La marca sonora

A 25 años del arranque de una sociedad artística indestructible, el grupo mejicano Café Tacvba y el productor argentino Gustavo Santaolalla volvieron a reunirse en un estudio de grabación para registrar “Un par de lugares”, el nuevo single que muestra a la banda en una veta electrónica.

Por J.C. Maraddón
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ilustra-santaolalla-y-cafe-tacubaTras haber indagado en los vínculos entre el folklore y el rock en los primeros años setenta con Arco iris y luego del breve proyecto de Soluna, Gustavo Santaolalla se exilió en Los Ángeles en 1978, en busca de escapar a los peligros de la dictadura. Allá se asoció con otro músico argentino, Aníbal Kerpel (extecladista de Crucis), para sobrevivir haciendo lo que mejor les salía: música. No sólo despuntaron el vicio con su banda Wet Picnic, sino que además compusieron jingles publicitarios y tomaron trabajos afines, hasta que surgió la posibilidad que les cambiaría la vida: se perfeccionaron como productores.
Con el regreso de la democracia, Gustavo Santaolalla emprendió junto a su amigo León Gieco el proyecto de lo que sería su primera gran producción discográfica. En un emprendimiento descomunal, recorrieron las provincias argentinas registrando artistas autóctonos para compilarlos luego en los volúmenes de “De Ushuaia a La Quiaca”, un lanzamiento que consistió en cuatro álbumes sucesivos. En el medio, Santaolalla produjo el disco negro del grupo G.I.T., en el que experimentó con un sonido de batería que fue muy criticado en su momento, pero al que en los años noventa se escucharía en temas de grandes bandas internacionales.
Al inicio de los años noventa, ya más curtido en la faena de producir discos, el ex Arco iris quedó embelesado con una movida de bandas mejicanas en la que se percibía una combinación explosiva entre la potencia rockera y la fuerza de los sonidos más tradicionales del país azteca. Evidentemente, el argentino vislumbró el potencial que se escondía tras ese fenómeno y ofreció sus servicios para producir el segundo disco de una agrupación pionera en lo que luego sería el llamado rock alterlatino: Maldita Vecindad. La jugada fue maestra y, de allí en más, el nombre del productor se instalaría como una referencia para la industria discográfica mundial.
Tras ese acertado paso, vendría un nuevo acierto. Un día, en la Feria del Libro de El Chopo, en el DF, se topó con un show en vivo del grupo Café Tacvba, que en ese entonces tocaba precarios instrumentos, pero que ya insinuaba lo que luego concretaría. Desde ese momento, la sociedad entre la banda y el productor sería indestructible. El primer disco surgido de esta mancomunión apareció en 1992 y tuvo la virtud de mostrar a esa formación con el sonido simple y desfachatado que tenían en sus comienzos, a partir del cual irían elevándose hasta alcanzar alturas impensadas.
Luego vendrían “Re” y “Avalancha de éxitos”, dos álbumes que catapultaron a Café Tacvba a lo más alto de la consideración de la crítica de Latinoamérica y del mercado latino estadounidense, donde los artistas mejicanos eran recibidos como si fueran locales. En 2003, cuando debutaron en Córdoba, ya eran las grandes estrellas del rock en español que todavía son. Y ofrecieron un espectáculo tan poderoso, que nadie entre los allí presentes (que no eran muchos) pudo olvidar jamás aquella presentación, en la que un grupo de México, potenciado por un argentino, demostraba el porqué de sus pergaminos.
A 25 años de haber sellado su pacto artístico, Café Tacvba y Gustavo Santaolalla han vuelto a encontrarse en un estudio de grabación, que es el ámbito en el que mejor se luce la conjunción que han logrado durante este cuarto de siglo. Así como produjo todos sus discos, Santaolalla también está detrás de “Un par de lugares”, la primera canción nueva que Café Tacvba lanza en cuatro años, y que los muestra en una veta electrónica, sin perder nada de su estilo. La inteligencia del plante estético de la canción consiste en respetar la esencia del grupo. Y en eso es que se destaca la marca sonora de Gustavo Santaolalla.