Amigos con derecho a roce

A Mestre le conviene que se lo ataque (aunque sea de forma elíptica y con modales irreprochables) para afianzar su rol de macho alfa de la oposición y, menos glamorosamente, para disimular los problemas que arrastra su gestión y que no logra resolver.

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra-mestre-y-schiaretti-boxJuan Schiaretti y Ramón Mestre están embarcados en una disputa que les conviene a los dos. Son amigos con derecho a roce, una relación que bien podría calificarse de moderna y que hasta quizá pudiera escandalizar a los más conservadores.
El intendente decidió, algún tiempo atrás, a romper su imagen excesivamente cordial con el gobernador. Es lógico: quiere sucederlo en 2019 y nadie votaría a quién no hubiera mostrado, en forma previa, alguna vocación de diferenciarse de aquello a lo que se desea reemplazar.
El tema elegido fue el reparto de los fondos coparticipables que recibe la provincia. Mestre y sus colegas de Cambiemos exigieron que se redistribuyera a los municipios el 15% que la Corte ordenó devolver a la provincia el año pasado. El gobierno dijo que sólo lo haría cuando el gobierno de Mauricio Macri terminara de acordar por el déficit de la Caja de Jubilaciones, puesto que la ley así lo establecía. El berrinche de los intendentes, casi todos cortos de fondos, amenazaba con escalar en forma incontrolable. La propia Casa Rosada estaba a punto de entrar en la línea de fuego.
Fue entonces que el gobernador metió un doblete. El pasado martes cerró con el presidente un acuerdo por la Caja que, según sus palabras, “es muy bueno”. Casi de inmediato anunció que comenzará a coparticipar los fondos reclamados por los intendentes, puesto que ha desaparecido el impedimento para hacerlo. Al igual que lo hecho con la Tasa Vial, Schiaretti decidió no demorar un minuto más un asunto que podría haberse trasformado en una auténtica piedra en el zapato en su relación institucional con los municipios.
Mestre fue el primero en comprender que detrás de esta buena noticia (siempre es bueno recibir más dinero sin meter mano a los impuestos) se esconde una trampa. El fin del pleito con la Nación significa enterrar el casus bellis que le permitía polemizar con la provincia y afianzar su rol opositor. Ni lerdo ni perezoso, exigió que el gobierno hiciera efectivo el pago de estos recursos en forma retroactiva a diciembre de 2015, fecha en la que Córdoba comenzó a percibirlos.
Schiaretti respondió de forma magnánima. Aseguró ayer a Cadena 3 que los distribuirá a partir del 1° de septiembre y que su administración dará lo que corresponde a los intendentes. “Yo estoy para ayudarlos”, aseguró. Detrás de su generosidad, por supuesto, se esconde un tiro por elevación hacia el jefe del Palacio 6 de Julio: muchas veces el tesoro provincial acudió en su ayuda. Es una factura que podrá hacerse más visible si el radical insiste en cantar envido sin puntos.
Puertas adentro del municipio, y lejos de enojarse, muchos radicales están encantados con que el gobernador los obsequie con tal displicencia. A Mestre le conviene que se lo ataque (aunque sea de forma elíptica y con modales irreprochables) para afianzar su rol de macho alfa de la oposición y, menos glamorosamente, para disimular los problemas que arrastra su gestión y que no logra resolver. Defenderse de imaginarios agresiones provinciales es mejor que dar explicaciones sobre baches, basura y cloacas colapsadas. Un presidenciable como él no podría chapotear en tales lodazales.
Tampoco hay malestar por este juego dentro del Panal. A diferencia de su primer mandato, Schiaretti tiene ahora el campo orégano para reclamar por su reelección. Y, de momento, no parece tener demasiados rivales a la vista, salvo los incipientes intentos de Mestre. Sus estrategas aseguran que, de todos los rivales, el intendente capitalino es el mejor para los intereses peronistas. Pese a que es bien conocido y que su apellido es una marca registrada en la política mediterránea saben que, de momento, tiene muchos puntos flojos como administrador. Este es siempre un costado vulnerable, especialmente cuando el gobernador es un experto en el arte de cortar cintas. Puestos a elegir, lo señalarían encantados como el próximo rival.
Existe otro beneficio colateral a esta relación. Si la escena política tiende a polarizarse entre la provincia y el municipio (un verdadero clásico cordobés), los terceros en discordia comenzarán a bajarse paulatinamente del ring. Sin tener que preocuparse por desafíos de propios o ajenos, los dos contendientes comenzarán a mover sus fichas con audacia creciente, forzando una partida que, en algún momento, hasta podría llegar a hacer sentir incómodo al mismísimo presidente Macri.
De cualquier manera, nadie debería llamarse a engaño. No existe ningún problema personal entre Schiaretti y Mestre. Los dos saben que su disputa es funcional y que, precisamente por ello, tienen derecho a roce. Uno y otro deberían preocuparse porque no faltaran, de tanto en cuando, algún motivo razonable para cruzar estoques de cierta envergadura política. Se necesitan más que nunca porque, además de buenos amigos, en la política siempre es necesario tener mejores enemigos.