La utilidad de las leyes de cupo

Es grotesco pensar que alguien será elegido para defender los intereses de su sexo, su orientación sexual, su raza o su credo.

Por Daniel Gentile

ley-de-cupoEl 30 de agosto publiqué en este diario una nota (“Finalmente llegó el cupo masculino”) en la que argumenté contra el proyecto promovido por casi todos los partidos, incluido el PRO, llamado “de paridad de género”. Para que, de aquí en más, las listas de candidatos a legisladores nacionales incluyan, obligatoriamente, un 50 % de varones y otro tanto de mujeres.
El domingo 11 de setiembre Jorge Lanata también arremetió contra esa iniciativa. Bienvenido Lanata. Porque, por primera vez, se ocupa de un tema que no está en la agenda de la militancia antikirchnerista. Porque tiene una enorme audiencia y hay muchísima gente que le cree. Porque, también por primera vez, aborda una cuestión verdaderamente importante. La corrupción no es lo más grave, si vivimos en un mundo oprimido por la dictadura de lo políticamente correcto y el neofeminismo. Bienvenido al debate Lanata, aunque demostró que tampoco entiende bien el problema. “Quiero legisladores inteligentes y no elegidos por su sexo”, dijo. No pasa por allí la cosa. Yo no quiero legisladores inteligentes. Su capacidad la evaluarán quienes los eligen. Lo que quiero es que no haya leyes que impongan diputados y senadores. Toda ley de cupo es eso: una imposición. Una imposición que atenta contra el principio constitucional de igualdad ante la ley.
La sociedad no se divide entre hombres y mujeres, homo y heterosexuales, gordos y flacos, blancos y negros, etc. etc. Es grotesco pensar que alguien será elegido para defender los intereses de su sexo, su orientación sexual, su raza o su credo. Razonar de ese modo es ofensivo para quienes, independientemente de cualquier atributo de su persona, se postule en base a una plataforma de ideas. Los que son elegidos para elaborar las leyes que rigen nuestras vidas nos representan a todos. Esa es la premisa de un sistema de partidos.
Sin embargo, las leyes de cupo son muy útiles para una cosa. Sirven para demostrar el grado de imbecilidad de los que las proponen, los que las votan y los que mansamente las aceptan porque creen que son “igualitarias”.
El senado de la provincia de Buenos Aires acaba de sancionar por unanimidad un proyecto análogo al que intenta aprobarse en el orden nacional. En esas unanimidades, en esas transversalidades, deja su huella la ideología que motoriza estas leyes. El carácter de ángel intocable de que está revestido el feminismo igualitarista actúa como mordaza para muchos que razonablemente estarían dispuestos a oponerse.
Sin embargo, tengo la percepción de que cada vez hay más gente que elude la trampa del discurso único. Gente que se anima a pensar por sus propios medios, que no espera, como el pan de cada día, que los medios le sirvan la cotidiana ración de corrección política. Gente que advierte que el igualitarismo que le venden nos convierte en desiguales, pues algún atributo personal dará ventajas a unos y desventajas a otros. Gente que, además, comienza a intuir que detrás de los propaladores de progresismo hay un movimiento que se propone imponer su escala de valores a palos, con la fuerza de las leyes que, sin oposición, vienen sancionando.
En esa gente que sale de su letargo anida la esperanza de que, aunque consigan aprobación, sean repudiados proyectos insensatos como éste de la “paridad de género”.