamblea Nacional del Ecuador tiene la potestad y el derecho de imponer condecoraciones a quien considere. Su decisión, por lo tanto, no puede ser criticada por un agente diplomático extranjero”. Más claro, échese agua.
Lo paradójico de este equívoco es que Juez, lejos de respetar las adocenadas maneras de Cambiemos (su nuevo alma máter política) sacó a relucir su vieja chapa kirchnerista respecto al entendimiento de las relaciones internacionales. Es claro que, más allá de lo que el embajador piense respecto a la señora de Kirchner, ella viajó al Ecuador invitada por su Poder Legislativo en donde, aparentemente, goza de entusiastas apoyos. Juez nada podía opinar al respecto, ni mucho menos entrar en una discusión política con las autoridades anfitrionas. Aún más, en su carácter de representante diplomático nacional, incluso debería haber prestado asistencia a la expresidente porque, más allá de lo que personalmente le cause placer o angustia, ella no deja de ser una mandataria electa por el voto popular, un antecedente que resulta imposible soslayar. El dicho que razona sobre aquello que “lo cortés no quita lo valiente” es perfectamente aplicable al episodio.
Quien debe sentirse preocupada es Malcorra. Macri lleva adelante una posición muy dura respecto a Nicolás Maduro (un pariente cercano de Correa) pero se cuida muy bien de enemistarse con los otros populistas de la región, tales como Evo Morales o el propio presidente ecuatoriano. La canciller en persona alienta esta estrategia. Va de suyo, por lo tanto, que Juez no le ha hecho ningún favor con esta inconducente polémica, que traslada tensiones internas de la argentina al plano internacional sin ningún tipo de ventaja para Buenos Aires. Tal clase de diletantismo debería resultar inadmisible para quién tiene bajo su responsabilidad representar a la Argentina en el exterior.
Macri, por su parte, no puede protestar abiertamente por la conducta de su legatario. Fue advertido en demasiadas ocasiones sobre el arma de doble filo que constituye su protegido cordobés. Ahora no puede quejarse. Ya sin votos en su provincia, a Juez sólo le quedaba reinventarse en la oportunidad dorada que representaba una embajada. Pero nuevamente fue víctima de sus instintos más viscerales, que le impiden mostrarse como un político en permanente evolución. Lejos de ello, insiste en la fórmula apolillada de la denuncia, el denuesto personal y en su vocación de outsider, con la gran salvedad de que, en su actual posición, debería ser guiado como nunca por la prudencia de sus dichos y la corrección institucional de sus actos.