Elogio de la grieta

Es probable que debamos resignarnos a convivir durante un largo tiempo con diferencias profundas entre la idea de país que tienen dos sectores de la sociedad argentina.

Por Gonzalo Neidal
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la-grietaEs probable que debamos resignarnos a convivir durante un largo tiempo con diferencias profundas entre la idea de país que tienen dos sectores de la sociedad argentina. Tendremos que aceptar no sólo la existencia de una “grieta” sino, probablemente, algo más: que ella es inevitable. Y quizá algo más aún: que la grieta es útil para que los argentinos diriman, de una vez por todas, cuál es el país al que aspiramos y con qué políticas concretas llegaremos a él.
Está claro que la distancia entre dos conceptos de país supone un desgaste de esfuerzo y que sería mucho mejor que todos pensáramos de la misma manera pues de ese modo la suma de voluntades podrían dar como resultado final un país más robusto y poderoso. Pero no podemos hacernos los distraídos: hay quienes piensan de un modo y quienes piensan de la manera opuesta. Y esto hay que dirimirlo, resolverlo. Debe quedar en claro cuántas voluntades se suman de un lado y del otro.
Para eso está la política, claro. Y las instituciones. La democracia nos permite resolverlo de un modo pacífico: los comicios, el parlamento. Y la negociación en diversas instancias cuando nadie cuenta con la mayoría suficiente como para canalizar la voluntad de una mayoría clara.
La grieta consiste en que los que están de un lado piensan que los de la vereda de enfrente llevarán el país al desastre. Y viceversa. Y quien quiere llevar al país hacia un callejón sin salida, más allá de la voluntad efectiva de hacerlo, es alguien peligroso con quien no puedo ser amable ni complaciente. Esta es la forma de ver las cosas que genera una grieta entre unos y otros.
Mirada así, la existencia de la grieta es altamente razonable. Si está en juego el destino del país, de mis hijos y mis nietos, entonces no podemos andarnos con chiquitas. Se trata de un tema que debemos resolver en una u otra dirección.
Salvar la grieta no es hacer un promedio que evite presuntas posiciones extremas.
Entre robar y no robar no hay un “justo medio” satisfactorio.
Entre que las instituciones funcionen y no funcionen, no existe ningún estado intermedio aceptable.
Entre el entronizamiento de la violencia y la paz, no hay un promedio que pueda dejarnos conformes.
La grieta no puede ser salvada con el masomenismo de la negociación de compromiso que suponga la coexistencia permanente entre lo que debe ser y lo que no. Esa situación lleva a la latencia del conflicto, al peligro permanente del estallido. Y, en definitiva, al caos.
En tal sentido, la grieta es una alarma, un recordatorio de tareas pendientes, de la necesidad de la búsqueda de una mayoría palpable que muestre que la razón (transitoria, circunstancial, temporal) está de un lado y no del otro.
Es falso que la grieta pueda salvarse únicamente con buena voluntad, con la búsqueda del consenso, aunque siempre hay que intentar lograrlo. Cuando las posiciones son irreductibles, entonces hace falta la victoria de los que no roban sobre los que roban, de los que quieren que las instituciones funcionen sobre los que no quieren. La victoria del bien sobre el mal.
Lo que está en juego, en definitiva es qué país queremos ser.
Si queremos ser como Cuba, Venezuela o Corea del Norte, estaremos de un lado de la grieta.
Si en cambio queremos ser como Canadá, Estados Unidos o Australia, estaremos del otro lado.
De un lado, o del otro.
En el medio, todos los sabemos, está el abismo.